Yo y el cyberpunk

Tras la resaca de rol de ayer tarde, recibo las felicitaciones de los jugadores vía WhatsApp: se divirtieron con los dados, se rieron con el efecto de sus disparatados planes (totalmente alejados de cualquier responsabilidad física y científica que pudiesen aplicar en la vida real), se sumergieron en la historia y se empaparon de un lugar que no existe en un mañana improbable… ¿o no tanto?

El apartamento de escasos metros y pocas puertas en el que vivo se llena con el olor de la cocina, abro una cerveza, observo los incomprensibles caracteres orientales del bote de noodles instantáneos que he comprado por 1€, y me vengo arriba con una lista de reproducción de YouTube de NewRetroWave. Mientras carga mi viejo portátil, me asomo a la ventana y en una acera veo adosados, en la otra bloques nuevos, y en la de más allá casas bajas de fachadas cuarteadas, un antiguo vecindario marginal reinventándose entre contrastes sociales de una clase que se cree media pero sigue siendo el proletariado de una nueva RRII: teleoperadores, chupadatos y siervos de multinacionales que se cruzan camino a la parada del bus con camellos de vecindario, okupas con trasnochadas pintas punk, y algún triste toxicómano camino al centro de ayuda al drogodependiente.

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La gran mentira de la civilización

Fíjate lo lejos que estás del público, subido en un estrado a punto de soltar un gran y emotivo discurso repleto de significado y reflexión. ¿O no es así? Traga saliva, cavila sobre lo que vas a decir, es importante. Toda esa gente que se ha reunido bajo las consignas de tu mensaje tiene que poder llevarse una pizca de tu presencia, algo que les identifique como parte del movimiento levantado por todo el país. Y ese pedazo metafórico de ti es una gran mentira como la que ha formado toda tu vida, empezando por unos cimientos repugnantes y borrosos, y finalizando en tu presentación, tan vacua como un agujero sin fondo en una explotación petrolífera.

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Galletas de vainilla

La nevera común estaba vacía, otra vez. Rufus Sentinel se mordió el labio inferior y pegó una patada a la máquina, haciendo un pequeño abollón a la altura de la rendija. Soltó un improperio y se dirigió a su despacho, situado al fondo de la base subterránea del Viento de Acero. Allí, se desplomó de mala gana sobre la silla y comenzó a revisar su trabajo diario. La Justicia Metálica había empezado a moverse internacionalmente y faltaba poco para que decidiesen visitar Europa en serio.

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Hstet

Leyenda

Cuentan viejos cuentos que los mortales eran incapaces de obrar con maldad antes de la llegada de la magia. Después de la debacle cósmica que liberó la urdimbre por toda la tierra, los moradores comenzaron a pecar y a asesinar a sus congéneres por avaricia o lujuria.

Existió un joven mortal, que no se sabía si era hombre o mujer, de cabellos delicados y precioso rostro, que despertó los deseos más oscuros de una antigua y olvidada nación. Hermanos y primos lucharon entre sí por conquistar a tal belleza, y guerrearon hasta tal punto que se obliteraron entre ellos, únicamente para disfrute de aquel maquiavélico ser. El origen del pecado fue mucho más antiguo que el nacimiento de Hstet, pero sus tejemanejes lo coronaron como la Majestad de la Vileza en el momento en que se dio un festín con la sangre de sus enloquecidos amantes.

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Pakko

Cuando nos vimos rodeados por los pieles verdes, me quedó claro que no actuaban por cuenta propia. Les dirigía uno de los nuestros, un joven enjuto y de puro nervio con ojos tan azules como el cielo. Esos asquerosos seres le llamaban Pakko, y bajo sus órdenes nos habían capturado a nosotros, los príncipes de la aldea gatónida. Su nombre sonaba simple y seco, como una piedra que choca contra tu frente.

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