¡Salta!

¡Salta!

Salta, corretea, aspira, vuelve a saltar y agazápate entre las sombras, como si de un ladrón de guante blanco fueses, oculto de miradas curiosas e imperturbables. Respira, nadie te ha visto llegar, coge lo que buscas y no te entretengas enredando en fibras tan arcaicas como los velos meditabundos, pues bien sabes que si comienzas a tejer, tarde te llega la hora, que el olvido es muy tentador y no estás ahí para revolcarte en tus recuerdos.

Es como una caja, redonda pero a la vez curvilínea, misteriosa y seductora cual florecimiento juvenil inesperado. Tócala con delicadeza, como si fuese seda petrificada por las eras cubriendo polvo de diamante; si la hubieses tenido hace unos años te importaría, pero ahora es sólo otra reliquia más. Nadie te ha visto, nadie sabe que eres tú, pero tú sí sabes quién eres, aunque los susurros y las bocas te hagan dudar. Ponte de pie y camina con dignidad hacia la salida, fundiéndote entre ellos y sin destacar, no queremos que la materia única que te forma y te da vida se escape hacia otros individuos, otros menos interesantes y más simples, ordinarios.

Atraviesas la última puerta bajo un manto de total seguridad, porque sin duda la transgresión se hará palpable minutos tras tu marcha. Ahora que estás entre callejones vetustos, iluminados por reflejos de neón, es hora de que lo abras. Notas la adrenalina empujando la sangre por tus venas, el suave temblor de lo inconcluso y la anticipación. Escucha, estás rememorando. Todos los pedacitos se guardaron siguiendo un orden perfecto en el interior, pero tú sabes que falta uno.

¿Qué clase de ladrón serías, si no supieses lo que estás robando?

Los cuchicheos, el ruido, la impronta de todas las épocas fundidas en un mismo plano de existencia abrumarían a cualquiera, pero eres un especialista. Aunque hayan pasado décadas, conservas cada pieza lustrosa de memoria a salvo en una cavidad espiritual y metafórica, a la que tú sólo puedes acceder. Muy pocos aprecian dicho don, y sólo te ha traído problemas, a pesar de tu evidente capacidad cognitiva. Si bien lo disonante tiene que ser armonizado, regurgitas palabras oscilantes con el único fin de escapar.

Sabes que no dolería si tuvieras corazón, pero lo arrojaste a un pozo profundo que burbujeaba preterición. Antes de abrirlo, antes de que semejante crimen abra una puerta que jamás se pueda volver a cerrar, te escurres bajo la mirada de lo simple, de lo terrenal. Un pequeño contenedor marmóreo con los fragmentos de una idea desquiciada ha de permanecer lejos de ti, en el olvido mistral de lo ordinario.


Imagen: Future Space Relic, de wallapapercraze.com

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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