Mi vida en Y’Tum

A la luz de las cálidas lámparas de llama salamándrica –una increíble invención de mi primo segundo Malantus Forkley Warwickshire que ahorra hasta en un cincuenta por ciento el consumo de aceite– escribo estas palabras. Entre los ciudadanos de Y’Tum no está bien visto que un no-miembro del Colectivo de Escritores Cualificados practique una actividad exclusiva para ellos, pero este humilde servidor no puede conciliar el sueño y se ha quedado sin actividades de entretenimiento aprobadas por el Colectivo de Aprovechamiento del Tiempo de Ocio. Me he guardado unos cuantos papiros de savia condensada –uno de las geniales ideas de mi progenitor, Rigidus Hobbs Warwickshire, para extender la vida útil de los pocos árboles que quedan en Y’Tum– y me las he apañado para hacerme con tinta saturada de calamar flotante y con una pluma de rondador celeste.

Mi nombre es Excelsus Thornby Warwickshire. Soy un gnomo y he nacido –y vivido, aunque he leído mucho del resto de las tierras– en la metrópolis de Y’Tum, situada en la provincia de Idum Dael, al sur de la Cordillera de Selianda. Nosotros no pertenecemos a ningún reino humano de los que cohabitan en el continente de Taiuhn, pero si tuviésemos que juntarnos con alguna de las otras especies que viven cerca de aquí, lo haríamos con los elfos sin duda. Las pocas interacciones que he tenido con otros fuera de nuestro cortijo personal en Y’Tum han sido, por lo general, bastante negativas. Mi hermana mayor, Adustae Barbellis Warwickshire, suele opinar que nuestra raza fue capaz de desarrollar una inteligencia y una sabiduría superior al resto de habitantes del mundo, y que por eso nos tienen recelo y envidia. He de decir que las suposiciones de mi querida hermanaza no me parecen incorrectas, ni mucho menos, pero creo que su manera de expresarse suele aderezar ese desagrado que, en mi opinión, los gnomos despertamos en los demás.

La vida en nuestra sociedad no es nada fácil. Para muchos humanos, nos pasamos el día encerrados en talleres mientras juntamos piezas metálicas sin ton ni son con el fin de crear algo que estalle. Se podría decir que esa tarea recae sobre el Colectivo de Derrumbamientos, Explosivos y Cráteres, ya que están preparados para socavar y retirar cualquier obstáculo que impida el desarrollo de nuestra tecnología; pero un gnomo hace las tareas que su Colectivo le encarga. Somos criaturas muy ordenadas, ya que si se nos han dado las mentes más brillantes del mundo tenemos que emplearlas para crear algo de provecho. Aunque, ahora que lo pienso mejor, quizás no debería dejar constancia de mi opinión en un escrito. Pero si no lo hago, el tedio volverá a apoderarse de mis sueños…

Mi familia es una de las más prestigiosas en Y’Tum; los Warwickshire hemos sido miembros del Colectivo de Invenciones y Progreso durante más de diez generaciones. Y de los mejores, podría decir. De manos de mi abuelo Excelsus Turbos Warwickshire surgieron los primeros prototipos de rotocópteros y gracias a estas maravillas voladoras la ciudad pudo crecer un poco más –hacia arriba, claro está–. Hemos dado vida a muchos inventos útiles que sin ellos, nuestra existencia sería mucho más complicada, como los autómatas de programación por cavidad para cuidar el ganado o la cosecha, o las asombrosas plantaciones de regadío automático por fotosíntesis sincrética.

Bueno, he de confesar que me incluyo en lo que ha hecho mi familia porque me siento parte de ellos, pero en realidad no he logrado dar con ningún aparato que pueda forjarme un nombre de cara al Colectivo de Invenciones y Progreso. Mi hermano Surcus Jumtei Warwickshire me anima –cuando él tampoco logra dar con su Proyecto Mensual– con palabras de elogio y tranquilidad, pero me temo que jamás podré dar la talla y tarde o temprano mancharé mi apellido.

Admiro de verdad todo lo que los Warwickshire han hecho por Y’Tum. De vez en cuando, me gusta darme un paseo por los barrios menos capacitados de la ciudad, dónde las casas de madera prensada o roca remolida no alcanzan las dos alturas y allí vive la gente que está por detrás de los inventos. A ellos los llamamos Simplones, ya que no son capaces de aportar nada más que su esfuerzo físico a la sociedad ytumita. En el momento en el que un autómata erra en su quehacer, allí estará un Simplón para colocar de nuevo su tarjeta férrea grabada. Cuando los sistemas de tuberías se atascan porque uno de nuestros Sabios Consejeros se ha atiborrado de bayas azules, una tropa de Simplones se encarga de adentrarse en las alcantarillas y dejarlas operativas en menos de lo que suena una Alarma Matinal. Nunca he conocido la necesidad de realizar tareas físicas como hacen estos pobres a los que hemos nombrado Simplones, como si lo que tuviesen que hacer fuese simple, pero visitar sus barrios me reconforta.

