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Gaia1, septiembre de 2017

En las siguientes semanas, la manada de Mauricio trabajó sin descanso para tener a punto el aparato que les permitiría cambiar de plano. Estaban trabajando en uno de los astilleros cercanos a la Calle Castilla, ya abandonados por el cese de actividad humana. En los últimos tiempos, los mortales habían empezado a atrincherarse en sus casas.

Sorprendentemente, apareció Karl Sasaki Gasset por ahí para echar una mano: el ser trascendental, el supuesto representante del Kaos en forma Garou. El Theurge poderoso que había recorrido la Umbra Profunda. Y el demiurgo que dirigió parte de la vida de Mauricio en sus primeros compases como Garou. Su participación fue breve, pero útil y rica. Él ya había viajado entre universos —¡cómo no!— y su conocimiento fue impregnado en los planos del proyecto. Con la ayuda de las ideas tecnológicas de Karen, Johnny Towers y Esperanza Carrillo, la parte mecánica estaba completa. En el ámbito espiritual, la sabiduría de Karl, la templanza de Dieter y la delicadeza de Mimie ataron con hilos espirituales el motor al Tapete del Universo. 

Una explosión continental desintegró una buena parte de la taiga de Siberia. Las placas tectónicas eurásicas se resquebrajaban como galletas encima de leche ardiendo. La arena del reloj iba agotándose poco a poco. Un día antes de comenzar el primer «despegue» de prueba, apareció por el laboratorio la Reina Lydia. Ataviada con un vestido gótico con corsé, desplegando todas sus bondades femeninas, con el pelo negro como la noche y una mirada gélida y calculadora, se pasó a saludar a Mauricio y a su manada. Tras ver el Tapete atado al interior de la cabina, no pudo evitar sonreír.

— ¿Sabes que ese fetiche fue arrebatado por el Peñasco Blanco a uno de los bancos corruptos de los prehidrianos? — señaló Lydia, antes de sentarse con el garbo y la elegancia de alguien de la nobleza. — Buenos días, Mauricio.

Un nudo se formó en la garganta del Philodox. Era la primera vez en mucho tiempo que veía a su antigua amada en persona y no a través de pantallas o proyección umbral. Hizo un gesto a Karen y a Mimie para que les dejasen algo de espacio. Las dos chicas se levantaron algo molestas, pero comprendieron que ambos necesitaban algo de privacidad.

— Bienvenida, mi… esto… Bienvenida, Lydia. — respondió con torpeza Mauricio. Se puso de pie, se sacudió el aceite y el polvo de las manos. Se acercó a la nevera portátil a sacar algo de beber. — Aquí no tengo vodka, pero te puedo ofrecer… Esto… bueno, una tónica, sí. 

— No hará falta. Quiero ser breve para que no te lo pienses. — declaró, con un tono solemne. — ¿Qué podemos hacer para que no te embarques en esta locura? 

Sabía a lo que venía. Sabía que su plan no era del agrado de la mayoría. Había discutido con Faustino por teléfono. Con su primo, Felipe de Marchal. Con Patrick. Diablos, había incluso discutido con su hija, Ananta. No querían que faltase a la Gran Trascendencia.

Mauricio permaneció en silencio unos segundos. El zumbido de los generadores, la humedad metálica del hangar, el leve crujido de los nudos del tapete… Todo sonaba más fuerte que su propia respiración.

Apretó la lata de tónica sin abrir. No tenía sed. Ni fuerzas para esconderse.

— Nada. No podéis hacer nada. —dijo por fin, sin elevar la voz.

Lydia alzó una ceja. No era la respuesta que esperaba. Lo miró de frente, con esa intensidad que siempre le había obligado a no mentirse.

— No me embarco en esta locura porque quiera salvar a nadie. Me embarco porque no soporto mirar este mundo sin hacer algo. — hizo una pausa. Le temblaba un poco la mano, así que dejó la lata en una mesa. — Porque prefiero lanzarme al vacío, a intentar salvar otra realidad, que trascender en otro mundo, quizás sin recuerdos. Quizás… sin ti.

Ella no dijo nada. Sólo ladeó un poco la cabeza, como si lo estuviera reconociendo en un reflejo distinto.

