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3 de marzo de 2005

Salt Lake City recibió el amanecer con esa blancura sucia de las ciudades que han aprendido a parecer inocentes desde lejos. La nieve se había convertido en una pasta gris junto a los bordillos, triturada por coches oficiales, zapatos caros y empleados que entraban al Edificio Hank con la misma expresión de quien ficha en una morgue elegante. Desde fuera, la sede de la Justicia Metálica parecía una mole empresarial más: cristal oscuro, acero, líneas limpias y suficiente dinero como para no tener que justificar nada. Desde dentro era otra cosa. Un túmulo con ascensores. Una colmena de departamentos. Un mausoleo donde la palabra progreso servía para tapar manchas que no salían con lejía.

Terrence McCoil llegó poco antes del amanecer. No llevaba escolta, ni maletín, ni esa clase de teatralidad que suelen usar los hombres mediocres cuando necesitan que los demás los confundan con alguien importante. Sólo una gabardina oscura con el bajo manchado de sal, barba de varios días y una carpeta rígida bajo el brazo. Tenía el aspecto de haber cruzado media Europa durmiendo mal, comiendo peor y desconfiando incluso del agua embotellada.

El guardia de recepción le pidió la identificación. Terry se la mostró sin una palabra. El hombre leyó el nombre, perdió algo de color y pulsó tres teclas con demasiada rapidez.

— Señor McCoil, bienvenido. Le están esperando en el treinta y ocho.

— Ya lo suponía, Clarence. Muchas gracias.

Clarence no se llamaba Clarence. Terry tampoco tenía intención de recordarlo. El ascensor subió sin música, y seguía pareciéndole una de las pocas decisiones civilizadas del edificio. Apoyó la nuca contra el metal frío y cerró los ojos un instante: Oslo seguía allí, detrás de los párpados. Nieve sobre tejas partidas, un reguero de sangre oscura en un canalón. Dominique haciendo demasiado ruido al morir y Patrick tardando demasiado en dejar de moverse, como si incluso su cuerpo hubiese querido presentar una reclamación formal contra el destino.

El ascensor se abrió con un chasquido suave. El pasillo del piso treinta y ocho estaba vacío. La moqueta se tragaba las pisadas, las luces del techo no parpadeaban nunca. Podían construir una instalación donde no fallase una bombilla, pero no habían sabido cerrar un proyecto hecho con niños muertos a medias.

Henry Beret esperaba junto a los ventanales del despacho principal. No llevaba chaqueta, la camisa blanca tenía las mangas recogidas hasta los antebrazos y el pelo, siempre demasiado ordenado, empezaba a rendirse por los lados. Sobre la mesa había informes abiertos, fotografías térmicas, listados de cápsulas y un cenicero lleno aunque Henry no estuviera fumando. Ese detalle le gustó a Terry: un cenicero lleno en el despacho de un hombre que no fumaba era casi una confesión.

— Llegas tarde —dijo Henry, sin girarse.

Terry dejó la carpeta sobre la mesa.

— Vengo de Noruega.

— No he dicho que no tengas excusa. He dicho que llegas tarde.

Terry se quitó los guantes con calma, dedo a dedo, como si aquello fuese lo único que merecía su atención.

— Hay cadáveres que pesan más en aduanas.

Henry se giró entonces. Tenía los ojos cansados, pero no blandos. Henry Beret podía parecer agotado del mismo modo que una máquina puede parecer vieja sin volverse menos peligrosa por ello.

— ¿Lo has traído?

— ¿Qué crees? Claro que sí, pero no entero.

Henry bajó la mirada hacia la carpeta.

— Qué descuido.

— Omega tampoco estaba de humor para colaborar.

La frase quedó suspendida entre ambos. Terry notó que Henry quería sonreír, pero no lo hizo. Era prudente o simplemente no tenía sentido del humor fuera de los castigos.

