Éxodo de la esperanza

Éxodo de la esperanza

Relatos de Heaven’s Gate

Lydia se quedó mirando fijamente su rostro en el reflejo de la bañera. Las pequeñas cicatrices de sus escamas aún se notaban bajo la piel, pero pasaban desapercibidas a ojos humanos. Sumergió la cabeza dentro del agua helada, dejando que su melena morena ondulase como los tentáculos de una medusa; los recuerdos de las últimas horas chocaban en su mente, como piedras afiladas rebotando contra el cerebro. Sus orígenes agarraron su cabeza y la mantenían sumergida bajo el agua, haciendo que su forma Hidrix se apoderase de su cuerpo. Ella apretó con fuerza el borde de la bañera, sus agallas habían surgido para permitirle respirar.

De la camada corrupta emergieron ella y sus dos hermanos, venciendo el mal que cabalgaba sobre su sangre: el tósigo del Wyrm. Sin más ayuda que su fuerza de voluntad, lograron demostrar al Peñasco Blanco que habían superado la corrupción y que estaban preparados para servir a Gaia. Pero la desconfianza y el resentimiento de los Garou echaban para atrás los intentos de alianza, truncando las negociaciones con los hombres lobo. Su hermano Micael, de aspecto monstruoso pero sabio y afable, pidió a Lydia que tuviese paciencia, pues sus antepasados corruptos habían sido causantes de muchas muertes entre el clan cántabro. Nemo, por otra parte, quería tener independencia de otros cambiantes y formar su colonia bajo ningún mandato. La joven Lydia, única en su especie porque podía reproducirse y traer al mundo a más de su raza, dejó de lado sus aspiraciones por un Garou.

Hijos del mar, los Hidrianos no eran una especie concreta como los Garou o los Bastet, sus formas animales eran una amalgama de criaturas del océano, pasando por peces, moluscos y demás criaturas invertebradas marinas. Habían permanecido olvidados tras la Guerra de la Rabia. Sus ancestros fueron masacrados por los hombres lobo tras ser injustamente acusados de adorar al Wyrm. Como sucedió con los Grondr y los Camazotz, muchos Hidrianos cayeron presa del veneno del Corruptor, tras haber perdido a su gente y sus tierras. Con el paso de los siglos, la semilla original se perdió, quedando unos pocos Hidrianos corruptos que permanecían apartados del curso de la historia. Pero un día, una Garou engendró los primeros Hidrianos sanos en siglos. Incuso ellos mismos se preguntaban si había sido casualidad o una señal de Gaia. Como más tarde averiguarían, las hijas del mar tenían la capacidad de aparearse con cualquier Fêra, dando como resultado larvas hidrianas. En el caso de los machos la posibilidad existía, pero era considerablemente más baja. Lydia y sus hermanos agradecieron mucho a su madre el haberles traído al mundo, pero el interés que mostró ella fue más bien escaso, tratándolos como mascotas.

Solos en un mundo que los consideraba poco más que mutantes, los Hidrianos de Lydia se asentaron en un pueblo, sobreviviendo bajo el semblante de pescadores. Al contrario que el resto de razas cambiantes, los Hidrianos pasaban por varias fases de evolución, condenando a algunos a permanecer toda su vida en forma Hidrix: mitad criatura marina, mitad humano. Sólo unos pocos lograban ascender a la última fase de evolución y asumir la forma humana; Micael, Nemo y ella misma eran los únicos de su camada que habían podido aparentar ser humanos; el resto de sus hermanos chapoteaban cubiertos de espinas, algas, escamas y rugosidades viscosas en sus guaridas.

Luchando contra las reminiscencias corruptas de sus ancestros y contra el odio y el racismo de los clanes Garous, Lydia había encontrado algo de paz con aquel hombre. Él la respetó y aceptó como una más en la lucha contra el Corruptor, sin pensar en las escamas de su rostro o en los enormes tentáculos que sustituían a las piernas de su forma Hidrix. La hidriana había sentido el amor incondicional de su compañero y cómo el mundo se hacía pequeño a sus pies. Él la ayudó a completar el último paso de su evolución y prometió tomarla como esposa para ayudar a purificar su raza; él había hecho tantas cosas por ella…

Sacó la cabeza de la bañera y dejó que la melena empapase su blusa blanca de seda; el corsé de cuero negro quedó mojado por las gotas que iban cayendo. Al ponerse de pie, notó el suave tacto del pantalón ajustado marcando sus piernas, esbeltas y humanas. La cara del espejo había perdido su belleza con las escamas que recorrían las mejillas desde la comisura de los labios hasta las bolsas de los ojos, oscuros como un abismo marino. Tras un parpadeo, su rostro recuperó la belleza humana. Ellos dos esperaban en el salón, extrañados por todo el tiempo que pasó Lydia en el servicio. El ruido del agua al bajar por el desagüe retumbó por todo el piso.

