El tipo llevaba diecisiete minutos en la cola del supermercado. Lo sabía porque había mirado el reloj exactamente siete veces, y porque a partir del minuto doce el tiempo deja de ser una magnitud abstracta y se convierte en una sustancia densa, pegajosa, que se te adhiere a los zapatos.

La cola no avanzaba. No es que avanzase poco: no avanzaba. Era una cola metafísica, una cola platónica, la «Idea de Cola» en su forma más pura. Delante de él había una mujer mayor —setenta y muchos, quizá ochenta— con el carro lleno de productos que parecían escogidos expresamente para tardar en pasar por caja: frutas sueltas sin etiquetar, bolsas de frutos secos con códigos ilegibles, yogures de sabores exóticos y, por supuesto, cupones. Muchos cupones. Todos mal recortados.

La mujer se quejaba. No paraba. No se quejaba de algo concreto, que sería humano y comprensible; se quejaba del concepto mismo de supermercado, como si el edificio le hubiera hecho algo personal.

— Esto antes no pasaba. — decía—. Antes las cajeras eran más rápidas. Antes el pan sabía a pan. Antes no había que escanear nada. Antes…

El «antes» era un lugar mítico, mejor en todos los sentidos, donde las colas fluían como ríos dóciles y nadie pagaba con monedas de céntimo sacadas de una bolsa de tela.

Detrás del tipo había otro hombre, claramente extranjero, que miraba a su alrededor con una mezcla de desconcierto y entusiasmo. Llevaba una cesta en lugar de un carro, pero estaba desbordada: latas, una alfombra pequeña, dos cargadores de móvil, una figura de plástico que parecía un pato con casco vikingo. Cada poco preguntaba en un idioma indeterminado —una especie de ujibo atropellado— si aquello era «como el bazar».

— Bazar — repetía —. Como bazar, ¿sí?

Nadie le contestaba. La cajera, una chica joven con cara de haber muerto por dentro tres veces antes de las once de la mañana, pasaba productos a una velocidad que sugería que el universo se había propuesto probar su paciencia como si fuera un material nuevo.

El tipo suspiró. Y entonces ocurrió.

No fue un trueno, ni una luz mística, ni una voz ancestral hablando en latín mal pronunciado. Fue más bien como recordar de golpe una palabra que llevabas años buscando. Algo estaba ahí, en su cabeza, escondido entre la receta de las lentejas y el número PIN de una tarjeta que ya no usaba. Un gesto. Un ritmo. Una forma de ordenar el tiempo.

Un conjuro.

No un hechizo espectacular. Nada de bolas de fuego ni portales interdimensionales. Era algo… administrativo. Un hechizo menor, seguramente olvidado por los grandes grimorios porque nadie los usa para cosas prácticas. Un Truco de Aceleración Temporal Aplicada a Procesos Burocráticos.

Lo supo porque el nombre le vino entero, con mayúsculas mentales y todo.

Miró a su alrededor. La vieja seguía quejándose. El extranjero intentaba pagar con un billete enorme mientras preguntaba si podía llevarse también el expositor. La cola seguía sin moverse.

El tipo pensó: qué más da.

Susurró el conjuro. Apenas movió los labios. El gesto fue mínimo: un leve giro de muñeca, como quien aparta una mosca.

El mundo tosió.

Y entonces todo empezó a ir más rápido.

La cajera escaneaba productos con una eficiencia sobrenatural. Bip bip bip, como una ametralladora de códigos de barras. La vieja dejó de hablar a mitad de una frase y empezó a sacar monedas con una precisión casi marcial. El extranjero entendió de repente el idioma local, pidió una bolsa correcta y guardó sus cosas sin derramar nada.

La cola avanzó.

El tipo sonrió. Una sonrisa pequeña, culpable, pero sincera. Esto es, pensó. Esto es lo que el mundo necesita.

Pero algo no encajaba.

La vieja, ahora en cámara rápida, parecía… más vieja. No en un sentido metafórico. Sus manos, mientras guardaban el cambio, se arrugaron un poco más. Su espalda se encorvó un grado adicional. No mucho. Lo justo para que el tipo frunciera el ceño.

— Oiga… — empezó a decir, pero la mujer ya se iba, empujando el carro con una energía que no coincidía con la fragilidad repentina de su cuerpo.

El siguiente cliente pasó aún más rápido. Y el siguiente. La cola se deshacía como un azucarillo. La cajera apenas levantaba la vista. Todo funcionaba.

Excepto que la gente envejecía.

No de golpe. No como en una maldición evidente. Era un envejecimiento acelerado, discreto, acumulativo. El tipo que estaba justo delante del protagonista entró en la cola con barba de tres días y salió con canas. La cajera parpadeó y le aparecieron ojeras profundas, como si llevara veinte años en ese turno.

El extranjero del bazar miró sus manos, confundido, al verlas más temblorosas.

— Time… fast? — preguntó.

El tipo tragó saliva. Vale. Quizá el conjuro no sólo aceleraba procesos, sino tiempo. El tiempo no era algo que se pudiera empujar en un solo sitio sin que se desparramara por los lados. Eso lo sabía cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo respeto por la causalidad.

Debería parar.

Pero la cola casi había terminado.

— Solo un poco más — murmuró —. Solo hasta pagar yo.

Reforzó el conjuro. Tiró de más energía. Sintió ese cosquilleo desagradable detrás de los ojos, como cuando te esfuerzas demasiado en recordar algo inútil.

El supermercado se convirtió en una centrifugadora temporal.

Las personas empezaron a marchitarse. No a morir —eso habría sido limpio—, sino a gastarse. La piel se afinaba, los movimientos se volvían torpes. Un hombre dejó caer una botella que se rompió en cámara rápida, y cuando se agachó a recogerla ya tenía el pelo completamente blanco.

La cajera tosió. Tosió como tose alguien que ha fumado durante medio siglo.

— Siguiente — dijo, con voz cascada.

El tipo avanzó. El suelo parecía más lejos de lo habitual. El aire más pesado.

Pagó. Rápido, claro. Todo era rápido ahora. Demasiado.

Al salir, vio que el exterior tampoco estaba a salvo. A través de los ventanales, los coches envejecían: la pintura se descascarillaba, el metal se oxidaba ante los ojos de los peatones, que a su vez se encogían dentro de sus abrigos como frutas olvidadas.

El mundo entero estaba atrapado en una cola invisible, y alguien —él— había decidido que no merecía la espera.

— Para… — se dijo —. ¡Para ya!

Intentó deshacer el conjuro. Pero el maná ya no obedecía con la docilidad de antes. Era como intentar frenar un carro cuesta abajo empujando con las manos desnudas. Cada intento solo añadía más energía al sistema.

El cielo se oscureció, no por nubes, sino por antigüedad. Los edificios se cuarteaban, las señales de tráfico se doblaban como si llevaran siglos a la intemperie. La gente caía sentada, agotada por vidas enteras comprimidas en minutos.

El tipo cayó de rodillas en el aparcamiento, con la bolsa de la compra a su lado. Dentro, el pan se había puesto duro. Las verduras, mustias. La fecha de caducidad ya no significaba nada.

— Solo quería que la cola avanzara… — susurró.

El universo, que nunca ha tenido mucho sentido del humor pero sí una ironía implacable, avanzó también. Y esta vez, no hubo caja donde pagar el precio.


Imagen: realizada con Inteligencia Artificial

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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