Las ciudades que se saben eternas suelen tener una forma particularmente hermosa de equivocarse. Levantan puertas para recibir al mundo, canales para domesticar el agua, templos para persuadir a los dioses y patios blancos donde los niños aprenden a caminar sin comprender que el suelo también recuerda. Salmyra hacía todo eso con una elegancia tan limpia, tan absurda, que incluso el sol parecía caer sobre ella con cuidado, como si temiera romper sus anillos de piedra clara o ensuciar más de la cuenta sus calles de nácar.
Desde lejos, la ciudad parecía una concha abierta sobre la orilla meridional del mundo conocido. No una concha abandonada, sino viva: húmeda en sus bordes, luminosa en el centro, recorrida por venas de agua salobre que entraban y salían de sus distritos con la precisión de una respiración. Las terrazas de cultivo descendían hasta los canales en escalones de barro oscuro y piedra blanca. Allí crecían cebadas pequeñas, legumbres resistentes, hierbas amargas para los ungüentos y flores azules que los sacerdotes molían para teñir las máscaras funerarias. Los hombres y mujeres de Salmyra trabajaban la tierra con las piernas hundidas en el limo, las manos cubiertas de sal y la boca llena de canciones simples, porque toda labor importante tenía su compás.
La sal se acumulaba en patios rectangulares, en estanques poco profundos donde el agua se retiraba con paciencia bajo la caricia feroz del sol. Los niños corrían entre los montículos recién raspados hasta que los capataces les gritaban porque nadie quería desperdiciar una cosecha blanca. Las ancianas pasaban los dedos por los cristales y sabían decir de qué canal venía cada lote. Algunas aseguraban que la sal de las acequias del norte curaba mejor los dolores de parto; otras, que la del anillo interior conservaba durante más tiempo la carne de pescado; otras, las más insoportables, afirmaban que toda sal sabía igual y que lo importante era el precio; éstas últimas solían ser mercaderes.
Los Karrai caminaban entre todos ellos sin esconderse. No eran dioses, aunque muchos humanos preferían tratarlos como si lo fueran para ahorrarse matices. No eran monstruos, aunque a veces la luz oblicua del atardecer hacía brillar bajo su piel membranas sutiles, escamas pequeñas o cicatrices demasiado simétricas. Algunos conservaban siempre ojos de pez profundo, negros y redondos como pozos. Otros parecían hombres y mujeres corrientes hasta que entraban en el agua y algo en sus hombros, en su cuello, en sus dedos, recordaba a la ciudad que no todos los cuerpos habían sido hechos para obedecer una sola forma.
Lidarion era uno de ellos. Tenía rostro humano cuando se sentaba en el Consejo, porque la cortesía exigía una cierta estabilidad de apariencia. Alto, estrecho de hombros, con la piel pálida bajo una sombra verdosa que no terminaba de pertenecer a ninguna enfermedad, llevaba el cabello recogido con una tira de lino crudo. Sus ojos eran claros, casi transparentes, y cuando permanecía demasiado tiempo sin parpadear los escribas apartaban la mirada. Quizá un poco por miedo, pero también porque resultaba incómodo ser observado por alguien que parecía escuchar el agua detrás de tus pensamientos.
Aquella mañana, Lidarion había atravesado el Barrio del Nácar antes de acudir al consejo. Le gustaba hacerlo cuando la marea interior estaba baja y las barcas quedaban inclinadas junto a los embarcaderos, mostrando el vientre cubierto de algas. Las mujeres abrían ostras con cuchillos de hueso, los aprendices pulían placas nacaradas para incrustarlas en los dinteles de las casas nobles, y los cantores jóvenes practicaban en los puentes para que su voz rebotase contra la lámina de agua. Todo en Salmyra tenía uso. Todo en Salmyra tenía reflejo.
En el Mercado de las Mareas, un grupo de pescadores discutía el precio de unas criaturas largas, de piel plateada, atrapadas en las compuertas orientales. Un Córax se había posado sobre un poste de amarre y observaba la pelea con expresión deliciosamente miserable. Cerca de él, una Bastet de paso bebía leche agria en un cuenco de cerámica mientras fingía no escuchar nada. Nadie la molestaba. En Salmyra se toleraba a los viajeros si aceptaban las leyes del agua cerrada. Abraxas, Córax, Mokolé, Bastet… todos podían cruzar la ciudad, comerciar, rezar, mentir y marcharse.
Pero los Rokea no. Lidarion no necesitaba verlos para saber que estaban cerca. Había escuchado demasiados testimonios en los últimos ciclos: sombras triangulares siguiendo a los recolectores de púrpura; cuerpos de delfines abiertos con una precisión insultante; marcas de dientes en boyas de piedra; un niño jurando que, al otro lado de las compuertas del poniente, un hombre desnudo le había sonreído desde el agua antes de hundirse sin hacer ruido. Los humanos llamaban a esas cosas malos presagios. Los Karrai tenían un vocabulario menos cómodo.
El Consejo de Salmyra se reunía en una cámara circular situada bajo el Anillo de los Cánticos. No estaba oculta, pero había que descender por una rampa húmeda donde las paredes exudaban agua dulce a pesar de encontrarse rodeadas de sal. Los fundadores habían diseñado aquel lugar para que ninguna decisión importante pudiera tomarse sin escuchar el goteo constante de la ciudad. Era una forma sencilla de recordar a los gobernantes que los discursos son aire hasta que el agua los contradice.
