Dos brazos tan gruesos como pilares de templo agarraron a Mark del pescuezo y lo arrastraron fuera de la celda. El ujibo observó en silencio como el iblisio se llevaba a su involuntario acompañante.

— ¡Adiós, amor mío! — logró articular el shadalense. — ¡Siempre te querré! ¡No me olvides! — Hassad frunció el ceño en señal de desaprobación.

— Llevadlo a la sala de preguntas. — pronunció con voz grave el terrible pirata. — Para ti, ujibo, tengo algo muy especial.

Aunque su predisposición socarrona no le protegió de tres sonoras collejas que recibió por parte del mostrenco que lo cargaba como si fuese una salchicha embutida. Fueron pocos pasos, que a Mark le parecieron días, pero la sala de tortura no estaba demasiado lejos.

En el tenue resplandor de las antorchas, la sala de torturas de Orejaquemada se revelaba en toda su grotesca gloria, con instrumentos de dolor meticulosamente dispuestos y manchas oscuras que hablaban de los horrores pasados. El aire estaba impregnado del aroma férreo de la sangre seca y el sutil hedor de la desesperación. Mark, aún entre las poderosas garras de su captor, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, no tanto por el miedo al dolor inminente, sino por la certeza de que cada segundo en este lugar podría ser el último.

El orondo guardia lo arrojó con desdén al centro de la sala, donde la luz bailaba de forma macabra sobre las paredes de piedra. Mark se levantó con dificultad, sacudiendo la cabeza para despejar la neblina del golpe. Sus ojos se adaptaron a la penumbra, permitiéndole evaluar su ominoso entorno. A su alrededor, diversos instrumentos de tortura yacen en un perturbador despliegue de creatividad sádica: tenazas oxidadas, cuchillas dentadas y extraños artilugios diseñados para infligir el máximo dolor con la mínima muerte.

Cadenas y grilletes colgaban del techo y de las paredes, y en el centro de la sala, un potro de tortura aguardaba con sus correas abiertas, como si tuviera hambre de su próximo desafortunado ocupante.

El iblisio, con una sonrisa torcida que revelaba su hilera de dientes afilados, se acercó a Mark, sus pasos resonando ominosamente en el suelo de piedra. 

— El capitán Orejaquemada tiene preguntas para ti, perro — gruñó, su voz un gruñido bajo que reverberaba contra las paredes húmedas.

Mark, con su característica irreverencia incluso frente al peligro, esbozó una sonrisa torcida. 

— No está mal la suite, pero espero que me traiga bombones. — replicó Mark,  tomándose la situación a broma.

El iblisio soltó una carcajada ronca, claramente no acostumbrado a que sus prisioneros mantuvieran tal descaro ante la inminente agonía. 

— Podrías ser humorista. — con un gesto brusco, señaló al potro de tortura. — Pero parece que tu carrera acaba aquí. 

Antes de que Mark pudiera ofrecer otra réplica, la puerta de la celda se abrió con un chirrido, y una figura imponente se perfiló contra la luz del pasillo. Era Orejaquemada: su sola presencia llenando la sala con un aire de autoridad y peligro inminente. Sus ojos, fríos y calculadores, se fijaron en el prisionero, analizando su desgarbado físico y su actitud estúpida. 

Maxley. — pronunció Orejaquemada, su voz grave resonando con una calma temible. — Parece que tienes algunas historias interesantes que compartir. Y te aseguro, vas a compartir cada una de ellas antes de que la noche termine.

— Me parece que te equivocas, grandullón. — espetó Mark sin pensar demasiado en lo que estaba diciendo. — De cuentacuentos tengo poco. Eso sí, de cuentamonedas… — las cuerdas no tardaron en ceder. Pero los grilletes iban a necesitar una leve dislocación.

— ¡Horlok! ¡Despelleja a este hijo de mil perras! — la vena del cuello del enorme pirata se hinchó. Parecía que a Orejaquemada no le gustaba que le respondiesen.

— Encantado, mi señor. — el iblisio sacó un cuchillo curvado y arrancó buena parte de los bombachos del miserable. Los ojos del canalla se abrieron de par en par. — ¿¡Quién te envió a robar las mercancías del señor Edmundo!? 

Antes de que pudiese cortar nada, Mark Maxley pegó un salto hacia adelante, habiéndose liberado de sus amarres no con dificultad: sus muñecas estaban enrojecidas y llenas de ronchas y cortes. La reacción rápida del prisionero pilló por sorpresa a Horlok, que vio cómo su navaja de tortura se le clavaba en el pecho. Orejaquemada montó en cólera y arrancó una de las sillas e intentó lanzarla al sinvergüenza que había apuñalado a su mejor torturador, pero Mark aprovechó para pasar por entre las piernas de Edmundo y salir corriendo hacia el fondo del pasillo.

Con los gruñidos de su captor de fondo, Mark corrió como un rayo hasta el orondo guardia de la alabarda, que no tuvo tiempo de reaccionar antes de ver cómo su rostro era aplastado por los grilletes que aún Maxley tenía en las muñecas. Sin darle tiempo a respirar, agarró las llaves de la celda de Hassad y la abrió. El ujibo no daba crédito de lo que estaba pasando.

— ¿Pero te has vuelto loco? ¡Estamos en el Refugio! ¡Esto es una isla amurallada, no tenemos escapatoria! — espetó Hassad perdiendo su habitual parsimonia.