— El sujeto Omega está muerto —dijo Terry—. Omicrón también. Sus restos aguardan desmontaje en el sótano. Imagino que alguien habrá preparado una etiqueta limpia, una bolsa nueva y una etiqueta estupenda para el acta.

— Quiero el informe completo, éste no lleva fecha.

— Lo tienes en la carpeta. ¿Me ves capaz de entregar un acta que no lleva fecha?

— Quiero escucharlo de ti.

— Entonces no quieres el informe. Quieres teatro y llevarme la contraria.

Henry caminó hasta la mesa y apoyó los dedos sobre la carpeta sin abrirla.

— Quiero visualizar cómo le arrancaste el llanto. Cómo desgarraste su voluntad hasta volverlo un muñeco sin alma. Me ayuda a valorar si el trabajo está bien hecho.

Terry soltó aire por la nariz. No era una risa. Era algo más pequeño y más desagradable.

— Siempre tan pedagógico, Henry.

— Siempre tan evasivo, McCoil.

— Patrick siguió la ruta prevista después de Marsella. Cambió de transporte dos veces, usó documentación falsa y evitó casi todos los puntos de apoyo que podíamos tener contaminados. No fue estúpido, eso se lo concedo. En algún momento comprendió que rastreábamos las cápsulas, así que dejó de comportarse como un fugitivo y empezó a comportarse como un padre.

Henry frunció el ceño.

— No estropees el informe con poesía.

— No es poesía. Es el problema.

— ¿Padre de qué?

— De ellos.

Terry señaló con la barbilla los listados de designaciones griegas.

— Patrick los trataba como si fueran sus hijos.

Henry abrió la carpeta, sin pararse a leer lo que había en su interior. Miró la primera fotografía, como si comprobar que la muerte tenía forma rectangular y brillo satinado fuese suficiente. En la imagen se veía un tejado cubierto de nieve y una mancha negra junto a una chimenea.

— Los sujetos no tienen hijos, McCoil. Tienen obligaciones. Y utilidades.

— Eso mismo pensaba Patrick antes de recuperar la memoria.

Henry pasó a la segunda fotografía. Una iglesia abandonada, con las paredes rotas y los bancos apelotonados en una pared. Un refugio improvisado en el peor sitio posible.

— Oslo —dijo Terry—. A las afueras, en la vieja Iglesia de San Pedro de los Lamenos. Esperaba un contacto del Peñasco Blanco que no iba a llegar. Tenía a Omicrón con él. Epsilon y Tau estuvieron allí hasta poco antes del asalto, o eso indican los rastros. No hubo confirmación visual.

Henry levantó la mirada.

— ¿Epsilon y Tau están neutralizados?

— No.

— Qué palabra más fea para continuar tu informe.

— También es breve. Pensé que lo agradecerías.

Henry cerró la carpeta con suavidad. Eso era peor que un golpe.

— Vienes aquí a venderme una operación finalizada cuando hay tres activos sin localizar.

— Xi puede esconderse debajo de una pila de cadáveres en Europa del Este si eso le divierte. Epsilon puede disparar a un hombre desde un campanario sin pestañear. Tau puede meditar durante semanas sin moverse del sitio. Ninguno de ellos es Omega.

— Qué afirmación más sentimental.

— Qué respuesta más cobarde.

Henry alzó la cabeza despacio.

— Ten cuidado.

— Lo estoy teniendo, por eso no he dicho incompetente.

El silencio se tensó hasta volverse físico. Durante unos segundos, el despacho dejó de ser una oficina y se convirtió en un callejón muy caro. Terry sostuvo la mirada de Henry, y éste la suya. Ninguno dio el paso. Henry fue el primero en moverse, caminando hacia uno de los monitores. En la pantalla apareció un listado de designaciones. Algunas en verde, otras en rojo. Tres en ámbar: Xi, Epsilon, Tau.

— El Proyecto Ícaro no puede quedar a medias.

— No queda a medias. Queda clausurado.

