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Orígenes

Bram Brasagorda nació bajo un cielo cubierto de hollín, en una comarca de ferrerías, calderas y caminos donde los hombres aprendían antes a levantar un martillo que a escribir su nombre. Nadie recuerda con certeza cuál fue su apellido verdadero, y puede que ni él mismo lo conserve ya con afecto. Brasagorda fue primero un mote de taller, luego una burla de arena y, con los años, el único nombre capaz de hacer callar a una sala llena de mercenarios.

Durante su juventud fue aprendiz de herrero, mozo de carga, matón de caravana y luchador de pozo. Era grande, sí, pero no torpe; lento al hablar, nunca al moverse. Quienes lo vieron pelear por primera vez hablaban de una violencia limpia, casi honrada, como si cada golpe fuese el resultado inevitable de todo lo ocurrido antes. Bram no combatía con rabia ciega. Combatía como otros respiran.

Su fama nació en los fosos de combate de Malasthar, donde nobles aburridos, soldados retirados y comerciantes con demasiado dinero apostaban por hombres que no podían permitirse perder. Allí Bram sobrevivió a duelistas, bestias encadenadas, criminales indultados a medias y campeones extranjeros con más título que seso. Nunca fue el más elegante ni el más querido, pero sí el más constante. Cuando Bram entraba en la arena, el público dejaba de pedir espectáculo y empezaba a esperar una ejecución.

La noche que cambió su vida recibió el hacha conocida como Faucesbermejas, un arma de hoja doble, metal rojizo y runas encendidas, forjada con restos de cadenas, campanas de guerra y brasas arrancadas de una fragua que jamás se apagaba. No se la entregaron como premio, sino como condena. El anterior portador murió ante él, riendo sangre, y Bram recogió el arma sin hacer preguntas.

Desde entonces abandonó la arena y comenzó a caminar. No al servicio de un señor, de un imperio ni de una causa sagrada. Bram Brasagorda lleva la lucha allá donde su camino guía sus pies, convencido de que toda ruta verdadera termina, tarde o temprano, frente a alguien dispuesto a impedir el paso.

Objetivos

Bram no busca riqueza, tierras ni mando. Ha rechazado contratos generosos, cargos militares y la protección de nobles que habrían pagado una fortuna por convertirlo en campeón de su casa. Su ambición es más extraña y más peligrosa: quiere perfeccionar la lucha hasta convertirla en una forma de verdad.

Para él, cada combate revela algo que las palabras esconden. Un cobarde, un fanático, un tirano, un héroe o un monstruo se desnudan por completo cuando el acero empieza a caer. Bram cree que el instante en que dos voluntades chocan sin posibilidad de mentira es el único momento en que una criatura se muestra tal como es.

Viaja de pueblo en pueblo y de ruina en ruina, buscando conflictos que merezcan su presencia. A veces libera caminos tomados por bandidos. A veces entra en una fortaleza y reta al capitán de la guardia. A veces se sienta en una taberna, escucha durante horas y, al amanecer, mata al hombre al que todos temían nombrar.

No es un justiciero, pero tampoco un vulgar asesino. Bram interviene cuando siente que una lucha ha quedado pendiente, cuando un lugar entero vive encogido bajo una amenaza que nadie se atreve a mirar de frente. En el fondo, quizá espera encontrar a alguien capaz de derrotarlo sin odio y sin miedo. Una derrota limpia, digna, definitiva. La única prueba de que su camino todavía conduce a alguna parte.

Creencias

Bram no cree demasiado en discursos, códigos escritos ni promesas solemnes. Respeta la fuerza, pero desprecia la crueldad. Respeta el miedo, porque todo ser vivo lo conoce, pero aborrece la cobardía cuando se disfraza de prudencia, diplomacia o mandato divino.

No mata a quien se rinde de verdad, salvo que la rendición llegue después de haber obligado a otros a morir en su nombre. No disfruta con el sufrimiento de los débiles, aunque su aspecto y su sonrisa hagan pensar lo contrario. La compasión de Bram es seca, incómoda y a veces brutal: puede salvar una aldea de un ogro y marcharse sin aceptar comida, pero también puede partirle la mandíbula al alcalde que intentó entregar a los niños para comprar una semana más de paz.

