Gaia1, julio de 2017

Un par de meses después, tras haber completado varias misiones de especial importancia para la Justicia Metálica, Mauricio se encontraba reunido con su manada en su base de operaciones móvil, la fragata civil bautizada como Rainbow Warrior III. Frente a él, se encontraban Karen McCoil, la líder de la manada, Bared Dieter, el corpulento guerrero de gran corazón, Émilie Benoît —alias Mimie—, la última superviviente de los Oloren (hombres ánade), y Celia Romero, una mujer mejicana de armas tomar. La preocupación entre los distintos rangos del clan era evidente: todas las opciones que estaba evaluando el Departamento de Investigación y Desarrollo no eran viables, y el tiempo se agotaba poco a poco.

Karen se puso de pie, con semblante serio.

— Se nos acaba el tiempo, y la Junta Directiva nos ha pedido que evaluemos un transbordador espacial. — hizo una pausa. Sabía que lo que iba a decir era completamente descabellado. — Uno de los proyectos que están sopesando es el viaje espacial en busca de otros planetas habitables. Desconocemos qué hay más allá de la Umbra de Gaia, pero visto lo visto…

Los ojos heterocrómicos de Mauricio se clavaron en su líder de manada. Se notaba la desesperación cuando lo próximo era probar una astronave para colonizar otro mundo. Recordó las palabras de Lydia, y se quedó pensativo. 

Esa misma tarde, Bruma Nocturna solicitó su presencia de nuevo. Gracias a uno de los inventos que diseñó junto a Karen, el puente lunar portátil, pudo atravesar cientos de kilómetros hasta la ubicación del túmulo de la Noche Fría. El gélido ambiente de las Rocosas le recibió con una bocanada de aire puro. Junto a Bruma Nocturna se encontraba uno de sus hijos adoptados, el Guardián de la Puerta «Llanto de la Mañana», un joven nativo americano receloso de los urbanitas. Mauricio saludó a ambos, y el chaval les dejó a solas mientras caminaban por la linde del boun. 

— Hijo-del-Sacrificio, tengo que contarte algo. Y no es fácil. — la franqueza con la que hablaba el anciano era chocante. Jamás había hablado de forma tan directa. — Nuestra realidad se fragmenta, y toda la Nación está buscando un método para salvarse. Empero, sé que tú sabes algo que no le has dicho a nadie. ¿Verdad?

— Oh, vaya… Siempre se me olvida lo poderoso y sabio que llegas a ser, Bruma. — respondió con timidez Mauricio.

— No es el momento de elogiarme, joven. — replicó sin mirarle. — Nosotros asumimos nuestro sino. Es lo que ha de suceder. Pero tú… ¿por qué estás dudando? Tienes la posibilidad de trascender, ¿por qué no lo haces?

— El Arca sólo se sintoniza con aquellas almas que fueron vinculadas durante su creación. No es posible vincular a nadie ahora. Mi… Lydia y los demás teúrgos llevan intentando descifrar el ritual, pero no han tenido éxito aún.

— Entiendo. Así que, como no puedes salvar a todo el mundo, prefieres morir con ellos y dejar a tu familia, ¿verdad?

— No, Bruma, no es… eso. — hizo una pausa. Casi ya no recordaba sus días en el Peñasco Blanco, ahora era un miembro de pleno derecho de la Justicia Metálica. — Si pudiésemos tener algo más de tiempo, podrían llevarse a toda Gaia.

— Eso no tiene sentido, Hijo-del-Sacrificio. — clavó su mirada avejentada en los ojos del Philodox. — La naturaleza debe seguir su curso. Si llega el momento de que desaparezcamos, debemos hacerlo. Lo que hicieron los ancestros de tu tierra con el Arca es… una forma de saltarse el equilibrio. Pero entiendo tus temores.

— Gracias, Bruma Nocturna. Pero no es por esto por lo que querías hablar conmigo, ¿verdad? — preguntó, extrañado y repleto de curiosidad Mauricio.

