El monumento de Zarerranu

Las luces del atardecer se colaban entre las persianas del local de mala muerte en el que estaba Theodor Kampfmann, absorto en sus pensamientos mientras degustaba un grasiento plato de solomillo y patatas regentes. No prestó atención a los dos agentes de inteligencia que se dirigieron a la mesa dónde estaba sentado y no escuchó ni un ápice de lo que tenían que decirle. Lo que ocurrió en Zarerranu le había dejado sin habla y desde que pisó tierra, se dedicó a viajar sin rumbo por los estados más profundos de Norteamérica en busca de quien sabe qué. Le quedaban pocos billetes en la cartera y el ruidoso vehículo que había tomado de la base militar estaba a punto de dejarle tirado en mitad del desierto. Parpadeó durante un instante y se fijó en sus interlocutores al mismo tiempo que deglutía un jugoso pedazo de carne. Masticó y masticó hasta que tragó sin importarle hacer ruido. Después, se aclaró la garganta con un trago de cerveza insípida; ya sabía lo que querían.

El vestíbulo de la base espacial estaba a rebosar de científicos, operarios y demás miembros rasos de las operaciones mientras el General Coldstürm daba su patriótico discurso. Sus compañeros estaban más preocupados en quedar bien ante las fotos del evento que de la clase de misión que se les había asignado. Theodor Kampfmann era un inmigrante español de clase media que había tenido la suerte de demostrar su valía en combate y entrar en un cuerpo especial de agentes de la NASA. Tras obtener la nacionalidad americana, se cambió su nombre a uno más adecuado para el entorno en el que se iba a mover. Nadie iba a respetarle como Teodoro Norberto Giménez de Luchamán, pero Theodor Kampfmann iba a infundir, por lo menos, respeto entre sus congéneres.

El General Coldstürm había seleccionado personalmente a cuatro de los astronautas más aptos para llevar a cabo una misión rauda y sencilla. Un extraño asteroide apareció en la órbita Lagrange del planeta Tierra, y era necesaria su inspección inmediata. El cuerpo celestial parecía haberse quedado inerte, suspendido en un campo magnético singular que impedía que tuviese rotación o traslación. El equipo formado por Theodor Kampfmann, Joan Lamberd, Hiryu Natsuko y Ranjan Shankar Rohit tendría que abordar el asteroide, examinar su composición y colocar un explosivo termonuclear en la corteza en caso de que su existencia fuese una amenaza para la humanidad.

Joan Lamberd era una especialista en física cuántica, medicina nuclear y una deportista de élite. Criada en los barrios ricos de Nueva York, carecía de experiencia en misiones de campo, pero sus aportaciones a los campos científicos habían permitido que la NASA desarrollase tecnologías mucho más innovadoras que nunca. Era una mujer menuda, bonita, de pelo castaño y rasgos afilados. Según Theodor, era deliciosa.

Hiryu Natsuko, de origen japonés pero educación americana, se había coronado como una de las mejores pilotos astroespaciales, y tenía a sus espaldas más de diez operaciones exitosas fuera de la atmósfera. Estaba a punto de retirarse, pero las súplicas del General Coldstûrm hicieron que se lo pensase mejor y aceptase un último viaje.

Por último, el hindú Ranjan Shankar Rohit, era considerado una leyenda entre los mecánicos del Ejército de los Estados Unidos y los de la NASA. Se decía que era capaz de arreglar un Beetle con dos latas de cerveza y un mechero gastado, por lo que su presencia fue muy agradecida por el resto de miembros del equipo y por los supervisores de la misión. A pesar de sus grandes habilidades, se rumoreaba que Ranjan era adicto al blackjack y a las máquinas tragaperras, y que aceptó una misión tan peligrosa para pagar unas cuantas deudas que había contraído en las Vegas. Theodor no soportaba a su compañero hindú.

Una vez que el General terminó su discurso, hizo saber a los cuatro que tenían que abordar la lanzadera Amethyst-3, una aeronave de última generación preparada para aterrizar entre campos de baja y nula gravedad. Las conocimientos militares de Theodor parecían innecesarios para la misión y carecía de cualquier bagaje científico, pero el General Coldstûrm consideró necesario tener a un astronauta con formación militar en caso de que hubiese enfrentamiento con vida alienígena hostil. Aunque las posibilidades fuesen muy bajas, no podía arriesgarse a perder a operativos como Ranjan o Joan en un fuego cruzado con extraterrestres.

Los músculos esculpidos por las horas de entrenamiento severo de Theodor fueron los primeros en alcanzar la cabina de control de la Amethyst-3. Ayudó a Natsuko a subir a la nave y a colocarse para empezar el despegue. Joan y Ranjan se sentaron en los asientos traseros y se colocaron los amarres de seguridad. El General Coldstûrm fue el último en subir, ya que aprovechó para despedirse y ser fotografiado unas cuantas veces más. El lanzamiento ocurrió con normalidad y en unos dos minutos, la Amethyst-3 desapareció en el cielo terráqueo.

