Prisionero del pasado

Prisionero del pasado

Cada vez que daba un paso hacia delante, se tropezaba con fragmentos entrópicos de acciones pasadas. Sentía como su existencia reverberaba a través de las hebras de la realidad con el único objetivo de hacerle la puñeta. La gota que colmó el vaso fue cuando se encontró atrapado entre cuatro paredes metafóricas obra de la desidia de su yo anterior. Por mucho que maldijese a diestro y siniestro, su voz era ahogada por recuerdos difuminados sobre el lienzo planar que era su vida: la situación era tan justa como el propio ser, tan sólida como un ladrillo de arcilla templada, y por mucho que se quejase, estaba en un momento o línea temporal equivocado.

Cuando salga, me preocuparé más por las consecuencias”, se dijo a sí mismo. Pero todo eso eran gritos vacuos en una habitación existencial inexistente, sin valor alguno en lo que se asumía como vida real. Pero, contra todo pronóstico, la puerta de su celda se abrió, y al otro lado pudo verse reflejado en un anciano decrépito, cansado de la vida y a punto de fallecer. Algo le apretaba las entrañas, pero sabía que su reverberación futura, ahora esquiva y dubitativa, se había manifestado para resolver el problema sin solución.

Y antes de que pudiese juguetear más con el tiempo, aquel hombre se marchó tan raudamente como vino, dejándole la puerta abierta para enfrentarse a los problemas presentes. Tragó saliva y recorrió a toda prisa aquella estancia enladrillada, abandonando a sus espaldas cada duda o rencor pasado, para centrarse en sus preocupaciones recientes, y llegar a ser el individuo de pelo gris que se salvó a sí mismo a través de la eras.

Todos somos prisioneros del pasado en algún momento. Todos tenemos la llave para desbloquear esa celda invisible en la que nos encerramos, pero aprender a imaginar cómo es el agujero del cerrojo y en qué posición hay que insertarla requiere un esfuerzo monumental. Pocos pueden reconocer sus errores, y menos aceptar que, sin duda alguna, el mayor saboteador de la vida es uno mismo.

Cincuenta años después, cuando aquel idiota fragmentado recomponía las memorias de su existencia, supo qué puerta abrir antes de limpiar las lágrimas de añoranza. Con el paso de los años, supo que las heridas que se hizo culpando a su anterior yo no se habían sanado. La cicatriz puede sanar, pero con el cambio de clima duele. Y en ese momento había empezado a llover.


Imagen: Ghost Drawing by Hernan Marin

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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