No recuerdo en qué momento empecé a buscar excusas para llegar temprano. Supongo que ya estaba hecho polvo desde antes, porque nadie en su sano juicio madruga voluntariamente para meterse en una fábrica donde todo huele a óxido, grasa rancia y años muertos. Pero ahí estaba yo, caminando entre naves que resonaban como un vientre metálico a punto de parir algo monstruoso, con la sensación de que debía encontrar respuestas antes de que la sirena de entrada me devolviese a la rutina.
Esa mañana —si es que fue una mañana, porque el cielo tenía ese color enfermizo que no sabe si quiere amanecer o pudrirse— llegué a mi taquilla y la encontré abierta. Otra vez. Y ya sabes lo que jode eso cuando la cierras siempre, siempre, aunque estés borracho, enfadado o aunque el encargado te esté gritando desde el otro lado del vestuario. Cerrada. Yo no soy de los que dejan puertas abiertas, ni físicas ni mentales.
Dentro, mis cosas estaban revueltas. La camiseta térmica —esa que uso solo en invierno— tenía manchas pardas que olían a hierro viejo. Y mis manos, mis jodidas manos, olían igual. No a sangre, no exactamente. Más a ese aliento metálico que despide una tubería que lleva demasiado tiempo cerrada, un hedor antiguo, casi mineral.
Lo primero que pensé fue que algún gracioso del turno de noche me había gastado una broma. Aquí se hace mucho. En una fábrica así, la gente desarrolla sentidos del humor torcidos para no pegarse un tiro. Pero las bromas tienen límites, y nadie te abre la taquilla tres días seguidos para restregarte por el cuerpo algo que parece salido de una mina de cobre abandonada.
Por eso, cuando entré en planta y vi la tabla de turnos, me quedé clavado. No sé si fue la falta de sueño o la alienación crónica, pero algo no cuadraba.
- Turno de mañana: 06:00–14:00
- Turno de tarde: 14:00–22:00
- Turno de noche: 22:00–06:00
Y debajo, con letra más pequeña, como si alguien lo hubiese añadido a última hora:
- Turno 0: —
Hice un gesto hacia el encargado, señalando esa línea fantasma.
—¿Esto qué cojones es? —le pregunté.
El encargado no levantó la vista del móvil. Ni siquiera pareció sorprendido.
—Dani, no empieces otra vez.
—¿Otra vez qué?
Suspiró, como si la conversación le diera más pereza que miedo. Pero tenía miedo. Lo vi en la forma en que evitó mirar la tabla.
—Fíchate y baja cuando te toque.
Me reí. No por gracia, sino por puro pánico.
—Yo trabajo de mañana, desde hace siete años.
El encargado guardó el móvil despacio. Muy despacio.
—Eso es lo que dices siempre.
Quise apretarle las tuercas, pero me quedé congelado. El resto de la gente me miraba como si hubiese dicho una barbaridad, como si estuviera preguntando por algo evidente. Tres compañeros de toda la vida asintieron con gesto ausente, casi ritual, como si mi pregunta les incomodase profundamente.
—No le sigas el rollo —dijo uno de ellos, sin mirarme directamente.
—Luego se queda peor —añadió otro.
—Tú bajas antes que todos —sentenció el tercero—. Y vuelves después.
Y ahí sentí un escalofrío que no me bajó por la espalda, sino por el interior del cráneo. Ese tipo de frío que te obliga a cuestionar tus propios huesos.
No dije nada más. No porque me convenciesen, sino porque sentí que insistir podía desencadenar algo peor: una reacción que ellos no querían mostrarme. Y cuando ves miedo en los ojos de un veterano de fábrica —un tío que ha visto dedos rebanados, incendios, máquinas tragarse brazos—, sabes que no es un miedo normal.
El día entero estuvo teñido de un deje irreal. Trabajé en mi puesto, pero la maquinaria parecía un engranaje de otra época, como si estuviera construido para fabricar cosas no destinadas a este mundo. Golpes sordos, vibraciones que resonaban de manera irregular, como latidos mal acompasados. A ratos pensé que el suelo respiraba.
A la hora del desayuno, fui directo a hablar con Nuria, la de prevención. Es la única ahí dentro que aún tiene una pizca de humanidad. Le conté lo de mi taquilla, lo del olor, lo del turno 0.
El silencio que hizo fue peor que cualquier respuesta.
—No me hagas esto hoy, Dani —dijo al fin, con voz suave.
—¿Hacerte qué?
Nuria bajó la mirada hacia su café. Tenía los dedos tensos alrededor del vaso de plástico.
—Has dormido poco, ¿verdad?
—Sí, claro, pero…
—La última vez también dijiste eso.
Me incliné hacia ella.
—¿La última vez?
Se mordió el labio. Durante un segundo pareció a punto de decirme algo útil, algo humano. Luego miró hacia la puerta del comedor, como si temiera que alguien estuviese escuchando.
—Yo no puedo firmarte otro parte, Dani.
—¿Otro parte de qué?
Nuria tragó saliva.
—De lo que pasa cuando intentas no bajar.
Noté cómo el aire se espesaba. Como si todos compartieran un guión que no recordaban haber aprendido. No tuve otra elección: me marché sin decir nada. Sentía mi respiración clavada en las sienes. A partir de ahí, el tiempo se volvió una pasta densa.
