Prisionero del pasado

Prisionero del pasado

Cada vez que daba un paso hacia delante, se tropezaba con fragmentos entrópicos de acciones pasadas. Sentía como su existencia reverberaba a través de las hebras de la realidad con el único objetivo de hacerle la puñeta. La gota que colmó el vaso fue cuando se encontró atrapado entre cuatro paredes metafóricas obra de la desidia de su yo anterior. Por mucho que maldijese a diestro y siniestro, su voz era ahogada por recuerdos difuminados sobre el lienzo planar que era su vida: la situación era tan justa como el propio ser, tan sólida como un ladrillo de arcilla templada, y por mucho que se quejase, estaba en un momento o línea temporal equivocado.

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¡Salta!

¡Salta!

Salta, corretea, aspira, vuelve a saltar y agazápate entre las sombras, como si de un ladrón de guante blanco fueses, oculto de miradas curiosas e imperturbables. Respira, nadie te ha visto llegar, coge lo que buscas y no te entretengas enredando en fibras tan arcaicas como los velos meditabundos, pues bien sabes que si comienzas a tejer, tarde te llega la hora, que el olvido es muy tentador y no estás ahí para revolcarte en tus recuerdos.

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La gran mentira de la civilización

La gran mentira de la civilización

Fíjate lo lejos que estás del público, subido en un estrado a punto de soltar un gran y emotivo discurso repleto de significado y reflexión. ¿O no es así? Traga saliva, cavila sobre lo que vas a decir, es importante. Toda esa gente que se ha reunido bajo las consignas de tu mensaje tiene que poder llevarse una pizca de tu presencia, algo que les identifique como parte del movimiento levantado por todo el país. Y ese pedazo metafórico de ti es una gran mentira como la que ha formado toda tu vida, empezando por unos cimientos repugnantes y borrosos, y finalizando en tu presentación, tan vacua como un agujero sin fondo en una explotación petrolífera.

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Un cuento lluvioso

Un cuento lluvioso

Hay algo especial en las resacas que le envía a momentos vergonzosos de su pasado, situaciones en las que uno desea ser absorbido por un agujero negro y perderse en una inmensidad desconocida, sin posibilidad alguna de regresar.

La boca está reseca y maloliente, sin duda por haberse bebido, la noche anterior, hasta el agua de los floreros, y el interior del cráneo retumba como los vaivenes de una montaña rusa. El tacto del colchón es duro e impersonal, y por la disposición de los muebles supone que no está en su casa. ¿Un hotel, quizá?

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Canción de huesos

El ruido de las calles era lo que más molestaba al pequeño Velemir mientras jugueteaba con sus muñecos de madera. Su padre entró sobresaltado en casa y empezó a gritar a toda la familia, «de nuevo interrumpe mi obra, qué irrespetuoso»; su madre se acercó corriendo y le cogió por la cintura. Toda su obra se desparramó por el suelo, quedando desordenada y sin armonía. Velemir ni siquiera se quejó, el propio silencio de su persona sería suficiente para expresar su descontento.

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