Ella era joven y atractiva, de una edad parecida a la de él. A pesar de estar llena de magulladuras, se encontraba en buena forma. Iba vestida con unos pantalones cortos de tela vaquera y un top blanco salpicado por unas gotas de sangre; de pelo corto y negro, estaba revuelto y sucio. Sus ojos eran verdes y claros, en contraste con los de Lydia, que eran marrones y oscuros. Aunque ya había planeado su siguiente movimiento, la hidriana no pudo evitar sentir celos. Se sentó cerca de él, mientras secaba su pelo con una toalla.

– Nos han perseguido hasta la Caverna del Este. Han matado a Micael y a Nemo a sangre fría y han exterminado las crías –la voz de Lydia era monótona, carente de sentimientos–. A pesar de que pueda reproducirme en un futuro, mi linaje ha terminado ahí.

– ¡Tenemos que hacer algo, cielo! –él se acercó y rodeó a Lydia con los brazos. Ella miraba la situación sin saber qué decir– Cogeré ahora mismo mis armas y me encargaré de todos ellos.

– Tu manada no ha hecho nada por defender a mi gente, pero tampoco nada por destruirles. Aún estás a tiempo de huir y es lo que vas a hacer –clavó su mirada oceánica sobre la de ella–. La masacre no ha sido culpa tuya. Y por todo lo que has hecho por mí, me veo en la obligación de ponerte a salvo –apartó delicadamente los brazos de su amado. Nunca sintió tanto calor en sus dedos–. Tú, perdona que no me haya quedado con tu nombre. Vas a coger el turismo azul con matrícula terminada en AS y vas a llevarle hasta tu clan. Quizás tus aliados puedan ofrecerle un refugio.

– P… pero… ¿qué pasará contigo? –contestó ella titubeando. La tensión de los tres crispaba el ambiente.

– Coge las llaves –arrojó con gracia el manojo a su invitada. Él quiso decir algo, pero Lydia lo interrumpió–. Yo tengo que realizar un Rito para que mi raza no se quede en el olvido.

– ¡Conozco esa mirada, Lydia! –gritó él, exaltado– ¡No voy a dejar que te suicides! –esto enervó a la hidriana. Se levantó con furia y se dirigió hacia uno de los muebles cercanos. Bajo la mirada sorprendida de los dos, extrajo un porta-píldoras de dentro de un libro.

– Cianuro. Me voy a suicidar porque no quiero que los del Peñasco Blanco me capturen y me hagan las atrocidades que te han hecho a ti –sacó las dos pastillas–. Si no quieres salvar tu vida, cae conmigo ahora mismo. Que tu amiga nos vea morir –ella empezó a balbucear y a caminar hacia Lydia. La hidriana apartó las manos, protegiendo las pastillas de muerte.

– ¡Está bien! –él caminó hacia Lydia y la abrazó. Inconscientemente, empezó a besarle el cuello y a rodear su pequeña cintura con los brazos.

– Ten, mi amor. Esto nos arrancará de este mundo corrupto y podremos vagar en paz. Juntos –introdujo una píldora en la boca de él, con cariño. Después se colocó la otra en su boca. Se besaron apasionadamente, intercambiándose las pastillas entre sí por medio de sus lenguas. La chica de ojos verdes observó la escena en silencio, viendo cómo aquellos dos enamorados acababan sus miserias de una manera fácil e indolora. Por un momento, ansió lo mismo.

Un minuto después, Lydia y él yacían tirados en el suelo del salón. La chica intentó colocarnos de manera digna, pero la mano de la hidriana la agarró por la muñeca.

– Siempre ha sido un dramático –se puso en pie con dificultad–. Era un tranquilizante, dormirá unas horas –le agarró por el brazo y lo levantó del suelo. Lydia utilizó sus habilidades de Fêra para poder aguantar el peso de su novio–. Sígueme hasta el coche, te lo llevas a tu clan.

– Pero… ¡lo has engañado! ¿Estará bien? –preguntó ella, consternada por la situación.

– Eso me da igual. Lo quiero a salvo, tía. –se dirigió hacia la puerta con dificultad–. Más te vale que no le pase nada hasta que recupere la consciencia –después de diez minutos para colocar el cuerpo dormido de su amado en el asiento de copiloto, Lydia le deseó buena suerte a su aliada. Sin arrepentirse, la hidriana regresó a su piso y se preparó para el Rito.

Unas horas más tarde, se encontraba ante uno de los acantilados más bellos de la zona. Ataviada con un vestido blanco, empezó a invocar las fuerzas del mar. El tiempo cambió a galerna, enrabietando la mar y provocando vientos huracanados. Lydia sintió las presencias hostiles de los Señores de la Sombra del Peñasco Blanco justo cuando iba por la mitad del Rito; ellos no esperaron a que se acabase y vaciaron el cargador de sus armas sobre la hidriana. Ella pudo evitar unas cuantas, pero le alcanzaron las suficientes y cayó al mar. Entre las terribles corrientes, asumió la forma Dagon, adquiriendo la apariencia de un pulpo colosal, con muy pocas facciones humanas. Herida y derrotada, nadó hacia el interior del océano, deseando fundirse con las aguas del mar.