—Y no es que no valore la Gran Trascendencia. No es desprecio. Es que no es para mí. Lo fue, quizá. Pero ya no. — se acercó un poco, y su voz bajó. — Tú y yo, nos salvamos. Pero… — hizo una pausa. Lo iba a contar. — Salvaremos al Arca, pero este mundo al que quiero ir. Esta realidad que quiero atravesar… — se agachó frente a ella. Sus ojos se unieron en una mirada de complicidad. — Es un espejo de la nuestra. Si no hago nada, colapsará y desaparecerá.

Lydia suspiró. Se apartó un mechón de cabello. Seguía sin hablar, pero la tensión de sus hombros cedía.

—Quiero creer que esto no es una huida. —dijo, finalmente. Su voz era frágil, casi cansada. — Quiero pensar que aún hay algo de ti que desea volver algún día.

No pudo evitar que lloviese en sus ojos. Le tomó un momento recuperarse, ya no era aquel joven que lloraba por todo. Carraspeó.

— Por supuesto. A pesar de lo que hemos pasado, del daño que nos hemos hecho, de las pérdidas que hemos tenido. — confesó Mauricio. — Para mí, sería mucho más fácil reunirme con vosotras y trascender. 

— Nunca has sido de los que ponen las cosas fáciles, Mauricio. — respondió Lydia, con un semblante apesadumbrado. Extrajo tres perlas brillantes de su bolso de cuero. — Las hemos preparado Ananta y yo. Contienen toda la información que hemos descifrado sobre el legado de nuestra estirpe a lo largo de estos años.

El Philodox las tomó en sus manos, extrañado. Eran unas artesanías preciosas, brillantes y de un enorme valor. 

— Mis capacidades teúrgicas no llegan al punto de contactar con otros planos de realidad. Pero no soy tonta, Mauricio. Intentarás contactar con tu versión alterna en ese mundo. Y si nuestro destino ha sido escrito por igual en el universo, habrá otra Lydia allí. — tomó una bocanada de aire antes de continuar. — O igual todavía es… una Dorys…

No pudo evitar abrazarla. En un principio, ella se resistió, pero al sentir de nuevo el tacto de Mauricio, la misma colonia que usaba, y la forma de sus brazos, le devolvió el gesto.

— Quiero que, si llega el momento, se las ofrezcas como regalo a la matriarca hidriana. O al patriarca, me es igual. Nosotros hemos sufrido muchísimo y no tuvimos nunca la ayuda de nuestros ancestros, así que quiero que el ciclo se rompa. — declaró Lydia, mientras apretaba con fuerza a Mauricio. — Sólo lo podrá sentir una sacerdotisa purificada. Nos ha costado muchísimo crearlas, así que protégelas con tu vida.

Se soltaron, de forma natural, sin forzarlo. Lydia se recompuso y esperó a que su exmarido se apartase. Acto seguido, se puso de pie.

— Ananta no ha querido venir porque está muy enfadada contigo. Pero sé que confía en que harás lo mejor para esa realidad. Sabe que eres el Hijo del Sacrificio. — dictaminó, en un tono más melancólico que triste. — Gracias por todo, Mauri. 

Sus miradas volvieron a cruzarse. Ésa era la última vez que iban a verse en vida. Quizás, en algún momento del tiempo astral, sus espíritus volverían a cruzarse, y sus existencias podrían volver a sentir la paz y la armonía. Sin embargo, era el momento de separarse.

— ¡Lydia! — espetó Mauricio, cuando ella se estaba alejando. No se dijeron nada más, compartieron una última mirada. Y un último beso apasionado. El mundo se estaba acabando, y por la radio informaban que una nube de radiación había surgido en el Golfo de México. Las temperaturas extremas provocadas habían comenzado a secar el océano, y toda la costa había sido arrasada. 

Durante la noche, más noticias terribles llegaban a los oídos de la manada. Con el sentimiento de urgencia detrás de sus orejas, se encontraban cenando a toda velocidad. Trozos de maquinaria, pizarras llenas de cálculos matemáticos, un dibujo de un conejo hecho por Karen molestando en mitad de una fórmula incomprensible… A pesar de todo, Karen se tomó un instante para hablar a sus compañeros.

— Escuchad, he tenido una idea. — pronunció mientras masticaba parte de un burrito vegano. — Yo ya no voy a ser vuestra líder, debemos formar una nueva manada. 

