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Gaia1, agosto de 2017

Una terrible tormenta de plasma ardiente se liberó en el centro de Estados Unidos, arrasando todo lo que encontraba a su paso. Sin poder reaccionar, la Justicia Metálica empezó a activar sus medidas de contingencia, sin mucho éxito. Esa mañana, Mauricio convocó una reunión para hablar con su manada. Todos estaban presentes, y ahí es cuando les propuso el plan.

— Sé que esto me puede causar problemas, pero viendo que el fin del mundo ha empezado ya, os lo suelto y ya si eso me juzgáis después. — anunció sin titubear demasiado.

— Joder, Mauri, no está la cosa para putas bromas. — espetó Celia, con muy poca paciencia. Mauricio le sonrió y tomó aire.

— Tengo la ubicación de una realidad alterna, muy similar a ésta, que está a punto de colapsar por otra catástrofe. Pero esperad, no me miréis así aún. — mostró la lúnula en su poder. El pequeño orbe de luz brillaba con luz celeste. — Según los espíritus, es una catástrofe evitable.

— ¿Es tan evitable cómo que el tejido de la realidad se desgarre y todo lo que significa el mundo se vaya a la mierda? Porque es lo que nos va a pasar a nosotros y no tenemos nada que hacer. — contestó Mimie, molesta e irritada con Mauricio. Desde que dejaron de ser pareja, el ambiente estaba algo tenso. — ¿En qué se diferencia esto de los viajes que hemos hecho con los portales de I+D?

— Espera, cielo, no te adelantes. — respondió Mauricio a la oloren. Karen miraba con incredulidad a Mauricio. Desde que le habían asignado al philodox se había llevado más disgustos de los que le gustaría admitir. Pero que saliese ahora con esto… — Hay una forma de viajar entre planos, un fetiche poderoso. Está en manos de mi antiguo…

— Ni de puta coña, Mauri. No pienso volver a tratar con esos zarrapastrosos incestuosos del Peñasco Blanco. — interrumpió Celia, cansada y hastiada de la conversación. 

— Espera, Celia, deja a Mauricio que se exprese. — interpeló Bared. Escuchaba con mucho interés las ideas del joven.

— Es un fetiche que permite viajar a distintos planos de existencia. Una especie de mapa del multiverso. — Mauricio proyectó desde su smartphone un par de fotografías del artefacto. Se asemejaba a una alfombra o tapete, muy bien bordado con hilos de oro y platino. — Pero para utilizarlo, necesitamos unas coordenadas concretas, que yo tengo aquí. — señaló a la lúnula. 

— Pero, Mauricio, el viaje multiversal ya lo hemos probado con el Departamento de I+D. Podemos enviar a personas concretas, pero no a toda una nación. O a toda la humanidad. Eso desestabiliza el equilibrio de almas en la realidad receptora. — informó Karen, analítica y metódica como siempre. — ¿O este fetiche del que hablas puede saltarse esa restricción?

— No, no creo que lo haga. Pero no es mi intención salvar a toda la humanidad, para eso… — hizo una pausa. Recordó el rostro de Lydia y la preocupación que mostraba. Era tan dulce como un bocado de la noche más oscura. Pero él ya no podía ir con ella, aunque su corazón se lo pedía. — Quiero que vayamos nosotros y salvemos ése mundo. Nadie más va a querer dejar atrás su vida aquí, van a querer o una copia completa, o morir. 

Observó a sus compañeros de manada. Karen McCoil fue la hija bastarda de Terrence McCoil, uno de los mayores hijos de puta del mundo. Tras su deceso, a ella no le quedaba nada más que la investigación y el trabajo. Émilie «Mimie» Benoît era la única superviviente de los oloren, unos Fêra vinculados a los patos y a las ánades; huérfana desde que tenía uso de razón, su consuelo lo había encontrado en Mauricio, pero el corazón roto de éste hizo que la relación no tuviese futuro. Bared Dieter era un asceta en el sentido exacto de la palabra: sin familia, sin pasado, sólo en un presente de disciplina, meditación y autocontrol. 

Pero Celia… Celia sabía lo del Arca. Diablos, todos lo sabían, aunque no lo hablaban en voz alta. Mauricio había tenido la decencia de ponerles al tanto. Los theurge del Peñasco Blanco habían traducido las últimas inscripciones del ritual, y se creía que podían vincular ya nuevas almas al Arca. 

