Susurros en IsophiusSusurros en Isophius

Fabrizio Orovecchio abrió los ojos cuando Vaiel, en el cielo nocturno, le deslumbró. Desde que había perdido la mano derecha en el salón de los Buelhorn, señores de Altoviento, no podía descansar bien. Durante el viaje desde la Fortaleza de Piedrahundida hasta las profundidades de los pantanos había estado durmiendo, mientras Lisandra, su asistente personal, se encargaba de mantener su estado de salud en buenas condiciones. 

Primero se acarició el muñón, ataviado con una venda nueva, pero aún le dolía la muñeca. Era un dolor que no debía sentir, pero ahí estaba, como testimonio tangible de sus errores como dirigente. Fabrizio era un hombre rechoncho, bien entrado en edad, con un largo pelo lacio, grisáceo y sucio, con marcas de guerra en la cara y en los brazos. Él era el barón de Piedrahundida, la capital de los Pantanos Isophius, una de las provincias más pobres del Imperio de Malasthar. Los tejemanejes de su hijo adoptivo habían llevado a su familia a aceptar una petición de matrimonio de Bianca Leone, una resolutiva mujer pero vasalla de los Buelhorn. Éstos se habían tomado la propuesta como una afrenta, como si Fabrizio y los suyos estuviesen arrebatando algo que era de su propiedad. Ambas familias lo habían pasado muy mal en la última guerra contra el Reino de Shadaleen, y esto fue la gota que colmó el vaso.

Los guardias que acompañaban al barón ordenaron al carruaje detenerse. El camino desde Piedrahundida finalizaba en un cruce limítrofe con los Humedales infectos, la terrible provincia sureña de los Pantanos Isophius: la carretera de tierra elaborada por los ancestros de los Orovecchio terminaba en un árbol enorme, de tronco grueso y ramas que caían como lágrimas inertes. Lisandra ayudó a Fabrizio a bajar de la cabina y los dos empezaron a caminar. La guardia personal, formada por dos hombres que sobrevivieron la traición en Altoviento y dos mujeres entrenadas a conciencia por Enyra Petreius, se quedaron para levantar un campamento en cerca del carruaje. La relación que los Orovecchio habían forjado con los rusalka del Santuario de los Pantanos databa de siglos atrás, cuando la invasión de hombres lagarto se había vuelto insoportable.

A pesar de las peticiones de auxilio al Imperio, los habitantes de los Pantanos Isophius tuvieron que resolver sus problemas entre sí. Fabrizio recordaba la promesa que le hizo a su padre, Tadeo Orovecchio, en el lecho de muerte de éste. «Uno de ellos debe estar entre nosotros, Fabrizio. Es lo que acordamos hace doscientos años. No lo olvides, hijo mío, pues esta carga cae ahora sobre tus hombros». Desde los albores de los tiempos, desde mucho antes de que el Rey Isophius conquistase los pantanos, la región era asolada por tribus de hombres lagarto. Estas criaturas reptilianas, obsesionadas con servir a algún mal desconocido que reptaba bajo la tierra, acababan con cualquier signo de vida en pos de satisfacer a las ignotas energías que les impedían descansar. 

Los Orovecchio ya llevaban cierto tiempo administrando la región y habían logrado sacar beneficios de las vainas de semillas lodosas, unas extrañas plantas pantanosas que crecían en lo más profundo de los marjales. Sin embargo, una nueva incursión de las bestias escamosas amenazaba con echar abajo lo que habían logrado. Malasthar esperaba algo más de los pantanos, y los Orovecchio no se podían permitir fracasar a sus señores, incluso si eso les llevaba a aliarse con los desagradables hombres pescado que convivían con las vainas de semillas lodosas. Efectivamente, ambas comunidades se habían estado masacrando entre sí por el control de ese preciado vegetal, sin prestar atención al enemigo común que se había estado haciendo fuerte tras ellos. Una noche de luna nueva, cuando Vaiel estaba oculta por la más absoluta oscuridad, Joan Orovecchio, patriarca de la familia, y Hokarien, chamán de la tribu rusalka, se reunieron en un claro de los marjales. Rodeados por sus allegados más íntimos, decidieron que jamás un humano y un rusalka lucharía por algo de los pantanos, y que avanzarían en pos del bien común. A cambio, cada generación entregaría un hijo a la otra, para que se estableciese una tradición de confianza entre ambos pueblos sin la intervención de la plebe. Este acuerdo debía quedarse entre los primogénitos y jamás ser revelado a los campesinos.

