La gran mentira de la civilización

Fíjate lo lejos que estás del público, subido en un estrado a punto de soltar un gran y emotivo discurso repleto de significado y reflexión. ¿O no es así? Traga saliva, cavila sobre lo que vas a decir, es importante. Toda esa gente que se ha reunido bajo las consignas de tu mensaje tiene que poder llevarse una pizca de tu presencia, algo que les identifique como parte del movimiento levantado por todo el país. Y ese pedazo metafórico de ti es una gran mentira como la que ha formado toda tu vida, empezando por unos cimientos repugnantes y borrosos, y finalizando en tu presentación, tan vacua como un agujero sin fondo en una explotación petrolífera.

– Os cuento por cientos, los que estáis aquí. – regurgitas palabras como un gran líder político. – Habéis viajado durante mucho tiempo para recibir mi ayuda, mi mensaje. – el silencio del público te hace dudar si es expectación o aburrimiento. – ¡La civilización es una mentira, nos han engañado todo este tiempo!

– ¿Y qué es ser civilizado, os preguntaréis? Levantarse todos los días con el pretexto de servir a un poder mayor por miedo a decepcionar a los que conviven con vosotros metiéndoos en problemas ficticios hechos realidad por ese poder mayor que se ha encargado de redactar las normas necesarias que, si se quebrantan, se materializan en amonestaciones que debéis pagar, ya sea con dinero o con vuestro tiempo; y la mayoría de las veces con los dos.

– ¿Es eso lo que queréis? ¿Servir a unos seres carentes de rostro que retuercen las reglas que ellos mismos escriben para adaptar sus estilos decadentes de vida en lugar de crear una convivencia en la que todo aquel dispuesto encuentre su lugar? Ya han ganado el juego, si es que alguna vez hubo uno. Es mi turno de hacer algo. ¡No quiero más préstamos a interés variable según las fluctuaciones de un mercado que no me representa ni se preocupa por mis intereses! ¡Se acabaron las normas de circulación con el único fin de recaudar más monedas para los poderosos!

Respiras tras tu actuación. Has sabido mantener el tipo, pero sólo porque el ansia de tus oyentes ha transpirado hasta ti. Sin ellos, no eres más que otro antisistema más. ¿De verdad piensas que alguno de esos va a hacer algo por cambiar las cosas? En cuanto pongan en medio a sus familias, recularán como un simio asustado, escondiéndose rápidamente en el “tengo mucho que perder”. Te das cuenta de que eres otro ídolo desafiante más, que va camino del olimpo de las camisetas, el merchandising y los tatuajes con mensajes profundos. “Se acabaron las normas de circulación” será tu epitafio, escrito en un folio ensangrentado y enterrado en una cuneta olvidada. Filosofía de pueblo, asumes; una vez que has abierto el grifo de los excrementos, hay que quedarse de pie agarrando la manguera hasta que viene una jauría de agentes de la ley a quitártela a la fuerza.

– ¿Quiénes están conmigo? ¿Quiénes marcharán hacia la capital en busca de la libertad que las grandes corporaciones nos quitaron? ¡Levantaos, amigos, y uniros a mi revolución!

Tu proclama resuena por todo el estadio, pero te has concentrado demasiado. Has visualizado las caras de los que te hicieron la vida imposible hasta este punto siendo aplastadas por una horda de plebeyos enfadados. Tus plebeyos. Pero la realidad cae sobre ti como una roca desprendida de la montaña: escribiste tus votos y tus creencias en un ordenador personal, mientras bebías refresco de cola y te imaginabas como el próximo rey del mundo. El repentino abandono de tus fieles, en silencio y sin exaltarse por tu mensaje te trae de vuelta al mundo real. Nadie va a preguntar por ti a extraños, no se van a fundar clubes secretos en los que eres un ídolo, y nadie va a masturbarse con tus ideas, ni las va a plasmar en obras de arte cuestionable en las redes sociales. No hay ningún olimpo para ti, salvo unos diez segundos de fama. ¿Los has disfrutado? Ellos no. No quieren un cambio que requiera una dolorosa transición, probablemente decorado con muerte, sufrimiento y violaciones a los derechos humanos. Tus fieles, si es que quieres seguir considerándolos así, desean un cambio instantáneo, sin procesos largos y complicados ni discusiones de despacho.

El escenario parece mucho más grande cuando te has quedado a solas.


Imagen: Hands, de Griszka Niewiadomski, freeimages.com

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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