Humanizar Bestias

Humanizar bestias

Los Moradores del Cristal de Utah tenían entre manos un proyecto ambicioso, producto de varios experimentos con perros callejeros: John Sunderland y Charles Donnington dieron con un sistema por el cúal se inducía a un animal el comportamiento y el mapa cerebral de un humano, otorgándole la conciencia de una persona, pero conservando sus habilidades como criatura.

John era un tipo americano tocando ya la treintena, de complexión fibrosa y pelo castaño. Sus ojos marrones brillaban con ingenio y despedía un aura de bondad poco común en un miembro del Departamento de Investigación y Desarrollo. Había nacido bajo una Media Luna, adjudicándole la función de juez y jurado del Philodox.

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El Grande

El Grande

La sala clínica de la Delegación estaba tranquila, con todas sus camillas vacías excepto una, ocupada por un adolescente de dieciséis o diecisiete años con el pelo rubio recogido en varias rastas. De piel morena y origen sudamericano, roncaba como una tormenta, rompiendo en pequeños pedazos aquel orgulloso silencio.

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De los Flamingos

De los Flamingos

La media luna brillaba con fuerza en el cielo, mientras los gritos de Colette de los Flamingos, Galliard de los Fianna, desgarraban el aire del Túmulo de Warden’s Saw, en Arizona, EEUU. Su amante, Ernestheim Harris, Ahroun de los Hijos de Gaia, atendía el parto en forma Crinos, al igual que ella. El otro compañero de la manada, Bob Apestoso, Ragabash de los Hijos de Gaia, vigilaba que nadie se acercase al lugar. Colette y Ernest habían violado la Letanía y el parto de su hijo incestuoso debía guardarse en secreto. Aunque ellos dos eran Hijos de Gaia, el resto de la Delegación Oeste no iba a consentir que los amantes se quedasen sin castigo. Colette suspiró de nuevo, gruñendo en su forma de lobo-hombre, desgarrando la tierra con cada contracción y empujón. Ernest había purificado la zona con un ritual de tranquilidad, para que su amada Colette sufriese lo menos posible al dar a luz al cachorro Metis.

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Conociendo a Judith

Conociendo a Judith

Nathan se percató de Judith una agradable tarde de septiembre en a una de las reuniones que organizaba la Justicia Metálica. Estaban destinadas a que los garou presentasen sus parentelas al resto de manadas bajo la farsa de un picnic. En un principio no le hacía mucha gracia asistir. Este tipo de eventos los consideraba, despectivamente, «exposición del nuevo ganado». Pero la insistencia de Veronica Rogers para que conociera gente nueva hizo que asistiera esta vez. Eso sí, a desgana.

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Lobo en supermercado

Lobo en supermercado

Los raros signos humanos eran tan incomprensibles y absurdos como caminar a dos patas. Mike Harris el Apestoso había enseñado a Donna que un círculo rojo y con una línea por el medio significaba “prohibido”, como la parte de la Letanía donde se hababa de no aparearse con Garous. Entonces, ese círculo sobre una figura canina significaba que los perros no estaban permitidos; pero ella era un lobo al fin y al cabo. Los humanos no sabían distinguir una cosa de la otra porque eran idiotas. Donna se sentó sobre sus cuartos traseros mientras observaba a los monos tras la pared transparente. Quizás se esforzaba mucho en mirar, porque parte de su hocico estaba pegado al “cristal”, como lo llamaba Sinnerfield, dejando un reguero de babas y vaho de respiración; pero eso a Donna no le importaba lo más mínimo.

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