«Uno de ellos debe estar entre nosotros, Fabrizio», se repetía a sí mismo una y otra vez mientras intentaba mantener el equilibrio entre charcos y fango. Cuando vislumbró una de las lámparas de fuego azul, supo que ya se encontraba cerca. Lisandra caminaba con dificultad y su larga falda de lino crema iba manchándose cada vez más de barrio y suciedad, pero no parecía importarle. Ella era la fámula personal de Lady Paulina, pero la señora Orovecchio se quedó en Altoviento. Fabrizio no pudo rescatarla. Dos corpulentos acechadores rusalka detuvieron a la extraña pareja: uno de ellos, fuerte y rápido como un depredador letal, apartó a Lisandra de un golpe. El otro, algo más enjuto, se enfrentó a Fabrizio.

— ¡Qué redaños tiene el barón para presentarse aquí! — los rusalka arrastraban las «s» y las «r» cuando hablaban el común. — ¿Cómo osas, traidor? — el acechador levantó su antebrazo y una decena de finas espinas surgieron de su piel. Antes de que pudiese claváserlas a Fabrizio, algo le detuvo.

— ¡Madens, detente! — una voz femenina, regia como una galerna, resonó por todo el marjal. El corpulento rusalka se paró en seco, reconoció quién le había dado semejante orden y cesó su ataque. 

— Ella aún te aprecia, Orovecchio. — escupió a un lado, cerca de Fabrizio, y recogió sus armas naturales. — Espero que tu estancia sea tan corta como tu lealtad. — Madens hizo un gesto a su compañero, que también estaba a punto de acabar con Lisandra, y ambos volvieron a desaparecer entre la bruma del marjal.

Una figura femenina emergió de entre las nieblas, acompañada de dos hembras rusalka de incomparable belleza. Fabrizio suspiró al ver una cara conocida, pero la expresión de esta era de decepción.

— No me sorprende vuestra visita, lord Orovecchio. — no pudo evitar clavar la mirada en el muñón. — Sois hijo de chamana, ¿por qué no habéis conjurado el vigor de la Galerna que Ruge? — la rusalka, que tenía un porte digno de la mayor emperatriz que Ylat había contemplado, se acercó arrastrando su larga cola. De cintura para abajo era una anguila eléctrica, y se había adaptado a la vida terrestre aprendiendo a serpentear. De cintura para arriba era una bella mujer, con claros rasgos acuáticos. De pelo rojo fulgurante y mirada estoica, ante Fabrizio y su sierva, Lisandra, se encontraba Lady Nilsea, señora del Santuario de los Pantanos y oráculo viviente de Lenseng.

Fabrizio suspiró antes de pronunciar nada. El viaje había sido agotador, y ahora tenía que recuperar una tradición que se había olvidado por su culpa. Él incumplió el trato, no quería entregarle a Nilsea el fruto de su relación. Aunque ya no recordase a la madre. Los ojos de la rusalka se clavaron como lanzas obsidianas en el corazón de Fabrizio. Había llegado el momento; si no, lo que había logrado junto a Paulina se perdería en la lluvia. «Uno de ellos debe estar entre nosotros, Fabrizio».


Imagen: Dark Siren Lorelai, por Gavin Wynford en ArtStation.com

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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