— No es lo mismo.

— Los laboratorios están purgados o desmantelados. Los sujetos recuperados están en criogenia. Los cuidadores han recibido nuevas asignaciones o han sido retirados. «Mi» fue desactivado sin resistencia. Los informes internos ya hablan de finalización de actividad. Eso es una clausura.

— Eso es administración. Es control de daños.

— Es curioso. Cuando la administración os permite construir atrocidades, la llamáis estructura. Cuando os impide seguir jugando con ellas, la llamáis papeleo.

Henry sonrió por fin. No había alegría en aquello. Sólo dientes.

— Quiero esos tres trastos desconectados y en una camilla de acero.

Terry ladeó la cabeza.

— Trastos.

— Sí.

— Patrick habría disfrutado escuchándote.

— Patrick está en una bolsa.

— Precisamente por eso puede permitirse mejores opiniones que tú.

Henry golpeó la mesa con la palma abierta. No fue fuerte, fue lo justo para que temblasen los monitores y para que el cenicero lleno dejase escapar una hebra de ceniza muerta.

— No me enumeres por qué cada error es aceptable.

Terry miró el cenicero.

— ¿De quién son?

— ¿Qué?

— Los cigarrillos.

Henry no respondió. Terry se acercó un poco, lo justo para mirar mejor.

— Tú no fumas.

— Hay gente que sí.

— Ya. La gente que sale de este despacho necesitando algo que hacer con las manos. Muy humano. Casi terapéutico.

— ¿Has terminado?

— No. Pero me gusta saber en qué clase de sala estoy. Hay despachos que huelen a café. Otros a sexo. Éste no sé a qué huele, Henry.¿A tabaco barato? ¿A mierda que luego tenga que limpiar?

Henry lo observó con una calma solemne y desagradable.

— Omega era tu responsabilidad.

— Omega fue responsabilidad de mucha gente. Yo sólo tuve la cortesía de llegar al final.

— Tus actos en Cantabria ayudaron a radicalizarlo.

— Mis actos en Cantabria hicieron visible lo que vosotros preferíais llamar estabilidad. Patrick no se radicalizó porque yo existiera. Se radicalizó porque alguien le devolvió suficientes recuerdos como para entender que había sido un niño antes de ser una herramienta.

— Qué compasivo.

— No. Práctico. La compasión es para quienes aún pueden salvar algo.

Henry volvió al monitor para cambiar el archivo. Apareció una fotografía en blanco y negro de un pasillo subterráneo: tuberías rotas, humo, la esquina inferior de una camilla y una mancha demasiado amplia para ser sólo aceite.

— Banská Štiavnica —dijo Henry—. Uno de los últimos módulos activos. Aislado y discreto. Perfecto para cerrar el proyecto sin ruido.

— Perfecto hasta que alguien decidió tocarlo con las manos llenas de orgullo.

— La doctora Kunter está muerta.

— La doctora Kunter intentó borrar parte de la trazabilidad de Iota antes de que llegasen los equipos. No para protegernos a nosotros. Para protegerlo a él. Eso ya no era supervisión médica. Era una nana con bata de laboratorio.

— Era una médica. De las mejores.

— Era una cómplice con remordimientos. Hay diferencia. Pequeña, pero útil para los obituarios.

La mandíbula de Henry se tensó.

— Enviamos a Lucian Kraft para asegurar la instalación. Lo recomendaste tú.

— Recomiendo muchas cosas. Por ejemplo, no meter la mano en una trituradora encendida. Sin embargo, aquí estamos.

— Kraft murió cumpliendo órdenes.

— Casi todo el mundo en este clan muere cumpliendo órdenes. Es la excusa más limpia que tenéis para no mirar quién las da.

Henry cambió de archivo sin responder. Terry reconoció el sello de Investigación y Desarrollo antes de leer nada. No había fotografías, sólo constantes vitales, gráficas, notas quirúrgicas y el nombre de Sophie Kult repetido demasiadas veces. Ahí estaba. La pequeña necromancia corporativa de siempre.

