Destino: Altoviento

Me ha costado esconder este voluminoso tomo entre mis posesiones sin que el mayordomo de la familia se percatase de mi apropiación indebida. Pero ya que el gusanillo de la aventura y lo desconocido acaba de surgir en mi interior –tan sólo espero que no sea la terrible enfermedad del devorador de gnomos–, he de registrar cada paso que haga en pos del descubrimiento del magnífico Cuarzo de Blosgeis. ¡Me tiemblan los bigotes de imaginar los elogios que voy a recibir por parte de mis vinagrescos tíos y el orgullo que va a surgir en los ojos de mi querida madre!

Y’Tum es una nación pacífica, con una inventiva tan avanzada que ni siquiera los moradores élficos que conviven cerca de la metrópolis se atreven a meter las narices en nuestros asuntos. Por eso me ha resultado tan sencillo escabullirme entre las sombras de la noche y salir rumbo a la frontera norte, donde voy a hacer una parada en un pequeño asentamiento humano llamado Cristárbol. No he hablado con nadie de mi familia y mi ausencia será un misterio, pero como miembro de los Warwickshire no puedo justificar una expedición más allá de nuestras tierras sin una razón de peso. Para mi es algo importante, algo que me inunda la mente y el corazón tanto de esperanza, de emoción y de preocupación; para mi padre, por otra parte, sería otra marca en la innumerable lista de decepciones por parte de su hijo menor. Es mejor que mis pesquisas queden aquí escritas, en lugar de viajar de boca a boca por los barrios nobles de Y’Tum.

En mis cuatro décadas de existencia jamás había caminado más allá de los muros exteriores de la ciudad, pero ahora estoy sentado junto a una fogata –prendida gracias a las pastillas incandescentes de yesca auxiliar del calderero Bobfirk Falgulán– en mitad de los bosques élficos. Siento como la brisa matinal acaricia mi piel y me invita a acurrucarme en el saco de dormir, pero primero he de llegar a Cristárbol, pues por allí pasan caravanas cada cambio de estación rumbo a Altoviento, una población importante en medio de la conocida Ruta del Viento; en esa ciudad me uniría a alguna expedición de valientes aventureros dispuestos a atravesar la Cordillera de Selianda, la barrera natural que separan el continente de Esseria de Taiuhn, nuestro continente. He de ponerme en marcha antes de que mis familiares me echen en falta y envíen exploradores a examinar cada recoveco de los Bosques de Volenn, donde me encuentro ahora. Me molestaría de un modo bastante particular tener que regresar a los talleres de los Warwickshire a intentar montar un invento que no se caiga a trozos.

He tenido que recorrer varias horas bajo un sol de justicia los campos de cultivo que se encuentran en la periferia de Cristárbol y ha sido un suplicio. Me duelen mis pequeños y pocos entrenados pies de una manera que no puedo describir y tengo todo mi cuerpo rebosante de sudor. Me ha costado horrores subirme a las sillas de la taberna y ninguno de estos hoscos hombres me ha querido ayudar. Me temo que el choque cultural va a ser mucho más complicado de lo que me esperaba, pero no puedo rendirme en el primer alto de mi viaje. Tras descansar como es debido en una de las habitaciones más caras de este lugar, puedo empezar a definir más aún mi viaje. Cristárbol es una humilde población a medio día de camino de Y’Tum; es lo más que se han podido acercar los humanos, ya que según las leyes de la Doncella Uimedae Brisoeste no pueden poner pie en sus tierras sagradas. Yo me pregunto por qué nosotros, los gnomos ytumitas, hemos podido levantar nuestra maravillosa ciudad pero los humanos no; supongo que también es un choque cultural.

Aunque la posadera me ha ofrecido con toda su amabilidad una llave para cerrar la puerta de mi habitación, he preferido utilizar el práctico camuflador óptico de elementos avergonzantes del primo segundo de mi padre, el irreverente Gossilen Purtruj Warwickshire, para ocultar mis enseres personales como un taburete de madera viejo y ajado. Espero que ningún bribón se atreva a husmear en mis nuevos aposentos, pero como viajero inexperto que soy, no puedo permitir que se aprovechen de mi desconocimiento. Creo que he hecho bien. Ahora he de parlamentar con alguno de los parroquianos de la taberna para saber cuándo llega la caravana hacia Altoviento. Traigo conmigo una buena cantidad de oro, espero que sea suficiente para pagar el posible viaje.

Las estrellas de nuestro patrón Mulinith se han iluminado para guiar mis pasos. Entre intercambios de bebidas espirituosas –que he tenido que pagar yo–, he conocido a un taciturno pero noble hombre llamado León. De rostro severo y marcado por el trabajo físico, es un portento musculado armado con una espada y embutido en una armadura de cuero algo manchada. No es que huela demasiado bien, pero quiero suponer que este es el olor de los tipos duros. Y ahora necesito unos cuantos para poder llegar a Ennius. Cuando le he preguntado por el origen de su curioso nombre, ha cambiado de tema y no le ha importado no contestarme. Tras un buen par de tragos de aguardiente enano importado de las Junglas de Ranrak, su lengua se ha soltado como el canto de un pájaro mecánico a primera hora de la mañana. Es el líder de un grupo de mercenarios que ofrecen protección a aquellos que quieran viajar por los caminos y no sean capaces de defenderse. Le he propuesto que me acompañen hasta Altoviento, y la idea le ha parecido estupenda.

No es la caravana que yo buscaba, pero sí es la que necesito. A pesar de que el trato es un tanto ambiguo –me pregunto si estos humanos sabrán lo que es un contrato, una firma de mecenazgo y un documento de cumplimiento de obra–, pero supongo que como yo he abandonado Y’Tum de forma poco lícita, no estaría bien pedir lo mismo a un extraño que está dispuesto a ayudarme. A mi favor, creo que le he sacado un buen precio: cincuenta monedas de oro a cambio de que él y sus fornidos subordinados me protejan hasta mi destino. No todos los días se ve a un ytumita ser protegido por un séquito de musculosos matones, ¡jajaja!


Imagen: Mirkwood Holding por Jon Hodgson

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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