Aventuras de Mark

Contra el viento

Hassad Fadel observaba a su compañero de celda con una expresión mezcla entre la incredulidad y la lástima. El shadalense que había chocado con su navío, condenado al naufragio, había perdido por completo la cabeza al darse cuenta de que Edmundo Orejaquemada era su captor. Se aclaró la garganta para poner fin a las risas histéricas de Mark Maxley, y sin medrar le agarró de la sucia chaqueta de lino. Clavó sus ojos negros en el esserino y pronunció, con una voz tan profunda como un abismo insondable, unas palabras para que recuperase la compostura.

– Deja de hacer ruido, idiota. – Mark volvió a sus cabales durante un momento. – La comida de Edmundo flotaba a la deriva, y lo que está en el agua sin reclamar pertenece a quién lo recoja; lo dice el Código de Piratería.

Aunque estaba seguro de que aferrarse a un viejo código pasado de generación criminal en generación criminal no les iba a servir de mucho, quizás podría hacer que sus últimas horas de vida fuesen tranquilas y silenciosas. A Mark Maxley se le iluminaron los ojos después de la idea de Hassad. Tras limpiarse la boca con la parte inferior de su camisa, se acercó ilusionado a su compañero de celda.

– Oye, tienes razón. ¿Eres ujibo, verdad? – el joven echó un vistazo fuera de la celda, en busca de alguno de los guardias. – Tuve tripulantes de los tuyos, sois un pueblo raro. ¿También rezas a un tipo que está en el fondo del mar?

La pregunta de Mark irritó a Hassad, pero no le contestó. Sólo le ofreció un gesto de desagrado y se sentó de nuevo en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

– Vamos, tú tienes pinta de ser alguien importante. No eres un matón cualquiera, tus ropas te delatan. – señaló la chilaba y el turbante de Hassad.

Tenía razón: hace tiempo, el ujibo había pertenecido a la Corte Opalescente del sultanato de Al-Ujib, pero ciertos negocios lo apartaron de sus obligaciones. O más bien, el temor a que una cuchilla plateada cercenase su cuello. Contestó a su compañero con una mirada de resignación y un comprometido silencio que confirmaba las sospechas de Mark. El shadalense sonrió.

– Pues claro que sí. Os vi cuando atracaba en Al-Gadarabi, al sur de la capital de vuestro, eh… país. Sois asesinos de élite, ¿no? – dijo, mientras se acomodaba en el suelo, lejos del vómito que había expulsado antes. – No digas nada. Con tu idea me basta para sacarnos de este agujero. Orejaquemada acojona, pero no irá en contra del propio Código que ideó su abuelo.

La inocencia de las palabras del miserable enterneció a Hassad. Formó parte de la guardia del sultán Mahmed al-Kharibam durante muchos años, y una de las cosas que más le llamaba la atención era la estupidez de los criminales cuando tenían que declarar ante el Tribunal de Ópalo, la única -y suprema- autoridad de justicia del sultanato. Él también había sido un ingenuo, al igual que Mark Maxley y todos los desgraciados que había apresado a lo largo de su carrera. Se río entre dientes cuando el escuálido shadalense, que había rescatado de una muerte segura bajo las aguas del océano, le afirmó con total seguridad que tenía un plan para escapar.

– Pero no te rías, cara de arena. – Hassad arqueó la ceja. Recordó que los esserinos carecían de educación por el prójimo. – Escucha, antes de ponerme a pegar gritos en la cubierta del barco era un mercader de la ciudad de Shadaleen. – hizo un gesto con la mano para intentar demostrar que lo que decía era importante. – ¿Conoces Shadaleen? Es igual, escucha. Quise cambiar las cosas. Importar nuevos productos, como vuestras especias. Todo lo tenía pensado, pero los que controlan el cotarro… no quieren que se cambie nada. Son felices con lo que tienen, así que…

Cerca de las rejas de la celda pasó un orondo mostrenco armado con una alabarda. La armadura de anillas que llevaba estaba tan abotargada que dejaba pequeñas marcas circulares en la carne parduzca de su estómago. Miró con asco a Mark Maxley mientras éste explicaba su anodino pasado a Hassad Fadel. El ujibo se había acomodado, pero no parecía que las palabras de su colega prisionero le importasen demasiado.

– ¿Te lo crees? ¡Me dan la maldita espalda porque están contentos con su porquería de grano, sus lechugas podridas y su carne llena de moscas!

Hassad parpadeó durante un momento. La justificación de Mark era más estúpida de lo que pensaba; o eso intentaba hacerle creer.

– ¿Te volviste un filibustero porque nadie quería importar especias del desierto? – preguntó incrédulo Hassad.

– No, por Lenseng. Digamos que… bueno, que mis grandes ideas no funcionaron. Y los canales por los que iban a entrar, eh… pues no eran demasiado… eh, del agrado del… de la Cámara de Comercio.

– Es decir, señor comerciante de Shadaleen, que fuiste expulsado del gremio por intentar meter en un mercado controlado por otros mercancía ilegal. – el ujibo se acariciaba su larga perilla mientras decía esto.

– Eh, bueno, puede ser. Sí. ¡Pero era un negocio estupendo! Quizás, cuando salgamos de aquí, me puedes ayudar con eso de las especias. – respondió con nerviosismo Mark.

– Si tu plan de escapar tiene la misma consistencia que tu idea de las especias… Yo ya sé que acabaré en las fauces de Yuseth durante el resto de la eternidad, pero tú… – suspiró y negó con la cabeza. El grasiento y corpulento guardia de pelo ralo ya había abandonado el pasillo. – Será mejor que reces porque Lenseng recoja tu cadáver descuartizado y lo lleve a un lugar mejor.

Mark Maxley tragó saliva. La boca le sabía a sangre, reflujo estomacal y polvo. El efecto de su historia dinamitó la confianza que intentaba ganar con el ujibo, pero no era la primera vez que se encontraba contra el viento. No pudo contestar a Hassad, pues Edmundo Orejaquemada se presentó ante ellos acompañado por el guardia gordo y su mano derecha, un escuálido tiflin que tenía los cuernos limados y las pezuñas afiladas para asemejarse a garras. Mark no pudo evitar sonreír estúpidamente cuando el aterrador Orejaquemada clavó sus ojos en su rostro.


Imagen: Prison en pinsdaddy.com

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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