De camino, el General Coldstûrm explicó al equipo la curiosa naturaleza pseudonuclear del asteroide. Los analistas de la NASA lo habían traducido como Zarerranu, en nombre de una misteriosa tierra que aparecía en varios textos de la Biblia, pero que nunca se alcanzó por el hombre. A plena vista, parecía otro cuerpo celeste compuesto por minerales, pero tras una observación detallada se podían encontrar diversos puntos azules en la superficie. El aterrizaje se iba a realizar a un par de kilómetros de uno de estos puntos, con el fin de analizar qué clase de material o artefacto era. Esta información de última hora alertó a Theodor. Que un superior guardase datos cruciales para el momento en el que la operación ya se hubiese desplegado -y ya no hubiese vuelta atrás- significaba que la peligrosidad no era la misma que se había indicado en un principio.

A pocos minutos de alcanzar Zarerranu, Theodor perdió la paciencia y se enfrentó al General. Le agarró por la pechera y le levantó, sin mediar palabra, para pedirle explicaciones. El generador de gravedad artificial de la lanzadera permitía que los potentes músculos de Theodor izasen sin ninguna dificultad al asustado superior. Sin embargo, la discusión tuvo que finalizar de repente, pues Natsuko se vio forzada a efectuar un aterrizaje de emergencia. Zarerranu poseía un campo gravitatorio mucho más potente de lo que se pensaba y casi provoca que la Amethyst-3 se hiciese pedazos contra la superficie.

El primero en explorar el recóndito asteroide fue Theodor, que tras equiparse con un avanzado traje espacial, saltó al exterior de la nave sin dudar un instante. La potente gravedad hacía toda una odisea caminar por la superficie rocosa, pero Theodor fue capaz de distinguir una veta de mineral azulado a unos trescientos metros del lugar de aterrizaje. Estas rocas azules desprendían un calor agradable, y cada vez que eran iluminadas por la luz del sol, el resplandor aumentaba; su forma no parecía natural, si no más bien se asemejaba a una especie de monumento o símbolo. Tras ser bañado por estas luces, Theodor experimentó algo en su cuerpo. Notó como sus arterias y venas empezaban a pulsar a gran velocidad y su cabeza le dolía de forma insoportable. Giró su vista hacia la Amethyst-3, pero pudo ver que despegaba tras haber dejado en Zarerranu a sus compañeros y a él. Antes de regresar a la Tierra, pudo ver que la nave se giró y dejó caer un dispositivo circular de unos tres metros de alto. Theodor reaccionó a tiempo y pegó un salto increíble en dirección a sus compañeros, Joan, Ranjan y Natsuko. En el momento justo en que el explosivo termonuclear tocaba la superficie de Zarerranu, Theodor se propulsó a través del espacio gracias a su fuerza de voluntad y protegió a sus compañeros con su hercúleo cuerpo. El General Coldstûrm había tenido la decencia de haberles dejado ponerse los trajes espaciales.

Zarerranu desapareció en medio de una gigantesca explosión nuclear, al igual que los miembros del Amethyst-3. Sin embargo, a las horas de haber sido abandonados en el espacio, Theodor despertó mientras flotaba entre restos del asteroide. Pudo reunir a sus tres aliados, que estaban inertes y a la merced de la nula gravedad, en un pequeño pedazo de tierra. No se explicaba cómo había podido desarrollar esa capacidad para propulsarse de modo supersónico con sólo desearlo, pero se preguntaba si los que le acompañaban también podría.

Desesperados y sin un medio de regresar a la Tierra, el grupo parecía condenado a vagar por el espacio sin ninguna posibilidad de volver a ver a sus familias. Pero Theodor, embriagado por sus nuevas capacidades, levantó el vuelo y se colocó en uno de los extremos del trozo de roca; con determinación, comenzó a propulsarse en dirección a la Tierra, con la intención de empujar a él y a sus compañeros de nuevo hacia su hogar.

La entrada en la atmósfera fue tan dolorosa como sumergirse en agua hirviendo. Hiryu Natsuko no pudo aguantar las altas temperaturas y la fricción, y se desintegró en pequeñas partículas negras, pero Theodor, Joan y Ranjan lograron aterrizar con vida en mitad del Desierto de Mojave. Tras acercarse a una base militar cercana, Theodor decidió apropiarse de un vehículo y conducir hasta que se le olvidase quien era. No supo más de sus dos compañeros supervivientes ni del General Coldstûrm, aunque la siguiente vez que lo viese, le arrancaría los pulmones sin pensárselo.

Margaret Banks y Roger Smith ofrecían a Teodoro Norberto Giménez de Luchamán una oferta que no debería rechazar. Una audiencia privada con el General Edward Coldstûrm a cambio de que realizase un informe sobre lo ocurrido en Zarerranu. Después, sería libre de marcharse, no sin antes confirmar que las rocas azuladas que habían aparecido en el lugar del impacto eran las mismas que identificó en el asteroide. Teodoro aprovechó la tediosa explicación para acabarse su almuerzo y echó una mirada fulminante a Margaret.


Imagen: Planet Spaceship Asteroid Wallpapers AM © 2010

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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