Vómitos de neón y purpurinaVómitos de neón y purpurina

27 de mayo de 2118

Ha pasado un tiempo desde que compré este cuaderno digital. No sé muy bien para qué, pero fueron unos diez digiecus mal invertidos. En la red hay un montón de basura tecnológica escrita, así que lo que estoy redactando va a importar bien poco, pero la soledad se está volviendo insoportable y yo necesito descargarlo por algún lado.

29 de mayo de 2118

Mi vida en Ciudad Capital no es lo que uno querría pero sí lo que uno necesita. Los tratos que he hecho con los Hermanos del Vudú me permiten pagarme este micro-apartamento, y aunque estoy caminando por la cuerda floja, antes estaba directamente en el suelo de la pista. ¿Quién soy? Algunos me llaman el “colega más barato”, otros saben que soy el Byron, pero nadie conoce con certeza mi pasado.

Soy el glamour personificado, y reparto polvos mágicos en ambos sentidos: sensoriales, tangibles y sensuales. ¿Qué mejor que un ciudadano no cualificado dispuesto a hacer lo que sea por unos digiecus? No sé si me siento orgulloso o me dan ganas de potar.

Es algo que ya no importa: en una mega-ciudad como Ciudad Capital, con sus conglomerados de cemento, distritos subterráneos y el sol marrón calcinando poco a poco los antiguos rascacielos, la identidad de uno se reduce a un número.

La noche se filtra por la ventana, con la luz lunar iluminando tenuemente el distrito Orilla Sur, mi residencia actual. Regresar a casa después de patear las zonas de reparto y escribir en este cuaderno es una forma de relajarse. Quizás publique mis memorias… ¿Quién las compraría?

31 de mayo de 2118

El hermano Banton me ha pasado un nuevo paquete de Smash. Me he pasado toda la tarde cortándolo en papelitos de un gramo. Mañana tocan en el Smeckma los Amstrad Red, un grupo de punkarras corporativos venidos a más: seguro que sus groupies están ansiosos de recibir un poco de alegría del colega más barato, un auténtico arcoíris de sensaciones.

Mi deuda con los Hermanos del Vudú empieza a ser muy delgada. Quizás… y sólo quizás, pueda salir bien de todo esto, y empezar a ser poco más que un camello de tres al cuarto o un depósito de semen para maricas salidos.

01 de junio de 2118

Acabo de llenar mi mochila de nylon de una selección maravillosa de “motivadores sensoriales” para repartir como si fuese un Santa Claus gay en pleno invierno, aunque llegue dos semanas adelantado.

El Smeckma será testigo de mi reluciente variedad de opciones químicas. ¡Me froto las manos!

02 de junio de 2118

¡No sé en qué mierda me he metido! Ir a ese puto concierto ha sido una cagada… ¡una puta mierda! Joder, tengo que irme de aquí… ¡a la mierda Ciudad Capital!

03 de junio de 2118

Me he tumbado sobre la cama en una mezcla de pavor, adrenalina y asco. Los Amstrad Red, esos punkarras de tres al cuarto, resulta que son unos asesinos sin escrúpulos con problemas con la Troupé de los Payasos. ¡Los putos Payasos, joder! El cantante de Amstrad Red tuvo un ictus tras salir escopetado del Smeckma… Y parece que ha sido un intento de asesinato. ¡Y yo no sé por qué hostias me he visto envuelto en tanta mierda!

En cualquier momento voy a acabar con un tiro en la sien en una cuneta, así que tengo que dejar mi historia aquí, en mi cuaderno digital de diez digiecus de mierda:

Soy Byron Llamas Chan, alias “el colega más barato”. Tengo 28 años y mi madre es Tamara Chan, oriunda de Ciudad Costa 3. Vivo en el Apartamento 4019 del bloque de viviendas Medina Cifuentes en Orilla Sur. Actualmente desempleado, me dedico a la distribución ilegal de estupefacientes entre ciudadanos de clase C2 e inferior. Me identifico como varón homosexual, sin etiquetas más que mi propia genialidad y glamour.