Aquel día hubiese muerto, pero la presencia de una entidad inexplicable y poderosa le arrastró hacia una profunda oscuridad. Allí, descubrió la existencia de otra colonia hidriana escondida en unas cavernas subterráneas del Golfo de México. Una pequeña luz de esperanza se iluminó en el corazón de Lydia, haciendo que recobrase las ganas de vivir. Sin nada más a lo que agarrarse, recuperó la consciencia flotando bajo las aguas del Atlántico. Una vez que sus heridas se regeneraron, tomó rumbo hacia las aguas del Golfo de México. Lydia tuvo que hacer paradas para recobrar fuerzas cada cinco días, su cuerpo no daba para más. Se acomodaba entre las corrientes para descansar e iba comiendo pescados y mariscos que encontraba en el lecho marino.

La entrada de la cueva estaba oculta entre un arrecife de coral naranja. Lydia nadó elegantemente entre las largas colas anaranjadas y atravesó el umbral. La recibieron dos hidrianos que no habían llegado a la anteúltima fase, más cangrejos que humanos. En el idioma de los hijos del mar, preguntaron a la extraña sus intenciones. Lydia sonrió.

– Soy una de vosotros. He soñado con vuestro hogar y he viajado desde muy lejos para protegeros –lo dijo en perfecto castellano. Los dos seres semihumanos intercambiaron una mirada y apartaron sus lanzas hechas con restos de madera.

– Tú decir que ser como nos. Tú no parecer nos, ser piel seca –se atrevió a decir el hidriano de la izquierda. Parecía más corpulento que el otro.

– Es cierto. Por eso quiero enseñaros cómo adoptar la forma humana.

– Tú no mentir. Tú seguir a mí, yo guiar a jefe padre –el hidriano no debía medir más de ciento sesenta centímetros. Tenía una prominente joroba y una pierna más larga que otra. La totalidad de su brazo izquierdo era una pinza de cangrejo, llena de algas y moluscos.

– ¿Jefe padre? ¿Os lidera un hidriano? –preguntó Lydia extrañada. En los recuerdos que había invocado hablándole a los Espíritus del Mar, la hembra adoptaba el papel de líder.

La cueva era mucho más grande en el interior. Todos los hidrianos se encontraban en fases primarias; ninguno de ellos había adquirido una pizca de apariencia humana. Llegaron a una sala enorme, con un techo muy alto. Los habitantes del lugar habían estado robando aparatos humanos para alumbrarse y formar refugios. Lydia pudo distinguir varias chabolas fabricadas con restos de barcos y trozos de metal. Las hembras protegían a sus crías con desconfianza, mientras ella pasaba entre ellos saludándoles con amabilidad. Al llegar a la choza más grande de todas, situada en el centro de la caverna, el hidriano cangrejo indicó a Lydia que entrase. La “sala del trono” estaba fabricada con el chasis de dos vehículos y una buena parte de una caravana. El líder hidriano había construido una especie de trono a partir de una hamaca desgarrada y una silla de plástico. Con un gesto severo, el líder ordenó a su subordinado que volviese a su puesto.

– Ez curiozo que digaz que erez una de nozotroz, piel zeca –la mitad de su cuerpo eran puras escamas verdosas. Se encontraba parcialmente paralizado por la pesadez de estas. La parte que cubría su cara entorpecía su habla–. Por lo que yo veo, no erez máz que una jovencita que ha nadado demaziado –el ojo izquierdo era de color turquesa y tenía el iris amarillo. El otro era de un color normal, más humano.

– No es nada curioso. Mi nombre es Lydia Amovia del Mar. Vengo de una colonia extinta hidriana del norte de la Península Ibérica –la voz de la hidriana sonaba solemne y confiada–. Quiero ofrecer mi ayuda y mi conocimiento como…

– ¿Y para qué necezito yo tu ayuda, zi ya tengo a miz ezclavoz inferiorez para divertirme? Y tengo muchaz hembraz para aparearme… hembraz que me dan zoldadoz –el líder hidriano intentó colocarse de pie, pero sus duras escamas se lo impidieron. Lydia comprendió que aquel miserable se aprovechaba de su inteligencia para esclavizar a su gente. La sangre le ardió.

– Hubieses necesitado mi ayuda para que alguien como yo no te hubiese usurpado tu trono de PVC –se colocó frente a él y empezó a adoptar su forma Dagon. El desgraciado no pudo hacer más que emitir un gemido sordo, que desapareció cuando fue devorado por la monstruosa boca de Lydia.

Tras haber consumido todo el cuerpo del líder, Lydia se presentó en aquella caverna poblada por su gente; el pueblo que ahora sería su familia y a quién protegería. Los hidrianos aullaron de felicidad al conocer a su nueva reina. Lydia sonrió y se sentó en el trono, mientras vitoreaban su nombre.


Imagen: Gothic vampire 2 por CGSoufiane.

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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