— No lamentes la pérdida de Kraft —dijo Henry—. Se le ha dado una nueva oportunidad.

Terry soltó una risa sin humor.

— ¿Tú estás dando nuevas oportunidades? Debe de haber sido un trimestre durísimo para Recursos Humanos.

— La doctora Kult lo recuperó y lo puso de nuevo en activo. Quería probar una nueva forma de revivificación. Ha funcionado.

— Sophie recupera cosas que deberían quedarse muertas. Es prácticamente su forma de saludar.

— Cuidado con cómo hablas de ella.

— Hablo mejor de Sophie que ella de sus pacientes. Al menos yo los llamo por su nombre antes de convertirlos en mobiliario táctico.

Henry cerró el archivo. Terry se apartó de la mesa y caminó hacia la ventana. Salt Lake City empezaba a aclararse al otro lado del cristal, pálida y limpia, como si la nieve tuviera alguna clase de autoridad moral.

— Ese es el problema de este clan —dijo Terry—. Nadie entierra nada. Lo bajáis al sótano, le ponéis un número, le conectáis tres cables y esperáis a que alguien con bata diga que todavía sirve.

— Qué bonito.

— No. Bonito habría sido matar el Proyecto Ícaro cuando empezó demostrarse que no servía para su función inicial. Esto es sólo tarde.

Henry permaneció inmóvil.

— Esta operación tuve que cerrarla yo porque tú no estabas.

Terry se giró.

— No. Tú no cerraste nada. Tú llegaste cuando ya había humo, señalaste los restos y le dijiste a alguien que hiciera una lista.

— Estás meando fuera del tiesto, McCoil.

— Tú has pedido oír el informe de mi viva voz. Si querías música de ascensor, podríais haberla instalado. Me han dicho que hacen descuento a edificios de más de 50 plantas.

Henry dio un paso hacia él.

— Patrick tenía que haber sido recogido en cuanto recuperó la memoria. Ni vigilado, ni redirigido, ni utilizado. Recogido.

— Eso puedes decírselo a Towers cuando vuelva a darte la espalda.

— Se lo diré cuando vuelva a tenerlo delante.

— No creo que le impresione. Johnny siempre ha tenido un talento especial para parecer culpable sin sentirse responsable.

— A diferencia de ti, que pareces responsable sin haber sido útil.

Terry sonrió despacio.

— Eso ha estado bien.

— No era una broma.

— Por eso ha estado bien.

Durante un instante, Henry pareció cansado de verdad. No vulnerable, sólo cansado. Como un instructor que lleva demasiados años enseñando obediencia a cachorros que luego se convierten en cadáveres, traidores o informes problemáticos.

— Omega no debía convertirse en símbolo.

— Pues no habérselo permitido. Haberme hecho caso.

— Puede inspirar a los supervivientes, a esos tres ruidos que, según tú, ya no importan.

— Que se inspiren. Eso les colocará en tu mapa, y podrás recuperarlos.

El corpulento Galliard ignoró la provocación de Terry. Volvió a abrir la carpeta y pasó varias hojas hasta encontrar una fotografía concreta. La empujó sobre la mesa. Patrick, o lo que quedaba de él, aparecía parcialmente cubierto por una lona térmica. El rostro no se veía completo. Mejor así.

— ¿Qué dijo al final?

Terry no contestó de inmediato.

— Nada útil.

— No te he preguntado si fue útil.

— Qué novedad.

— ¿Qué dijo?

Terry miró la fotografía. Durante un segundo, Oslo volvió a estar allí. El frío, la iglesia y la respiración irregular de Dominique. Patrick intentando alzar una mano que ya no obedecía bien. Sus ojos no habían tenido miedo. Eso había molestado a Terry más de lo que pensaba admitir.