Primera noche

Amstrad Red

La noche en la que debía vaciar mi mochila llena de placer químico en las entrañas del Smeckma, algo jodió la actuación de los Amstrad Red. El vocalista se agarró un pedo enorme y mandó a tomar por el culo todo el bolo: esto provocó que toda la sala se cagase en Dios y empezase a pirarse del local en plan estampida. Yo tuve que defender mi material y mi cuerpo, así que no me corté lo más mínimo y le pisé sin querer la cabeza a un notas. Aún resuena en mi cabeza el sonido del “crack” cuando me quedo en silencio.

Había dejado mi contacto al mánager de esos punkarras, así que mientras me largaba a toda leche de aquel sitio, me llamó al teléfono Mamadu Ngondo, el pipa de los Amstrad Red: tanto él como el teclista, un tal Datos, querían su correspondiente dosis de Smash “del bueno”. Cuando preparo las papelinas, tengo las buenas y las malas: las malas tienen más yeso en polvo que producto, pero hay ciertas narices que no saben distinguirlo. La reciente defunción de un desconocido mal vestido había revuelto un poco mi estómago, pero el negocio es el negocio así que acepté marcharme con ellos. Eran unos individuos un tanto intimidantes: Ngondo y Datos eran lo que se podría esperar de artistas del binary punk, pero su acompañante Blasko daba bastante grima. Un acabado de cuarenta y pocos años vestido con ropa de un chaval adolescente que hablaba como si una anguila eléctrica estuviese nadando en su boca. Se sumaba una mole de músculo apodado como Panzer que estaba muy de buen ver y su paquete revelaba una suntuosa y suculenta polla gorda. Pero el pobre no era muy de hablar.

Mientras lo pasaban bien gracias a mi producto, Datos recibió una llamada de la DJ del grupo, una escuálida llamada Hiena, para avisarle de que había encontrado al vocalista tirado en el suelo de la habitación con convulsiones. De puta madre, mascullé. Ahora se pensarían que mi “buen Smash” era lo que se había cargado al colega, joder. Pero por fortuna, no fue así. Sin saber muy bien por qué, me involucraron en su mierda y me llevaron de tour por los pestilentes túneles del Complejo Neo Azca: de la Vía Rancia al hotel donde residían, me sentía arrastrado por el magnetismo de aquellos inadaptados. La situación se fue de madre cuando vi al cantante, Kaos, espatarrado en la alfombra de la habitación, en pelotas y con babas verdosas saliendo de su boca. Su colega Datos y el mánager, un tal Palique, se hicieron cargo de la situación y yo aproveché para largarme a toda leche de allí. En la entrada del metro me encontré con Blasko y Ngondo, que estaban apaleando a unos notas de los Payasos mientras el cuerpo de una jovencita, recién atropellada por un robo taxi, se retorcía en la distancia. Esto era demasiado para el colega más barato: no tardaría en salpicarme a mares la mierda en la que me había metido, y era hora de levantar las alas y volar hacia otra ciudad menos… sucia. Quizás Ciudad Costa 3 no era tan mala opción.

Segunda noche

Malaentraña

Por la mañana perdí el culo en contactar con el hermano Banton. Ni siquiera le pedí mi dosis semanal de rabo caribeño, porque mi intestino estaba más irritado que otra cosa y el chocolate en chocolate no es algo que le mole a todo el mundo. Mi contacto Vudú me dijo que no se me ocurriese largarme de la ciudad, que algo gordo se estaba montando, y que lo mejor sería que hablase con un tal Arlequín, de los Payasos. La visión de los cráneos abiertos y las mandíbulas partidas de los pandilleros de la noche anterior me revolvió el desayuno, pero Banton siempre ha cuidado de mí y supe que es lo que había que hacer.

Abandoné mi estudio y me dirigí al barrio de Malaentraña, en la zona centro de Ciudad Capital. Allí tendría que encontrar al tal Arlequín, por lo que se me ocurrió pasearme por las callejuelas que controlan los Payasos. Esta banda de zumbados se pintan como payasos de circo, y andan siempre gastando bromas de mierda y metiéndose en movidas. Me extraña que los Hermanos del Vudú tengan una relación cordial con los Payasos, pero ya he visto demasiada porquería. No me importaba con tal de poder escabullirme de semejante pozo hediondo.