Y’Tum es una ciudad extensa, construida sobre un antiguo prado feérico y se ha extendido en un área circular alrededor del Palacio de los Sabios Consejeros. Me han hablado de cómo son las ciudades de los humanos, que están levantadas sin ningún tipo de control y tienen un montón de callejuelas caóticas. En Y’Tum eso no ocurre, ya que cada edificio es preparado, estudiado y diseñado por el Colectivo de Expansión, Vivienda y Negocio; como está formado por los mejores ingenieros y arquitectos, nuestras calles tienen un orden perfecto y son sencillas de navegar. Al menos eso sería lo ideal si los intereses del Colectivo de Comercio, Tiendas, Venta Ambulante e Importaciones no chocasen con los del Colectivo de Expansión, Vivienda y Negocio, ya que los primeros están más interesados en construir almacenes y centros de venta –algún atrevido los ha llegado a llamar centros comerciales– y los otros en que la estructura de Y’Tum sea lo más simétrica posible. Para mí, la vista de grandes edificios, calles rectas, limpias y que gocen de una buena señalización es una de las muchas cosas que me agobian de la ciudad. Al resto de gnomos que conozco no les importa lo más mínimo, de hecho tiene un efecto relajante en ellos. Quizás por eso, cuando me pierdo por los barrios de los Simplones en busca de una buena historia o el simple ruido de los obreros, me encuentro tan a gusto.

Parece que, por lo que acabo de escribir, mi querida Y’Tum no me gusta. Pero eso no es así, estoy muy orgulloso de todos los logros que hemos conseguido acumular por encima de las estructuras simples y de madera de otras razas. Quizás los elfos se acercan a nuestro estilo, pero ellos se preocupan más por la naturaleza que por su propio bienestar.

Nuestro sistema de gobierno es el más avanzado del mundo, ya que cada Colectivo tiene un representante en el Sabio Consejo –excepto los Simplones, porque no saben lo que es la sabiduría– y de ese modo todos ganamos, ya que no es posible que uno de los nuestros apoye decisiones que nos perjudiquen. Por eso estamos tan bien y hemos logrado tantos avances importantes. También he de decir que jamás hemos participado en guerras o enfrentamientos con otros seres. Nos dejan estar y les dejamos estar, aunque sé que ninguno de nuestros Sabios Consejeros dudaría a la hora de soltar a un par de miembros del Colectivo de Derrumbamientos, Explosivos y Cráteres para acabar con cualquier amenaza, por peligrosa que fuese.

Acabo de suspirar con melancolía tras haber revisado este texto. No estoy bien. Desde muy pequeño he podido hacer y sentir cosas que el resto de mis familiares no podían, salvo aquellos que habían decidido unirse al Colectivo de Estudios Arcanos en lugar de formar parte del Colectivo de Invenciones y Progreso, como hemos hecho los demás. Puedo crear hielo al manipular las corrientes arcanas que flotan por el aire como quien respira o estornuda; puedo hacer crecer mis uñas hasta convertirlas en pequeñas cuchillas frígidas. Si el tema sale en las comidas, mi padre me lanza una mirada fulminante y corta la conversación de raíz. Sé que él sabe algo, pero su orgullo como Sabio Consejero le impide contarme la verdad. Ahora me doy cuenta de por qué le he quitado varios papiros de savia condensada y dejo estas palabras aquí escritas.

Uno de mis antepasados se marchó de Y’Tum en busca de un mineral conocido como Cuarzo de Blosgeis. Esta extraña roca –de la que se decía que venía de más allá de las estrellas– tenía el don de congelar los líquidos en el momento en el que la tocasen. Con la idea de crear un aparato que permitiese conservar la comida durante más tiempo e impedir que se pudriese, este gnomo llamado Contentus Synth Warwickshire viajó a lo largo de Taiuhn para encontrar una pieza de aquel mineral fantástico. Años después de su partida, regresó con una belleza de ojos de zafiro y pelo plateado como su consorte. Esta gnoma no era originaria de Y’Tum, pero tras la muerte de su amado no permaneció en la ciudad y se marchó al norte. Esta pequeña pieza olvidada de historia la he encontrado tras rebuscar mucho en la biblioteca de mi padre, pero creo que el viaje de Contentus tiene que ver con mis extrañas capacidades de hielo. Quizás el Cuarzo de Blosgeis afectó de un modo que aún no se ha podido especificar a nuestra familia, pero ninguno de los que ahora viven quieren hablar de ello.

Entre cuadernos de ideas descartadas, dibujos hechos a toda prisa, mapas, planos y esquemas de construcciones alocadas he encontrado una carta firmada por alguien llamado Nagendra Hilvanatémpanos, con remite de la ciudad de Ennius; esta población se encuentra al norte, a varias semanas de viaje de Y’Tum. El escrito, bastante escueto, pedía al patriarca de los Warwickshire destruir todos los inventos de Contentus y asegurarse de que su legado nunca llegase a oídos de los demás ytumitas. Por el estado del pergamino, podría decirse que había sido arrugada pero restaurada después.

Por fin lo he escrito. Si dentro de mí está el secreto del Cuarzo de Blosgeis, tengo que saberlo, pero el Colectivo de Invenciones y Progreso no me lo va a permitir. Quizás he de atreverme a hacer como hizo Contentus hace ciento cincuenta y nueve años y emprender una aventura para desentrañar los secretos que alberga el misterioso éxodo de mi antepasado…

¡Acabo de escribir el prólogo a una de las mayores épicas que se contarán en Y’Tum! Ya lo puedo ver, la cabalgata de recibimiento cuando regrese al Palacio de los Sabios Consejeros con el Cuarzo de Blosgeis y presente mi primer Proyecto Mensual ante la mirada atónita de mi padre y mis hermanos.

¡Será genial!


Imagen: Clock Tower and the City of 1000 Pillars por K. Kanehira

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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