— Claro que no. El secreto que hay en las montañas de tu tierra no es el único que se ha conservado a lo largo del tiempo. Pero eso tampoco es de lo que te quería hablar. — se sentó sobre una piedra repleta de musgo. Sus cuernos, aparatosos y grandes, producto de su maldición como Metis, parecían mucho más pesados en contraste con su cuerpo delgado y débil. Se apoyó en su cayado, decorado con símbolos y restos de vegetación. — Hay un eco de este mundo. Como me has contado, has viajado a otros planos de existencia, ¿cierto? — Mauricio asintió en silencio, mientras se acomodaba en otra roca cercana. — Sin embargo, éste mundo está estrechamente vinculado a la existencia de éste. Es cómo un reflejo.

— Entiendo. ¿Qué es lo que ocurre con ese mundo, Bruma? — la idea de viajar a otros planos estuvo entre los proyectos de la Justicia Metálica. Una lástima que las pruebas realizadas para viajes masivos fueron auténticos fracasos. — Ya sabes que no ha sido viable ninguno de nuestros intentos.

— No es una solución. Tal y como te he dicho, ese mundo es un reflejo de éste, y también será arrasado por Anthelios, el Anti-Sol. Pero los espíritus con los que he hablado me han contado que la línea de vida de esa realidad fue, en algún momento, mucho más larga. Algo ha sucedido para que se acorte. — pronunció de manera solemne el viejo Uktena.

— No te sigo. ¿Qué es lo que tiene este mundo tan especial?

— Impaciente… — masculló Bruma Nocturna mientras masticaba algo de hierba seca. Soltó un sonoro escupitajo en el suelo antes de continuar. — Nuestra realidad está condenada a acabar tarde o temprano, Mauricio, pero aquella realidad tiene un futuro que ha sido alterado por alguien. O por algo.

— Entonces… si te entiendo bien, ¿propones que nos marchemos a ese mundo, lo salvemos, y vivamos allí?

— Como siempre, los urbanitas tendéis a simplificar los conceptos. — sonrió Bruma. — Hace un momento me has dicho que estabas dispuesto a morir y desaparecer con nuestra Gaia, ¿verdad? ¿Y qué te parece usar tu vida para dar una oportunidad a un mundo que parece haberla perdido?

— Vaya, no me esperaba esto… de ti. — contestó extrañado Mauricio. Las posibilidades que tenía entre manos no eran las mejores, pero… — Entonces, ¿propones abrir un portal a ese mundo, esa Nueva Gaia, y que…? ¿Tú y yo lo salvemos?

Bruma Nocturna carcajeó. La respuesta tan ingenua pero coherente de Mauricio le hizo ponerse de muy buen humor. 

— Por supuesto que no, Hijo-del-Sacrificio. Como ya te he dicho, mi tiempo aquí llegará a su fin. — tomó su cayado e hizo un giro en derredor, señalando su tierra, su túmulo. — Pero tú, con tu determinación por llevar la contraria a Madre Gaia, quizás puedas… 

— Y… ¿cómo has conocido este mundo? ¿Por qué los espíritus te han contado esto?

El theurge le lanzó una mirada de misterio y se quedó en silencio durante un instante. Sabía más de lo que quería contarle a su amigo, así que tragó saliva e intentó pensar las palabras. Mauricio se notaba inquieto.

— En ese mundo… tú y yo compartimos época. Y clan, además. Pero… el Mauricio Belmonte de esa realidad sufre una tragedia indescriptible y se transforma en algo horrible. Una bestia de destrucción sin esperanza en su corazón y condenado al sufrimiento eterno. 

Mauricio se quedó sin palabras. Había conocido otras versiones de sí mismo, incluso se trajo una doble personalidad llamada Mauro de otra dimensión, la cual le costó erradicar. ¿Pero esto?

— Eres mi amigo, Hijo-del-Sacrificio. Lograste mantener la paz en mi túmulo tras el hambre de tu Justicia Metálica. Nos respetaron gracias a tus intervenciones. Esto que te he contado es una posibilidad, una opción más. — Bruma miró al suelo, taciturno. — Una opción más para ti.

El silencio surgió entre ambos, entendiendo que muy probablemente sería una despedida definitiva. Con un gesto, Bruma Nocturna materializó una lúnula que vinculó a Mauricio: en el interior de aquel espíritu lunar se albergaba la ubicación de Nueva Gaia en el tablero dimensional. El philodox regresó de nuevo al Rainbow Warrior III y dedicó un par de noches a pensar en lo que le había contado su amigo.


Imagen: Generada por Inteligencia Artificial.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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