Pero allí estaban: los de Amstrad Red al completo salvo Kaos y Hiena. El mánager debía estar flipando en colores en algún despacho corporativo, puesto que tampoco estaba. Ngondo me reconoció en seguida y me instó a unirme a ellos, puesto que también buscaban a otro miembro de los Payasos, un tal Miliqui. No sé en qué puto momento a mi cerebro le pareció una idea cojonuda aliarme con estos capullos, pero la cosa empezó a irse a tomar por culo en cuanto nos colamos en el bar de los Payasos. El garito estaba chapado, así que usé mis ágiles dedos para abrirles la puerta a esta panda de inadaptados. ¿Y a mí en qué punto me deja? Vamos no me jodas, ahora que lo escribo es ridículo. En el interior del antro encontraron un ordenador, con una dirección GPS a un edificio en ruinas cercano: un cine porno, como no.

Allí intentamos conversar con los Payasos, pero eran demasiado gilipollas como para ofrecer información útil. Uno de ellos, un viejo acabado alias Pingüino, me exigió un chiste antes de amenazarme con un pedazo de pipa gigante que soltaba el típico “¡PUM!” en una bandera. ¿Pero qué puta mierda es esta? ¿Por qué me tiene que pasar esto? Ya había visto la demostración de violencia gratuita de Blasko y Ngondo en la puerta del metro, pero la que se armó en un instante fue para cagarse encima y comérselo. Sacaron sus pipas y liquidaron a esos miserables en un pis-pas, como quien se folla un culo y luego mea dentro: total, va a salir igual. El mierda de Pingüino se acojonó y nos dio la dirección de Miliqui: el antiguo parque de atracciones. De Arlequín no tenía ni puta idea, hacía dos días o así que no sabían nada de él. Cojonudo. A mí tampoco se me ocurrió preguntar al hermano Banton después de liarla en Malaentraña. En cuanto empezó a llegar la pasma, salimos cagando leches de allí. Mis nuevos compañeros lo tenían claro: meterse en territorio Payaso era una idea cojonuda.

Parque de atracciones

En el pasado este lugar fue un sitio precioso para ir con la familia, estar al aire libre y disfrutar de un día de diversión. Pero con el calentamiento global, el sol marrón y toda la puta mierda paramilitar esos sentimientos bonitos se fueron al carajo. ¿Y a quién hostias le importa? Llegamos al complejo en ruinas a media tarde, después de haberla liado como Amancio en Malaentraña. El parque tenía dos entradas: la norte y la sur, sin complicación alguna, y puesto que el metro nos dejaba en la sur se nos ocurrió entrar por ahí. Poco a poco el grupo iba cobrando forma: Blasko daba hostias como panes, Ngondo controlaba temas de electrónica e informática, Datos era… muy delgado y yo tenía un pico de oro y una lengua juguetona. Claro está, la obligación de convencer a los cuatro matados pintarrajeados que guardaban la entrada era mía, así que saqué a relucir todas mis armas carismáticas que… no sirvieron para una puta mierda. Los Payasos nos mandaron a tomar por el culo más rápido que un lubricante con base hídrica; no se nos ocurrió otra genial idea de ir a la puerta norte, donde nos encontramos con lo mismo. Además, los Payasos de la puerta sur habían avisado a sus colegas, así que no tuvimos más remedio que matarlos a tiros. A mí ya me daba igual todo: ni eran guapos ni me debían dinero.

Nos dimos un buen piwi por el puñetero parque en busca de respuestas o algún Payaso que hablase, pero lo único que encontrábamos eran tiros de un francotirador gilipollas y bastante inútil, y subnormales de esta tribu urbana que preferían que sus cráneos fuesen abiertos como nueces en lugar de ser útiles. Un anfiteatro, el cual estaba bloqueado con una cerradura electrónica, parecía el sitio perfecto para que el imbécil de Miliqui se escondiese. Pero ni siquiera Ngondo, con su aparatito digital, pudo abrirlo.