— ¡No seas petardo y ayúdame! — con el pie derecho pegó un golpe a la alabarda y la agarró con la mano izquierda. — Venga, échame una mano, tío cenizo.

Orejaquemada y un par de guardias semihumanos se acercaban ominosamente. El jefe pirata había desenvainado su alfanje mágico, Rompemareas, y el aura mágica del océano rodeaba el filo.

— ¡OS VOY A MATAR! ¡VAIS A ESTAR COLGADOS EN LA PLAZA MAYOR HASTA QUE LAS GAVIOTAS DEVOREN VUESTRAS CABEZAS! — aullaba completamente fuera de sí.

Mark y Hassad no tardaron en dirigirse al lado contrario de las mazmorras, dónde se encontraban las escaleras de subida al Fortín del Cráneo, la base de operaciones de Edmundo en aquella isla. A medida que se acercaban a la salida, más esbirros del pirata surgían y se enfrentaban a ellos, pero aquella pareja de bribones demostró que sus capacidades para eludir el combate y neutralizar a sus oponentes de forma rápida eran mucho más efectivas que una pelea directa en la que probablemente acabasen atravesados por una lanza en mal estado.

Las luces del Refugio de los Piratas se encendieron cuando la guardia de Orejaquemada dio la alarma. Todos los habitantes de la isla se pusieron en guardia, pero incluso así, los dos caraduras lograron acercarse a la cala norte y apropiarse de un esquife. Sin embargo, antes de partir de vuelta hacia Esseria, Mark Maxley quiso asegurarse de que no les seguían:

— Escucha, Hassad. Me has caído guay, a pesar de que te he metido en este fregao no me has intentado apuñalar ni vender. — el ujibo torció el rostro. Como si Orejaquemada fuese a tener piedad con un prófugo. — Voy a ir a Puerto de Sal y a dejarme ver. Tengo una idea para escapar de aquí, escucha…

Mientras los secuaces del pirata ponían la isla patas arriba, Mark Maxley se presentó en los cadalsos de la Plaza Mayor de Puerto de Sal. Allí estaban colgados los cuerpos de los últimos idiotas que se la intentaron jugar a Orejaquemada, pero parecía que aquel pícaro no temía morir de forma horrible. 

— ¡Damas y majaderos de Puerto de Sal! — gritó Mark mientras era rodeado por los plebeyos y soldados del pueblo. — ¡Les hago saber que Gormundo Culoquemado me ha dado la libertad por ser tremendamente guapo! — en cuanto empezaron a subirse transeúntes al cadalso, Mark enseguida comenzó a retroceder. — ¡Espero que hayan pasado una buena noche y recuerden dar unas monedas a los artistas locales! — antes de que pudiese acabar la frase, ya tenía a unos cuantos portuesalenses cabreados echándose encima.

Pero Mark tenía una estrategia ya pensada: con un poco de harina, cerillas y mucho polvo, creó una explosión de humo que llenó la Plaza Mayor de una nube irrespirable. Aprovechando la confusión, se escaqueó de entre la multitud y corrió como un galgo hacia los muelles. Allí, noqueó a un estibador que estaba prácticamente en la inconsciencia y lo tiró hacia una barca, mientras una turba de ciudadanos muy enfadados entraba en el embarcadero. Un cambio rápido de ropa y una inmersión entre la oscuridad de la noche bastó para dejar atrás a sus perseguidores: «pobre tipo, primero se agarra una moña monumental y ahora se va a despertar entre tortazos de estos paletos…» pensó Mark, pero sabía que era él o aquel borracho.

Tras dos horas en las que Hassad estuvo planteándose dejar atrás a Maxley, y con el amanecer a punto de romper en el horizonte, el sinvergüenza apareció entre los acantilados del norte.

Yuseth ha favorecido tu gámbito, shadalense. — pronunció de forma solemne Hassad. — Unos momentos más y habrías encontrado la soledad. 

— Yo también te quiero, Hassad. — Mark pegó un salto en el esquife y colocó todos los amarres y cabos. Agarró uno de los remos y se lo pasó a Hassad. — Venga, me he traído una bolsa con pan, alguna verdura y un par de odres de agua. No es que sea lo mejor, pero para unos días tenemos.

— ¿A dónde pretendes huir con esta porquería de embarcación? — el ujibo frunció el ceño. 

— Pues a Shadaleen, ¿a dónde crees si no? Estamos a punto de entrar en el Crecio, así que no habrá tormentas, espero. — miró a los ojos a su compañero. — Con suerte llegaremos a Alyan Themar o a las Costas Crepusculares en unos cinco días. Menos mal que este madero tiene velas, que sí no…

— Eres alguien interesante, Mark Maxley. — Hassad hizo una pausa, echando un vistazo atrás, a la isla conocida como Refugio de los Piratas. — Sabes que Orejaquemada recordará esto, ¿verdad?

— No voy a volver a la mar, ujibo. — comenzó a remar cada vez más rápido. La isla iba desapareciendo en el horizonte. — Que se joda ese gordo. ¡Que se joda la piratería! ¡Que se joda el océano y que se joda todo lo que hay en él! — Hassad le devolvió una mirada de enfado. — Bueno, no todo. Tu colega que vive en el fondo puede no joderse. ¿Vale?Y con una sonrisa, aquellos dos canallas se perdieron en el horizonte del Mar de Oapol, rumbo a los territorios del norte de Esseria, en el Reino de Shadaleen.


Imagen: Generada por IA

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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