Paquete de dedos

Jamás he sido una persona valiente. Cuando aún era un niño, me encontraba de viaje con mis padres en una ciudad lejana y, mientras visitábamos un museo, ocurrió un terremoto. No pude perder el conocimiento pero, durante la duración del mismo, deseé quedarme inconsciente. Aún recuerdo la mirada preocupada de mi madre al ver mis pantalones manchados de orín. Joder, nunca he tenido los huevos para devolvérsela al abusón de clase.

¿Y si te dijese que estoy al tanto de lo que pasó con aquella banda de atracadores que actuaba por toda la región y que se cargaron a más de un segurata? Sin duda alguna, te preguntarás qué hace un tipo tan cobarde como yo con esa información entre manos; pero, si me lo permites, te lo dejaré bien claro.

Pero antes… ¿recuerdas aquella masacre que ocurrió en el club nocturno? Sí, dónde actuaba ese grupo que está tan de moda ahora entre las pibas y los afeminados. ¿Lo recuerdas? Sólo sobrevivió la cantante, que ahora va dando charlas sobre lo duro que ha sido para ella recomponerse y la importancia de la concienciación ciudadana. Bueno, pues quédate con su nombre.

Hace unos días intenté ponerme en contacto con un antiguo conocido, llamémosle Markus. Este tipo nos la jugó, nos hizo un feo bastante importante a la hora de cerrar un negocio y se quedó con todo el pastel; a pesar de que intentamos razonar, nos dejó de lado. Sus motivos ahora ya no importan. Céntrate en que me iba a reunir con este desgraciado en la planta de reciclaje que se encuentra a las afueras de la ciudad, más allá de ese centro comercial con el tejado de cristal tan feo.

Markus trabajaba allí empaquetando residuos y colocándolos en esos apestosos camiones que van hasta el vertedero situado en el centro de la provincia. Llegué a la planta sobre las seis de la tarde; el sol ya se estaba escondiendo entre las marismas y empezaba a refrescar. Uno de sus compañeros me invitó a entrar para mostrarme el proceso de transformación de la basura, actividad que no decliné porque, como ya sabes, no sé decir que no. Presté más atención a los pliegues arrugados de su piel que a cómo aquella gigantesca maquinaria aplastaba y empaquetaba basura para trasladarla mediante una cinta transportadora a un enorme almacén. Antes de que aquel infeliz pudiese acabar con la visita turística, un grupo formado por cinco encapuchados, armados todos con ametralladoras semiautomáticas irrumpieron en el local. Pude ponerme a salvo escondiéndome tras el cuerpo inerte de mi guía turístico; te puede sonar miserable, pero recuerda lo del terremoto.

Estuve a punto de mearme encima otra vez, pero debía tener la meada helada porque lo primero que hice fue ponerme a salvo. Esos hijos de puta no tardaron en encontrar a su objetivo: mi antiguo colega Markus. Cuando el miserable les dio lo que querían, le pegaron cuatro tiros en el cráneo y dejaron su cuerpo ahí tirado, renqueando. Yo salí de mi escondite en cuanto se marcharon. O no. Uno de ellos regresó a buscar algo y me di de bruces con él. Tienes que creerme si fue el segundo más largo de toda mi vida, pero tuve la suerte de reaccionar antes que él y le pegué un buen derechazo en la boca. El capullo cayó al suelo sin haberla visto, y le arrebaté la ametralladora. ¿Te lo puedes creer? No frunzas el ceño, en ese momento me creía el puto Bruce Willis en la Jungla de Cristal.

Sin siquiera pensarlo, apunté a su cara y le pegué varios tiros. ¿Has disparado alguna vez una de esas mierdas? El retroceso te puede provocar un esguince de muñeca como te descuides. En fin, que el ruido que armé por creerme un héroe de acción norteamericano atrajo al resto de sus amigos y no tuve otra opción que cargármelos. Si te soy sincero, lo que pasó en la planta de reciclaje después de hacerme con la metralleta es un recuerdo difuso. Mira, aquí tengo todavía las heridas de bala. Tuve una suerte cojonuda, pues sólo me rozaron, pero esos payasos no volverán a joder a nadie más.

Me quedé tan flipado después de habérmelos cargado que pillé de nuevo el coche y conduje hasta la plaza que está detrás del ayuntamiento; ya sabes, dónde montan los sábados el mercadillo. ¿La cantante superviviente del grupo de marras? Allí estaba dando su discurso y rememorando las canciones que interpretaba con sus compañeros muertos. Me encontraba ido, sin saber qué coño hacía ahí. Te veo inquieto, ¿eh? Lo que ha pasado no me lo creo ni yo. Ni qué consecuencias va a tener. Pero déjame terminar, por favor.

Esta chica, ataviada con su vestimenta pseudopunk, sus rastas verdes y sus enormes ojeras, no sé si del abuso de la farlopa y los antidepresivos o de la falta de sueño, preguntaba a su público “Yo sé lo que he sufrido. Sé lo que mis amigos, mis hermanos, sufrieron el día de su muerte. ¿Pero los criminales que segaron sus vidas? ¿Alguien sabe qué sentían? ¿Por qué lo hicieron?”

Creo que ya te imaginas lo que pasó. Si no hubiese pasado, no estaríamos aquí. No había demasiado público; total, a quién cojones le importa una perroflauta más dando el cante en la calle. Pero aunque no tenía nada que ver conmigo, lo que pasó en la planta de reciclaje con Markus me había unido, en mayor o menor medida, con aquella cantante. Todo dios se quedó en silencio cuando le contesté en voz alta, por encima del murmullo de los asistentes.

“Hace poco, una hora como mucho, lo único que sintieron fueron disparos.”

Entonces empezaron a llegar coches de policía. Joder, rodearon el lugar en menos de sesenta segundos. Aunque nadie les había dicho lo que había pasado, creo que mi expresión se lo hizo entender. La chica me echó una mirada mezcla de alivio, lástima y repugnancia. ¡Eso son demasiadas emociones en una sola mirada! Y ahora estoy aquí, contándote todo esto. Lo que quieres saber es qué pasó en la planta de reciclaje, ¿eh? Si de verdad este paquete ensangrentado, que contiene veinticinco dedos, cinco de cada mano derecha de esos hijos de puta, guarda la clave del caso que lleváis sin resolver.

No me importa dejar que los toques, pero he de advertirte una cosa: aún siguen moviéndose. ¿Aún te sigues creyendo que no soy una persona valiente?


Imagen: Chopped Off Finger por FinnFX

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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