Los Amstrad Red habían pasado de ser una banda anarko-punk a convertirse en paramilitares adiestrados para el combate, pero a nadie de los presentes nos sorprendía. En una de las antiguas atracciones localizamos a un grupo de Payasos, que fueron ejecutados debidamente, jugando a tirar al ácido a una pivita de buen ver (uno es maricón, pero buenos ojos tiene). Fue la excusa para que Datos, Ngondo y Blasko sacasen a relucir sus recién descubiertos instintos asesinos y se propasasen con los pobres Payasos con el fin de rescatar a la chiquilla para… pedirla una mamada grupal. ¡Cómo no!

La chica los tenía buen puestos, y tras presentarse como Link, de la pandilla de los Chiptunes, se ofreció a ayudarnos a abrir una puerta cerrada electrónicamente. Estos zumbados de los ordenadores están a la última en microtecnología, y Link sólo necesitaba su cyberterminal. Pero claro, los Payasos se lo habían quitado y teníamos que echarle una mano para recuperarlo. Esto significaba asesinar a más criminales, así que mis compañeros estaban encantados de ayudar. Ni siquiera me voy a molestar en relatar con detalles: fuimos a un edificio de oficinas abandonado en la zona oeste del parque, matamos a unos cuantos Paysos y Link pudo hacerse con su terminal. De paso saqueamos unas cajas del antiguo cuerpo de seguridad del parque y nos sentimos, durante unos momentos, como miembros de un escuadrón de élite.

Dicha sensación duró bastante poco: al rebasar la puerta electrónica del anfiteatro nos encontramos con Dios y la madre payasa en su interior. El artista underground conocido como Ronald McPolla tenía algún roce con Amstrad Red, y nos habíamos presentado allí superados en número. Los no-sé-cuantos Payasos nos rodearon y nos llevaron a las pistas de coches de choque. El simpático Ronald nos ofreció un trato de mierda: sin armas, nos íbamos a pegar con Miliqui (el mismo individuo que Amstrad Red buscaba) montado en una servo-armadura; el notas estaba dispuesto a destriparnos con un toro de carga mientras luchábamos con él con una pistola de agua y un martillo de plástico. Mi garganta se retorció durante semejante aberración existencial, y recordé que durante mis días de servicio a bordo del M. Rajoy Brey III me instalé una simpática ciberserpiente de acero extensible. En un alarde de ingenio, probé a atacar al seboso Miliqui con ella, pero el intento fue putamente inútil. Gracias a Dios que teníamos a alguien con medio seso en el grupo, y Ngondo utilizó la pistola de agua para mojar una antena que conectaba la armadura del Payaso con la red eléctrica que se suele encontrar en una pista de coches de choque. La idea funcionó y el gordo seboso fue electrocutado hasta la muerte después de unos momentos de angustia y sufrimiento. Al menos por mi parte, los otros cabrones que me acompañaban parecía que les hacía hasta gracia.

Tras recuperar su terminal, Link tuvo la genial idea de avisar al resto de miembros de su banda y se libró una batalla campal entre los Chiptunes y los Payasos, situación que aprovechamos para salir cagando hostias del parque de atracciones. Por lo que me contaron mis colegas después, Miliqui podía haber sido uno de los hijoputas que jodieron a Kaos, el vocalista de Amstrad Red, pero habían confirmado su coartada: la noche en la que ocurrió la movida, estaba en el metro secuestrando a Link. Por lo tanto, el mierda de Miliqui no podía haber sido. Continuarían buscando…

Estudio de Byron

Han pasado tres horas desde entonces y no consigo dormirme. Quizás tras escribir esto le encuentre sentido a lo que me está pasando. O quizás no y mañana un Payaso se presente en mi casa para darme todo lo gordo con un martillo pilón. Voy a seguir con Amstrad Red, no porque simpatice con ellos sino porque están jodidos de la cabeza. Tengo que hablar con el hermano Banton de nuevo para ver por qué me envió a Arlequín, y qué ha pasado con ese gilipollas. Joder, joder. He visto como moría tantísima peña… ¡ni en los peores momentos del Retiro vi tanto fiambre! Necesito darme un homenaje, un poquito de Smash mezclado con Mutihuana en polvito…


Imagen: Clown-related incidents.
Fuente: 60 Sekuntia.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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