Las siguientes mañanas —o noches, ya ni lo sé— mi taquilla seguía apareciendo abierta. La ropa, más manchada que antes. Mis manos, más impregnadas. A veces tenía pequeñas cortaduras, astillas metálicas incrustadas, como si hubiera manipulado piezas que no existen en mi área.
Empecé a tener destellos de memoria: visiones sueltas, fragmentos de gestos que no recordaba haber hecho. Luces verdes y amarillas parpadeando en secuencias absurdas. Cintas transportadoras lentísimas moviendo algo envuelto en telas oscuras. Escaleras que descendían demasiado profundo para caber bajo la fábrica.
Y el sonido. Un ritmo grave, irregular, como si una máquina enorme respirase, o roncara, o gimiera muy, muy lejos. Cada vez que esos flashes aparecían, me dolía la mandíbula, como si hubiese estado apretando los dientes durante horas. O diciendo cosas en sueños.
Mis compañeros evitaban mirarme. No por desprecio, sino por superstición. Como cuando alguien vuelve del hospital y nadie quiere preguntarle “¿qué tal?”, por si la respuesta arrastra algo maligno. Empecé a revisar archivos antiguos. Fichajes, nóminas, correos. Y sí, aparecía mi nombre ahí, asignado a «turno 0». Siempre. Desde el primer día. Con horarios indefinidos, con un símbolo en vez de hora. Un guión, un vacío.
Los registros estaban firmados digitalmente años antes incluso de que yo hubiese pedido el trabajo. ¿Había sido un error del sistema? ¿Un sabotaje? ¿Una manipulación? O algo peor: ¿había vivido yo otra vida que había olvidado por completo?
La gota cayó una madrugada —sí, madrugada, porque no había sol y no sé qué coño hacía yo en la fábrica a esas horas— cuando decidí quedarme después del turno. Todos se habían ido. Silencio de ataúd. Me coloqué detrás del control de acceso, mirando las cámaras de los pasillos. Todos vacíos. Y aun así, veía movimiento por el rabillo del ojo. Como si el edificio respirase más profundo cuando estaba solo.
La pantalla cuatro parpadeó. Zona: subnivel 3, un lugar que oficialmente no existía. Allí no había nada, solo cimentación. Pero la cámara mostraba una sala enorme, húmeda, iluminada por lámparas colgantes de luz amarillenta. Y allí estaba: yo. Con mono gris, manchado hasta los codos. Caminaba entre sombras, empujando un carro con algo enorme encima, tapado con una lona aceitosa. Mi paso era lento, mecánico. Y no parecía cansado. Parecía vacío.
Sentí náuseas. Me acerqué más al monitor, como si acercar la cara fuese a cambiar su contenido. En la grabación, mi otro yo se detuvo. Giró lentamente la cabeza hacia la cámara, hacia mí, con un gesto lleno de una familiaridad insoportable. No sonreía ni parecía sorprendido. Tenía la calma de quien lleva años esperándome. Y levantó una mano en señal de saludo, o advertencia, o quién sabe qué demonios.
Apagué el monitor de golpe. O eso recuerdo. Tal vez él lo apagó desde dentro. De repente estaba en el vestuario, jadeando. Con la sensación viscosa del tiempo derritiéndose. Mi taquilla, por supuesto, estaba abierta, pero esta vez, dentro no había ropa. Había un mono gris, idéntico al del vídeo, doblado con precisión antinatural. Y debajo, una tarjeta de acceso que nunca antes había visto. Tenía inscritos mi nombre y una única palabra: SUBNIVEL.
Las letras estaban grabadas, no impresas. Intenté tirarlo todo a la basura, pero mis manos temblaban demasiado. Me encontré guardándolo sin saber por qué. Mi cuerpo actuaba antes que mi mente. Como si ya supiese el camino.
Hoy he vuelto a despertar con ese hedor a metal seco clavado en la piel. Mis dedos tienen restos de algo verdoso, no sé si óxido o una especie de babaza industrial. No recuerdo haber salido de casa. No recuerdo haber llegado a la fábrica. Estoy sentado en el banco del vestuario mientras escribo esto en un papel arrancado de un parte de trabajo.
Fuera, alguien ha activado las luces del pasillo. O algo. Mis compañeros ya no me hablan. Creo que ni me ven. Caminan a mi lado como si no existiera, o como si existiera solo en la periferia de sus ojos, donde las cosas se vuelven informes. La sirena va a sonar en cualquier momento.
No sé qué soy, no sé en qué turno estoy ahora. Quizá nunca trabajé aquí. Quizá siempre he trabajado aquí. La tarjeta del subnivel pesa en mi bolsillo como un corazón ajeno. Cuando la sostengo, siento que late, muy despacio, marcando un ritmo que no pertenece a ningún ser humano.
El turno 0 no aparece en los horarios porque no tiene hora de inicio. Se entra antes del primer recuerdo, y se sale después del último. Y ahora creo que están fabricando algo conmigo. O mejor dicho: creo que lo llevan haciendo desde hace años.
Si alguna vez encuentras mi taquilla abierta, no entres. Puede que no te guste la versión de ti que trabaja antes del amanecer.
Imagen: elaborada con una IAg