— Mauri, nos has ayudado mucho. Y que nos hayas puesto al tanto de lo del Arca… Eso es increíble, ¿sabes? Pero no quiero arriesgarme. Me iré con mi hija a ese refugio que nos has descubierto. Ya he hablado con Sasha Lombera y nos dejarán un sitio. — confesó Celia ante todos. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas. — Y sabes que te esperan a ti también. ¿Por qué vas a arriesgar tu vida por un mundo que ni te va ni te viene?

— Pensaba que no querías tratar con esos incestuosos de mierda. — cacareó Mimie, buscando incordiar a Celia. Para ella, era como un deporte. — ¿Ahora nos cuentas que te vas con ellos? Ay, ay, ay, Celia, que te descoloca el apocalipsis…

— No me seas hipócrita, Mimie. — se levantó algo exaltada. — Ninguno de vosotros tiene hijos o familia, no lo vais a entender. — sin embargo, se cruzó con la mirada de Mauricio. En seguida se dio cuenta de lo que acababa de decir. — Joder, Mauri…

— No pasa nada, Celia. Puedes ir con el Arca cuando llegue el momento. Desde ahora, te libero de cualquier responsabilidad que tengas para con la Justicia Metálica. — dijo Karen, con una sonrisa sincera.

— ¿De…? ¿De verdad? — no salía de su asombro. Había sido asignada a aquella manada como castigo, puesta de cuidadora de una extraña Fêra similar a los córax y sometida a misiones casi suicidas. Había dudado del liderazgo de Karen y de las capacidades de los demás, salvo de Dieter. Para ella, Dieter era el único con cabeza en la habitación. — No sé… que decir…

— Puedes decir adiós e irte a tomar por culo. — soltó la francesa, sin anestesia ni filtro. — No te pongas digna, Celia. El mundo se acaba.

— ¡Mimie! ¿Cómo puedes hablar así a tu mentora? — se indignó Celia. Durante las primeras misiones, cuando la Justicia Metálica dudaba de la lealtad de Mauricio y Mimie (bueno, también de Kento, pero ese ya no estaba…), ella no fue precisamente agradable y empática con ninguno de ellos. — No me lo merezco.

— No me hagas decirte lo que te mereces. — Mimie se puso de pie, se sacudió el polvo de la ropa, y se recolocó el cabello. — Mauri, estoy contigo. No tengo futuro, mi linaje no tiene futuro y ahora mismo me suda el papo todo. — soltó, con una mezcla de resignación y rabia.

— Muchas gracias, Émilie. Aprecio mucho tu ayuda. — sonrió Mauricio, pasando una mirada en derredor. Celia observaba con los ojos como platos. — Te agradezco tu sinceridad, Celia, y de verdad que entiendo tu situación. Sé que el espacio que Sasha y los demás han preparado te lo mereces. No te preocupes más.

— ¡Oiga, señor Belmonte! ¡Eso me corresponde a mí decirlo! — se quejó Karen, algo celosa por no encontrar las palabras correctas para despedirse de Celia. Le dio un pequeño golpe en el hombro a Mauricio. — Sabes que yo también iré contigo. Ya no… ya no tengo nadie aquí…

— No es el momento de autocompadecernos, jovencita. — la voz de Dieter resonó por toda la estancia. Su acento alemán destacaba con fuerza sus palabras. — Estoy con vosotros, Mauricio. Aunque opino que el equilibrio hay que respetarlo, creo que podremos hacer mucho más bien con tu viaje que con la trascendencia del Arca. — el Philodox sonrió y le dio un abrazo al gigantesco Ahroun. Bared acarició con fraternidad el hombro de su compañero. 

— Mañana viajaremos hasta Santander y atracaremos en el puerto. He hablado con Towers y con Esperanza para que nos asistan en la preparación de la nave umbral. — afirmó Mauricio, con una sonrisa. — Lo tengo todo controlado.

El silencio se hizo en la habitación. Aunque se respiraba hermandad y comodidad, no eran ajenos a las desgracias que estaban asolando la Tierra. Hacía pocos días, la península de la India se había separado del continente debido a terribles e interminables terremotos. Poco a poco, Gaia se iba apagando.


Imagen: Generada por Inteligencia Artificial.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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