¡Oh, desdichado aquel que pronuncie su nombre en la penumbra de los tiempos, pues su eco se arrastra como un murmullo viscoso por los pasadizos de la razón! Malekroth, el titiritero de destinos marchitos, es el arlequín en cuyas carcajadas resuena el crujido de mundos olvidados; no es una fábula nacida de mentes febriles, sino un abismo consciente, una entidad que se engalana con el disfraz de lo grotesco para ocultar su funesta naturaleza.

¿Quién podría relatar con certeza el origen de tan nefanda presencia? Hay quienes balbucean, con los labios resecos por el pavor, que no nació como los mortales, sino que emergió del último aliento de un dios moribundo, arrastrándose desde el vacío primigenio con una mueca burlona y la mirada de quien ha visto el corazón podrido de la existencia. Su voz es una amalgama de ecos disonantes, como si mil bocas parloteasen desde detrás de su máscara engalanada. ¡Ah, máscara, máscara maldita! Ningún ojo humano ha contemplado su verdadero rostro sin proferir enloquecidos gritos de angustia, y los pocos que han osado siquiera atisbarlo se han visto reducidos a andrajosas bolsas de carne, errantes sin alma entre las ruinas de su propia demencia.

Mas no es la figura de Malekroth lo que hiela la sangre y carcome la mente, sino su propósito inefable, su presencia diabólica para con la realidad. Pues no es un simple espectro que merodea en los abismos del tiempo, ni un vetusto vestigio de civilizaciones extintas. No, no, no… ¡él es el arquitecto de la mofa profana, el director de la farsa cósmica! Donde su existencia se insinúa, los cimientos de la realidad tiemblan, y lo improbable se torna tangible con la burda lógica de un sueño febril.

¿Acaso los antiguos no nos previnieron de la llegada del Carnaval Infinito, el cortejo macabro que avanza por tierras condenadas, dejando tras de sí un reguero de ciudades deshabitadas y memorias quebradas? ¡Ay, insensato aquel que crea que es solo un mito, pues he escuchado con mis propios oídos, en las húmedas criptas de bibliotecas olvidadas, los testimonios de aquellos que han vislumbrado las carpas de terciopelo negro ondeando bajo cielos sin estrellas!

Allí, entre pendones de fuego y sombras ululantes, Malekroth se sienta en su trono de máscaras, extendiendo una pálida mano de dedos huesudos a los incautos que desean jugar su con él. Pues he aquí la más terrible revelación: no caza a los hombres, sino que les permite arrojarse a su perdición, con la insensata arrogancia de creer que pueden ganarle en su propia danza de mentiras. Aquel que acepte el convite será arrastrado al torbellino de su actuación estridente, convertido en una fragmento más de su eterna comedia, una máscara más en su pavorosa colección, un chascarrillo leve y pretérito.

¡Oh, que nadie escuche el tintineo de los cascabeles en la brisa nocturna! ¡Que ninguno acepte la mano extendida de un ser cuyo rostro nunca cambia, pero que siempre está sonriendo! ¡Pues cuando el carnaval llegue a tu ciudad, cuando las luces parpadeen con un fulgor antinatural y las melodías distorsionadas resuenen en el aire estancado de la noche… será demasiado tarde!

— últimas palabras de Angrem Barbotti, viejo estibador de Puertogarruna, en las Costas del Crepúsculo.


Imagen: Generada con inteligencia artificial

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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