La Estatuilla Maldita 6

La estatuilla maldita: Parte seis

El silencio reinaba en el lugar. Sólo nuestras respiraciones y los cascos de nuestros caballos reverberaban contra las piedras de la montaña que albergaba el Templo de Kaj. La estatuilla había vuelto a su hogar. No sabíamos qué nos encontraríamos allí dentro ni qué nos depararía nuestro destino, pero llegados a este punto del camino ya no había vuelta atrás.

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El errante de las estrellas

Sé que me has estado buscando a través de varios sectores: los míos son muy esquivos, sin duda. ¿Qué quieres que te diga? No existe un secreto para el futuro, ni un grial precioso que guarde el misterio de la eternidad. Sólo nuestra historia, la de aquellos que nos perdimos por las estrellas hace milenios. Toma asiento y escucha, tus ojos refulgen con interés.

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La Estatuilla Maldita 5

La estatuilla maldita: Parte cinco

Recuperar a Droste fue una gran alegría para todos y la estatuilla nos dio tregua al menos esa noche. Una vez en marcha de nuevo al Templo de Kaj no tardamos mucho en toparnos con una de las patrullas orcas que vimos en Criabul. Fueron un objetivo fácil, eran pocos y estaban descoordinados. La luz del día comenzaba a desvanecerse tras el horizonte cuando a lo lejos vimos lo que parecía otro asentamiento de casas. No aparecía en el mapa, como Criabul, pero en unas horas sería de noche y no parecía haber otra opción.

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La estatuilla maldita: Parte cuatro

La estatuilla maldita: Parte cuatro

Revisábamos una y otra vez las pistas que el Sabio de Ashmarra había podido reunir antes de morir. Lo que más nos tenía en vilo era el texto que acompañaba a las imágenes de la estatuilla. Sabíamos que en él estaban todas las respuestas que necesitábamos pero no éramos capaces de ver más allá de lo evidente. Rezaba así:

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¡Salta!

¡Salta!

Salta, corretea, aspira, vuelve a saltar y agazápate entre las sombras, como si de un ladrón de guante blanco fueses, oculto de miradas curiosas e imperturbables. Respira, nadie te ha visto llegar, coge lo que buscas y no te entretengas enredando en fibras tan arcaicas como los velos meditabundos, pues bien sabes que si comienzas a tejer, tarde te llega la hora, que el olvido es muy tentador y no estás ahí para revolcarte en tus recuerdos.

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