La estatuilla maldita: Parte uno

Comencé mi viaje por la Tierra Media hacía tanto tiempo que ya no recordaba muy bien cuál fue el motivo por el cual un día decidí ensillar mi caballo y marcharme de mi aldea. Iba de aquí para allá, sin rumbo fijo, pero con el paso del tiempo decidí que mis pasos serían guiados por la suerte. Esa suerte fue la que cambió mi destino.

Me dirigía hacia el norte cuando me topé en el camino con un grupo de aventureros que iba en mi misma dirección. Al principio rehusaba estar con ellos evitándolos a toda costa pero no hacíamos más que pisarnos los talones. Era evidente que se conocían de hacía mucho tiempo, como si hubiesen vivido toda una vida juntos. Por mucho que me alejase de ellos al caer la noche, las risas y carcajadas se oían por todo el bosque. No podía descansar en condiciones, pero saber que andaban cerca en parte me aliviaba, ya que el viaje comenzaba a resultar algo más complicado de lo que había supuesto.

Una de las noches, en una taberna típica de cruce de caminos, hicimos un pacto silencioso. Nos miramos a los ojos y alzando nuestras pintas llenas de cerveza decidimos iniciar nuestro camino juntos. Era agradable volver a galopar en compañía.

Yogurta, de piel morena que delataba su origen haradrim, en las noches de guardia, a la luz de la hoguera,  me contaba cómo su pueblo y él habían sido oprimidos bajo el yugo de Gondor. Sus palabras delataban amargura, pero a la vez era capaz de conmover tu corazón queriendo luchar a su lado hasta la muerte. La tez de Droste Radshió era incluso más morena que la de Yogurta. Nació cerca del mar de Khand y, como buen variag, era amigo inseparable del haradrim. Droste era el único de ellos que poseía caballo. Me sorprendió que un guerrero como él le apasionase tanto el tema de las hierbas medicinales, cosa que más adelante agradecería. El enano Korko Trinchador, también diestro en el  arte de la guerra como Droste y yo, iba en pos de su hermano. Nunca me quedó claro si el motivo era la venganza o simplemente reencontrarse con él; aún así era una tarea encomiable. Ramplocin, por otro lado, era el hobbit más callado con el que me había encontrado jamás, aunque no me hubiese topado con muchos. Su baja estatura no tenía parangón con su habilidad en la batalla. Rápido como el viento y certero como una flecha. Nunca me sentí tan a salvo en el campo de batalla tras conocerle.

Al poco de iniciar de manera oficial nuestro viaje oímos en la lejanía, tras una pequeña loma, el ruido de espadas. Droste y yo iniciamos el galope adelantándonos así a grupo para ver qué es lo que ocurría. Al llegar a la cima del montículo vimos a un grupo de orcos atacando a tres aldeanos. No sé si fue por aprovechar la desventaja de ser de día o porque vivía bajo el lema de “Justicia y Honor ante todo. Sólo se hace daño si es indispensable“,  Droste alzó su alfanje, espoleó a su caballo y sin pensarlo dos veces embistió a los orcos acabando con alguno de ellos por el impacto. Suspiré y fui tras él, aún a sabiendas que esos campesinos tenían las horas contadas. Aprovechando la distracción, desmonté y cargué mi ballesta para liquidar a otros tantos antes de que notasen mi presencia y pasar a las armas. Juntos acabamos con la escoria orca antes de que el grueso del grupo pudiese llegar incluso a la cima de la loma. Las piernas de los enanos y hobbits no se hicieron para correr.

Mientras Droste auxiliaba al único superviviente, Korko rebuscó entre las escasas pertenencias de los cadáveres. No encontró gran cosa, excepto una estatuilla de piedra dentro de una mochila. El campesino al verla se puso nervioso así que supusimos que era algo importante. Una vez estabilizado, nos pudo contar que un aventurero que pasó por su pueblo se la dio como agradecimiento, pero que desde aquél día habían sufrido ataques de orcos día sí y día también. Los aldeanos comenzaron a temerla y a decir que estaba maldita. Ante el miedo decidieron llevársela muy lejos de allí, y un par de días después se toparon con el grupo de orcos que acabábamos de liquidar.

No había más tiempo para preguntas, así que con el aldeano en una camilla improvisada salimos del lugar antes de que apareciesen más orcos, ya que en unas horas atardecería. Era muy extraño ver orcos a la luz del día, así que la teoría de que estaba maldita comenzaba a rondar también en nuestras cabezas. No muy lejos había una posada de camino, decidimos llevar allí al aldeano moribundo por si alguien le conocía o podía hacerse cargo de él y así poder sacar más información de la estatuilla de piedra.

 

CONTINUARÁ…


Relato resultante de las jornadas de rol en Langa (30-06-2017 al 2-07-2017). 

Ambientación: Tierra Media.

Sistema: Rolemaster.

Imagen: encontrada en  Adrenalina RPG

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