Un cuento lluvioso

Hay algo especial en las resacas que le envía a momentos vergonzosos de su pasado, situaciones en las que uno desea ser absorbido por un agujero negro y perderse en una inmensidad desconocida, sin posibilidad alguna de regresar.

La boca está reseca y maloliente, sin duda por haberse bebido, la noche anterior, hasta el agua de los floreros, y el interior del cráneo retumba como los vaivenes de una montaña rusa. El tacto del colchón es duro e impersonal, y por la disposición de los muebles supone que no está en su casa. ¿Un hotel, quizá?

Toda la estancia desprende un vaho rancio a pubertad, delirios e inconsecuencia, acrecentándose aún más cuando las ve sentadas en los incómodos sofás de hotel. Parpadea un par de veces para asegurarse de que está en la capa correcta de realidad, y se incorpora para recibir una reprimenda verbálica, pero le recibe el silencio.

– Ni siquiera recuerdas cuáles son nuestros nombres… – responde una de ellas, sin apartar la mirada del rostro enjuto y sudoroso. – Y estás aquí, en una pensión podrida, manchando unas sábanas que ni siquiera te molestarás en limpiar.

Un coche pasa a toda velocidad por la calle aledaña y rompe el delicado e inexistente ritmo; la saliva recorre la garganta para aclarar unas palabras condenadas antes de nacer.

– Pareces muy confundido. – se pone de pie y toma aliento. – Estás perdido. Has ido acumulando decepciones hasta que no has encontrado otra salida; zambullirte en un apestoso foso de alcohol barato y drogas sintéticas. – se gira hacia su acompañante. – Todo esto te ha apartado de tus amigos, de tu familia e incluso de ti mismo.

Se rasca la nariz, un gesto reflejo de nerviosismo. Sus fosas nasales están llenas de mucosidad y manchadas de sangre seca. Antes de contestar a la chiquilla que le increpa, se pregunta si ha vuelto a meterse un tiro y si hay una promesa que yace rota en el sucio suelo de su conciencia. Carraspea, no puede rebatirlo.

– ¿Nos merecemos esto? – pregunta la otra, consternada. Su aspecto es menos jovial que la primera, más adulto. – ¿Te mereces esto? Querías un cambio, pero eres incapaz aceptar las consecuencias. – mueve la mano de un lado a otro, con desdén. – Te abrumaste, lo comprendemos. ¿Pero… esto? ¿Has visto… lo que eres?

Menuda verborrea. Desea que hubiesen sido turistas y que no hablasen su idioma. Se apoya contra la pared y decide mirarse por primera vez desde que se arrastró de la cama. Camiseta de tirantes blanca, con varias manchas de colores ocres, calzoncillos de tipo slip, apretados y con un rastro crujiente en la parte delantera. Ridículo y asqueroso.

– Tienes suerte, queremos sacarte del agujero. – ella, la primera, toma asiento. Su voz se torna más cariñosa. – ¿Y si estuvieses solo? ¿Eres tan egoísta que no puedes ver que tus actos hacen daño a los demás? – se para antes de continuar. La voz quebrada le hace sentir escalofríos.

Busca en derredor el pantalón, sin apartar la mirada de ellas, con escaso éxito. Las luces de los locales penetran los cristales manchados de las ventanas, iluminando de forma onírica la habitación. Un par de hombres, borrachos y sucios, con total seguridad, discuten en la calle, gritando en un idioma tosco y gutural. Los escalofríos son inesperados e incómodos.

– Vámonos de aquí. – la segunda se limpia una lágrima fugaz, casi imperceptible. – No sé ni cómo se te ha ocurrido venir a estos barrios, con lo peligrosos que son.

Se esfuerza en vocalizar, pero lo único que logra es hacer llover. No hay justificación para las pastillas, para la nieve ni para las borracheras. Los tres saben que es una revuelta absurda que cuelga de unas vivencias miserables y una estupidez tan profunda que atraviesa las barreras de la lógica. Sabe que le gusta ser rescatado, y le reconforta sentir cómo se preocupan por él. Toma asiento en la cama, deshecha, y se tapa la cara para que no le vean desesperarse. El torrente es rápido y abundante, pero ellas están ahí, para él.

Sólo que, cuando recupera la compostura y levanta la cabeza, es consciente de que esa puerta se cerró hace tiempo y que los sofás del hotel, al igual que su alma, están vacíos.


Imagen: Cyberpunk alley

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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