— Me mandó a tomar por culo.

Henry permaneció callado.

— Luego espetó una colección de insultos en castellano, a cada cual más vulgar y desagradable. Incluso muriendo, seguía siendo un impresentable.

— ¿Y qué le dijiste?

— Le escuché. Me puse a su lado. Dejé que se desahogase.

— Qué imprudente.

— Para nada. Ya lo tenía, el sufrimiento de alguien peligroso es un placer para los oídos.

Henry estudió su cara.

— Te afectó.

— Me ensució el abrigo.

— Te afectó.

Terry cogió la fotografía y la dejó boca abajo.

— Patrick murió sabiendo que alguien le había traicionado. No creyendo que había ganado, y sin soñar con una rebelión futura. Sabiendo que alguien había vendido la puerta, la hora y el nombre correcto.

Henry entendió. Claro que entendió.

— Towers.

Terry no dijo nada. Henry respiró hondo, muy despacio. El tipo de respiración que usan los hombres violentos cuando deciden no romper algo porque todavía puede servirles.

— Eso no me consuela.

— No era para consolarte. Era información.

El monitor seguía mostrando el listado de Ícaros. Xi, Epsilon y Tau continuaban en ámbar. Tres pequeñas brasas en una pantalla demasiado limpia. Henry se sentó por primera vez desde que Terry había entrado. El gesto no lo hizo parecer más humano. Sólo más peligroso.

— Encuéntralos.

— No.

Henry levantó la mirada.

— Repite eso.

— No lo voy a hacer.

— ¿Te niegas?

— Me niego a convertir una clausura en una cacería de prestigio para que puedas firmar el acta con la polla más dura.

Henry no se movió. Terry tampoco.

— Xi no es una rebelión. Epsilon no es una ideología. Tau no es un ejército. Son restos, ruido. Tres criaturas huyendo de una casa en llamas. Tres seres que necesitan alimentarse de algo muy concreto. Tres seres que terminarán descubriéndose a sí mismos.

— Cada uno de esos restos puede matar a varios de mis chicos antes siquiera de que les rocen la cara.

— Entonces entrena mejor a tus chicos.

— Epsilon no ha fallado una asignación.

— Gracias a Epsilon recuperamos los restos de los que perdiste en Los Ángeles.

— No uses mis muertos para defender tus errores.

— No uses tus errores para fabricar más muertos.

El despacho volvió a quedarse quieto. Fuera, el sol empezaba a tocar los cristales del Edificio Hank. Dentro, la luz no calentaba nada.

Henry cerró la carpeta.

— El Proyecto Ícaro queda abierto hasta nueva orden.

Terry lo miró como se mira a un animal enfermo que acaba de morder a su cuidador.

— No. El Proyecto Ícaro queda clausurado. Lo que queda abierto es tu incapacidad para asumirlo.

— Sal de mi despacho.

— Con mucho gusto.

Terry recogió sus guantes. No tocó la carpeta.

— Te dejas el informe —dijo Henry.

— No. Te dejo el cadáver administrativo. El informe ya te lo he dado.

Llegó hasta la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró una vez más el cenicero lleno.

— Deberías empezar a fumar, Henry.

— ¿Por qué?

— Así al menos habría una razón honesta para que este despacho huela a quemado.

Henry no respondió. Terry salió al pasillo sin esperar permiso. La moqueta volvió a tragarse sus pasos. El ascensor seguía sin música cuando bajó. Esa parte, al menos, permanecía intacta. En el sótano, Patrick Kabarga esperaba en una bolsa. En alguna parte, Epsilon, Tau y Xi seguían respirando o fingiendo que respirar era suficiente. Y en el piso treinta y ocho, Henry Beret acababa de decidir que una herida no estaba cerrada mientras aún pudiera sacársele utilidad.

Terry cerró los ojos: Oslo seguía allí, pero Salt Lake City olía peor.


Imagen: generada por una IAg

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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