Mauricio la miró con la ceja levantada. Un gesto que había visto esa misma mañana, y que le había recordado viejos tiempos. 

— ¿Cómo que no vas a ser la líder, Karen? ¿El fin del mundo te está nublando el juicio o qué? — respondió Mauri, más preocupado por la finalización del artefacto que otra cosa.

— Mira, chaval, eres tú quien nos ha metido en esto. De otra forma, estaríamos esperando nuestra muerte. Y ya no le queda mucho tiempo a Gaia, la pobre está en los últimos estertores.

Bared Dieter gruñó. Aunque comprendía la juventud de sus compañeros, no le gustaba que algo tan terrible se tomase a la ligera.

— No te lo tomes a mal, Dieter, en serio. — rió nerviosamente. — Los espíritus ya no están para bendecir manadas, ¿no los sentís? Narval ya no está con nosotros, y lo entiendo perfectamente. Lo que quiero decir, es que debemos bautizarnos como un grupo súperheroico o algo así y darnos un nombre chulo. ¡Y que Mauri sea el líder! — esto último lo dijo tan rápido que casi se atraganta con el burrito…

— Estabas loca por quitarte del liderazgo, ¿eh, Kar? — masculló Mimie con una sonrisa inusual. — Bah, Mauri, tienes mi voto. Y el de ella también. 

— Bueno, si Dieter no se opone, me parece bien. — dijo Mauricio, aceptando su nueva posición. — No es que me guste mandar, pero en esto quiero hacerlo. 

— No importa quien nos dirija si mientras quien nos dirija sabe hacia dónde dirigirnos. — respondió el Ahroun con un tono pragmático. Devoraba una enchilada con ganas. — Y, como ha dicho Karen, tú sabes a dónde vamos, Mauricio. 

El silencio posterior no fue incómodo, sino solemne. Como si la declaración de la nueva manada hubiese sellado un pacto más antiguo que ellos mismos, uno que se venía gestando desde hacía años y que sólo necesitaba que el fin del mundo les recordase quiénes eran.

— Seremos… los Huéspedes del Silencio. — hizo una pausa. Sonrió. — ¡Vamos, nos queda poco tiempo!

La tormenta no era natural.

Las nubes se enrollaban como garras negras sobre el cielo, y un resplandor púrpura —casi líquido— escurría entre los huecos del firmamento como sangre de una herida celestial. Desde el laboratorio improvisado en los antiguos astilleros, se divisaban olas de más de treinta metros golpeando el rompeolas. Y más allá, donde alguna vez hubo calma, el mar ahora hervía. Esperanza fruncía el ceño mientras ajustaba los símbolos grabados sobre el marco metálico que rodeaba el Tapete del Universo. Había dibujado un anillo protector a su alrededor, reforzado con símbolos arcanos y sellos de datos umbrales.

— ¡Señor Towers!, necesito que mantenga estable el nodo mientras estabilizo el sello secundario — gruñó, sujetando su anillo fetiche con fuerza —. Si esto se colapsa antes del vórtice, ni sus almas ni sus cuerpos sobrevivirán el cruce.

— Estoy en ello. — replicó Towers, clavando el bastón Garou contra la estructura—. Pero nos quedan cinco minutos. Esa tormenta va a tragarse la bahía. Ya huele a ozono y ceniza.

Dentro del módulo de transporte, la nave umbral anclada al Tapete brillaba con pulsos de luz iridiscente. Era como si cada costura del tejido respirara con tensión, esperando el momento justo para desdoblar la realidad. En su interior, los cuatro miembros de los Huéspedes del Silencio hacían los últimos preparativos.

Karen se aferraba al bastón de mando, pero no emitía órdenes. Era Mauricio quien ahora tomaba la palabra.

— ¿Estamos listos? ¡Ya no hay vuelta atrás! — miró a cada uno de ellos, sus ojos reflejando el caos del cielo enrojecido.

— Cómo si pudiésemos poner una hoja de reclamaciones. — murmuró Mimie, sentada con las piernas cruzadas, comprobando su manicura.

— No dejo nada atrás. Mi espíritu está en paz, al igual que mi cuerpo. — añadió Dieter, colocándose el vendaje sobre los ojos con una tranquilidad casi mística.