Las religiones le resultan lejanas. No niega a los Espíritus deíficos, pero tampoco se arrodilla ante ellos. Si existen, piensa, ya conocen su nombre. Si desean algo de él, que bajen al camino y se lo digan con las manos desnudas.

Su única fe verdadera está en el cuerpo, en el peso del arma, en el pie bien asentado sobre el barro y en la respiración del enemigo justo antes del golpe. Bram cree que una vida sin combate acaba pudriéndose por dentro, aunque no todos los combates requieran sangre. A veces basta con levantarse. A veces basta con no apartarse.

Aspecto

Bram Brasagorda es un hombre enorme, ancho de hombros, cuello grueso y brazos cubiertos de cicatrices viejas. Su piel tiene el tono curtido de quien ha pasado media vida entre sol, humo, aceite y sangre seca. Lleva la barba espesa, oscura y mal domesticada, como si incluso su rostro se negara a aceptar disciplina.

Lo más llamativo son sus pequeñas gafas redondas de cristal rojo, montadas en metal dorado y siempre apoyadas sobre una expresión feroz, casi burlona. Muchos creen que son una extravagancia de gladiador, pero en realidad protegen sus ojos del fulgor de Faucesbermejas. Las runas del hacha arden con una luz que no sólo hiere la vista: también despierta recuerdos de violencia en quien la contempla demasiado tiempo.

Viste ropas negras, sencillas y resistentes, con los brazos al descubierto y las muñecas protegidas por vendas de cuero endurecido. En ocasiones lleva una capa oscura, raída por el borde, que le da el aspecto de un monje guerrero salido de una orden que jamás aceptaría tenerlo entre sus filas.

Su postura suele ser baja, adelantada, como si en cualquier momento fuera a embestir. Camina con una ligera inclinación, no por debilidad, sino por costumbre: Faucesbermejas pesa más cuando no hay combate cerca. Cuando sonríe, se le ven los dientes apretados y amarillentos, una sonrisa amplia, terrible, casi infantil. La sonrisa de alguien que ha entendido el chiste antes de que empiece la pelea.

Atributos

  • Físico: 10
  • Agilidad: 6
  • Mente: 4
  • Intuición: 7
  • Presencia: 8

Rasgos

  • Guerrero absoluto, criado entre fosos de combate, caminos peligrosos y duelos donde la derrota rara vez dejaba supervivientes.
  • No lucha por dinero, aunque acepta recompensas si con ello puede seguir viajando sin servir a nadie.
  • Posee una intuición feroz para leer la postura, la respiración y el miedo de sus adversarios.
  • Sus gafas rojas filtran el fulgor de Faucesbermejas y le permiten soportar visiones violentas que perturbarían a otros guerreros.
  • No desprecia a los débiles, pero sí a quienes usan a otros como escudo para no afrontar las consecuencias de sus actos.
  • Suele ofrecer una oportunidad de rendición antes de empezar una matanza, aunque su tono hace que parezca más una amenaza que un acto de misericordia.
  • Considera cada combate importante como una conversación sagrada: interrumpirla con trampas mezquinas puede despertar su peor versión.

Equipamiento

  • Faucesbermejas, enorme hacha de hoja doble, metal rojizo y runas ardientes. Su filo parece más caliente cuanto más cerca está de derramar sangre.
  • Gafas de rubí de horno, pequeñas lentes rojas capaces de proteger sus ojos del fulgor del arma y de la luz abrasadora.
  • Vendas de cuero negro endurecido, cubiertas de cortes, mordiscos y manchas de aceite.
  • Capa raída de viaje, usada como manta, sudario, improvisado estandarte o simple trapo para limpiar el hacha.
  • Un saquito con dientes de hierro, pequeñas piezas de metal que usa para recordar a oponentes dignos. No son trofeos de carne, sino fragmentos de armas rotas.

Imagen: Generada por Inteligencia Artificial.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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