Allí aguardaban los demás. Maresha, sacerdotisa de los patios blancos, llevaba las manos teñidas de yeso ritual y una expresión de cansancio antiguo. Vardun, elegido por los guerreros de canal, tenía una cicatriz que le partía el labio superior y el mal gusto de tocar siempre la empuñadura de su cuchillo cuando alguien decía algo inteligente. Ilunet representaba a los agricultores de las terrazas interiores; era una mujer baja, seca, con ojos de cabra enfadada y una memoria brutal para los tributos. Tharsio, poeta mayor del anillo, sonreía incluso en los funerales, porque decía que la solemnidad excesiva era una falta de imaginación. A su lado, Ubar de las Compuertas revisaba tablillas de arcilla con el ceño hundido y las uñas llenas de limo. Algunos nombres sólo sobreviven porque estuvieron cerca de una desgracia.
— Habla —dijo Maresha.
Lidarion permaneció de pie en el centro de la sala. Bajo sus sandalias, una estrella de piedra marcaba las direcciones del valle: la garganta cerrada del occidente, las salinas del sur, los humedales del norte, el mar menor del levante.
— Han vuelto a verlos.
Vardun soltó un bufido, satisfecho de que el mundo insistiera en darle motivos para usar cuchillos.
— Los hombres tiburón no cruzarán nuestros canales. No mientras yo siga respirando.
— Respirar no es una estrategia —respondió Ilunet.
Tharsio rio por lo bajo, pero nadie le acompañó. Lidarion alzó una mano, no para imponer silencio, sino para pedir paciencia. Era distinto. En Salmyra todavía se apreciaban esas diferencias.
— No están probando nuestras defensas. Están midiendo nuestras costumbres. Saben cuándo salen los recolectores, qué compuertas abrimos con la luna baja, qué muelles quedan sin seguridad durante el relevo de los aprendices. Buscan encontrar cómo devorarnos.
Ubar dejó de revisar sus tablillas.
— ¿Cómo lo sabes?
Lidarion pensó en la boya mordida, en el cadáver del delfín, en las corrientes alteradas bajo el canal del nácar. Pensó en el olor del Gran Océano, un olor imposible allí dentro, al otro lado de un mundo todavía cerrado por piedra y distancia.
— Porque no son bestias, Ubar. Son devoradores de todo lo que es civilizado.
La frase no sentó bien, ya se sabía que algunas verdades tenían la descortesía de ser precisas. Maresha cerró los ojos y murmuró una plegaria breve a Qyrl, como quien pide a una fuerza antigua que permita cambiar antes de quebrarse. En aquel tiempo, Qyrl aún no era una palabra sucia en todas las bocas. Era la forma agotada que se abría para que algo más pudiera respirar. A los humanos les incomodaba, y a los Karrai les resultaba familiar.
— Si avisamos a la ciudad —dijo Ilunet—, los mercaderes cerrarán los muelles y los agricultores pedirán guardias en las acequias. Si no la avisamos, nos acusarán de ocultar el peligro cuando aparezca el primer muerto.
— Ya han aparecido muertos —dijo Lidarion.
— No eran humanos.
Vardun sonrió de medio lado.
— Eso importa en una ciudad humana.
Lidarion le miró entonces, y durante un instante su rostro dejó de sostener del todo aquella forma amable. Algo se movió bajo la piel de sus mejillas. Algo fino, respiratorio, húmedo. Vardun no retrocedió, pero sus dedos abandonaron el cuchillo.
— Salmyra no es una ciudad humana —dijo Lidarion—. Es una ciudad compartida. Si olvidamos eso, no hará falta que los Rokea nos destruyan.
Tharsio dejó de sonreír. El consejo discutió hasta que la luz de la tarde entró por las ranuras altas de la cámara y convirtió el vapor en hebras doradas. Se acordaron patrullas discretas, cambios en los cantos de compuerta, vigilancia en los muelles exteriores y una mentira piadosa para los mercaderes: problemas de las corrientes, nada más. Las ciudades idílicas necesitan mentiras pequeñas para no mirar demasiado pronto sus abismos.
Cuando terminó la sesión, Lidarion no regresó a su casa. Subió por las rampas del Anillo de los Cánticos, cruzó los puentes donde los jóvenes seguían ensayando melodías para calmar el agua y atravesó los patios de sal ya endurecidos por la tarde. La ciudad olía a arcilla caliente, pescado limpio, algas secas y pan plano. En una terraza, una madre lavaba a su hijo con agua de canal mientras le advertía que no se acercara a las barcas. En el muelle, dos ancianos jugaban con conchas grabadas. Un Mokolé enorme dormía bajo una lona, indiferente a los niños que intentaban tocarle la cola.
Todo estaba vivo, y se respiraba la confianza de los humanos hacia sus hermanos cambiantes, los Karrai. Todo confiaba. Al llegar al borde oriental, se detuvo ante el pequeño mar que abrazaba esa parte del valle. No era el Gran Océano, ni rugía contra la piedra ni arrastraba monstruos desde la negrura exterior. Era una extensión interior, parcialmente rendida al agua, salpicada de bajos, islotes y lenguas de tierra que aún se resistían a hundirse. Más allá, muy lejos, las montañas parecían flotar sobre la bruma azul.
Lidarion escuchó: durante un momento sólo oyó la respiración de Salmyra: canales, compuertas, remos, voces, sal. Después, bajo todo aquello, llegó un sonido distinto, que no era una ola. Era el hambre de lo salvaje.
Imagen: generada por una Inteligencia Artificial generativa