— Yo ya no creo en la esperanza. Pero creo en ti, Mauri. Vamos a hacerlo. —Karen le dio un pequeño golpe en el brazo, como si fueran adolescentes otra vez.

Desde el panel exterior, Esperanza gritó:

— ¡Tienen que marcharse ya! ¡El campo gravitatorio está en sincronía! ¡Mauricio, enciende el corazón del Tapete!

Un sonido grave y ascendente brotó desde las profundidades del fetiche. Las hebras de oro y platino comenzaron a ondular como si estuvieran vivas, reconfigurando el espacio. Cada símbolo, cada bordado, se iluminó con una luz antinatural, antigua, quizás incluso anterior a Gaia misma. Mauricio activó el sello. Una grieta se abrió en el aire, no como una herida, sino como una pupila. Una ventana. Un pasaje hacia otro universo.

— ¡Señor Towers! — chilló Esperanza — ¡El Pilar de Tormentas está bajando! ¡Tenemos menos de dos minutos!

Un nuevo estallido sacudió la bahía. Una lengua de fuego lamió las instalaciones costeras, y el suelo tembló como si debajo emergiera una criatura de otro plano. La máquina crujió, el Tapete gimió, y las defensas umbrales comenzaron a chisporrotear. Los Huéspedes del Silencio se tomaron de las manos. El vórtice se abrió, tragando primero el aire, luego la luz, y después, el módulo entero. Un segundo antes de cruzar, Mauricio miró hacia atrás, directamente a Esperanza.

— No nos olvidéis.

Y se desvanecieron.

El espacio que ocuparon colapsó sobre sí mismo. Un estallido de luz apagada —como una aurora que muere— se extendió en círculos, haciendo vibrar los huesos de los presentes.

Johnny cayó de rodillas, empapado por la condensación espiritual. Esperanza le ayudó a levantarse.

— Tenemos que irnos, ya. El mar se nos echa encima.

— Corrales está a noventa kilómetros. Tenemos sesenta segundos para llegar. Lo tengo controlado, Carrillo.

Corrieron hasta el vehículo umbral, activando los sistemas al vuelo. Las luces de emergencia se apagaron justo cuando el oleaje impactó contra el dique. El rugido del mar devoró la costa de Santander. Barcos, muelles, almacenes… todo quedó cubierto por una espuma hirviente y blanca. Desde el cielo, una nueva grieta descendía como una cicatriz: el ojo de la tormenta, pleno, mirando al mundo con hambre.

Pero ellos ya no estaban allí. Ni los Huéspedes del Silencio, ni el Tapete del Universo. Solo una sensación en el aire. Un leve eco, un susurro suspendido en la realidad moribunda.

En las cavernas del Arca, el pulso del apocalipsis se sentía como si la propia tierra estuviera vomitando magma sobre la montaña. Las miradas de preocupación de todos los asistentes no quebraban su determinación a sobrevivir. Felipe estuvo buscando a su padre por todas partes, pero cuando se estrelló el coche umbral contra la pared de la entrada, suspiró con tranquilidad. Johnny había logrado llegar a tiempo, y los teúrgos del Arca por fin comenzaron el ritual de trascendencia.

Lydia observó a su comunidad: algunos estaban asustados, otros eran conscientes de lo que estaba ocurriendo. Su hija, Ananta, estaba al borde de un ataque de nervios, y sin su pareja, el insoportable Patrick, cada vez estaba peor. Sin embargo, en cuanto vieron el rostro acalorado y despeinado de Esperanza Carrillo, la compañera de Mauricio, sonreírles y hacerles el gesto de «ok», supieron que la ordalía de aquel Philodox había comenzado satisfactoriamente.

Al otro lado de la caverna, dónde se encontraban los Ícaros, Patrick y Lucía estaban furiosos. Mauricio ni siquiera se había despedido de ellos. Pero ya no quedaba tiempo, y una luz fuerte iluminó todo el lugar. La tierra se desintegró en miles de pedazos, pero la estructura del Arca soportó esa catástrofe, y una de las últimas cosas que vieron los miembros de aquel legendario clan fue el cielo estrellado del espacio, y los fragmentos de lo que fue su mundo flotar a su alrededor. La trascendencia había comenzado, y Gaia1 había dejado de existir.


Imagen: Generada por Inteligencia Artificial.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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