El errante de las estrellas Ocaso Sideral

El errante de las estrellas

Ocaso Sideral

Sé que me has estado buscando a través de varios sectores: los míos son muy esquivos, sin duda. ¿Qué quieres que te diga? No existe un secreto para el futuro, ni un grial precioso que guarde el misterio de la eternidad. Sólo nuestra historia, la de aquellos que nos perdimos por las estrellas hace milenios, el Ocaso Sideral. Toma asiento y escucha, tus ojos refulgen con interés.

“Nuestros mundos se mueren”. Esas fueron las palabras con las que el Gran Emperador se dirigió a sus súbditos el día de su caída en desgracia, y las más sinceras que salieron de un dirigente del imperio desde entonces, hace casi cinco mil años. El tiempo es relativo, pues dependiendo de tu posición en el cuadrante, un segundo significa algo distinto; los que hemos crecido en colonias naturales necesitamos las agujas del reloj o enloquecemos. Sin algo que nos permita medir el tiempo, nos encontramos perdidos, enloquecemos y morimos. Como aquellos mundos de los que hablaba el Gran Emperador

Aunque ya ninguno de nosotros le da autoridad a lo que queda del imperio, sabemos que antaño fue una fuerza impresionante, que envió hacia las estrellas a sus habitantes y conquistó nuevos territorios extraplanares. La ambición, la avaricia y la estupidez no tardaron en expandirse por el universo, consumiendo nuestras reservas de opsio y apagando demasiados soles. Esas palabras del Gran Emperador albergan un significado importante, una metáfora de lo absurdo que puede llegar a ser el cosmos: fíjate, una civilización que encuentra el método ideal para sustituir su viejo planeta gris por una miríada de mundos inexplorados, salvajes, extraños y alienígenas, cae en el colapso porque despreciaron su hogar en pos de lo desconocido.

Sí, esa expresión es la que ponen todos cuando les hablo del Viejo Mundo. ¿Ya has estado, joven? Es un vertedero verdoso en el que es imposible vivir, claro, pero en el pasado estaba salpicado de exuberantes paisajes que quitaban el hipo. Sus océanos eran inmensos, llenos de vida y esperanza… ¿y las zonas heladas? ¡Mis favoritas! No lo apreciaron, y cuando el último cuadrúpedo dejó de respirar, comenzó la agonía del imperio; y del resto de nosotros. Sin el soporte vital que se extraía del Viejo Mundo, la supervivencia más allá de las estrellas se transformó en una utopía, un sueño al que muy pocos podían llegar. ¿Quién iba a decir a los conquistadores del espacio que los frutos de un mundo en declive eran la clave para continuar caminando por el cosmos? Intentaron ocultarlo, arrancar soluciones de dónde no las había, hasta que la mentira fue tan grande como el sol.

¿No te aburro, verdad? A veces me da por hablar de eventos que no he vivido y de lugares en los que no he estado, pero verás. Si no fuese por mi gente, no quedaría ni un ápice del Viejo Mundo, y el olvido llevaría a los supervivientes a repetir los mismos errores. El imperio se esforzó en ser la esperanza que los inocentes necesitaban, el rayo de luz que traería una nueva época de abundancia en nuevos mundos, pero lo cierto es que, si bien las nuevas tierras no eran inhabitables, carecían de componentes esenciales para sustentarnos.

¿Ya lo sabes? Claro, claro. No pongo en duda tu formación, joven. Uno de los grupos más cercanos al Gran Emperador presentó la solución final: un planeta recién creado, en el que la tierra aún ardía con las ascuas del nacimiento, sería el vergel que devolvería la luz perdida en cielos grises. Se celebraron sorteos, festejos y campeonatos a lo largo de toda la galaxia para elegir a los afortunados que pisarían por primera vez el futuro del imperio; por supuesto, el Gran Emperador estaba entre los primeros, listo para aferrarse al poder. La nueva esperanza que iba a iluminar el camino partió en una enorme nave nodriza, tan grande como un satélite extraplanar, y se perdió en el cosmos, sin regresar. La decepción no fue instantánea, con algunos altos cargos del imperio justificando la desaparición de su líder y su séquito, pero en seguida se dieron cuenta de que había sido una mentira. Y hasta nuestros días, el imperio aún intenta recuperar a su líder, dejándole un puesto libre en su satélite principal. ¡Pobres diablos! Ya podrían utilizar esa energía que agotan buscando al viejo en adecentar sus estaciones orbitales…

No me gusta opinar, pero tengo que hacerlo ya que pareces tan interesado. ¿Conoces el cuadrante estelar dónde se encontraba aquel Nuevo Vergel? ¿No? Está en el mismo punto dónde se encuentra uno de los bordes del universo, el Velo Obsidiana; esa nube de partículas púrpuras que consume a cualquiera es una barrera natural para que nosotros, que no fuimos elegidos, no profanemos la tierra prometida. Efectivamente, el Gran Emperador cumplió su palabra y se llevó a unos pocos al Nuevo Vergel. Son sólo suposiciones, pero me imagino ahora cómo sus descendientes viven de forma idílica en un mundo que no sabe lo que hay más allá de las estrellas.

Alegra esa cara, joven, no te vas con las manos vacías. Te he dado esquinazo por decenas de sectores estelares, pero al fin te has hecho un tesoro muy importante. ¿Recuerdas cómo te he hablado del Viejo Mundo? No me lo invento, echa un vistazo a esta pantalla de datos. Fíjate bien. Si te concentras, puedes sentir el barro salpicándote o el viento acariciando tu cara. Son los recuerdos de un tipo que, hace más de cinco mil años, se interesó en guardar sus vivencias para las nuevas generaciones en lugar de matar a sus congéneres para arrebatarles el opsio. ¿Y yo? Lo transmito, como lo harás tú en el futuro. Puede que estemos condenados a vagar por planetas hostiles, pedazos de chatarra tecnológica varada en el cosmos o lunas plateadas carentes de vida, pero aún añoramos el Viejo Mundo. Incluso aquellos como tú, que jamás lo han visto y llevan, en lo más profundo de su corazón, el ansia por volver a correr por una llanura verdosa.

Ahora debes errar por este universo salvaje; tu momento ha llegado. Mi piel es demasiado vieja para sostener estos huesos.


Imagen: Abstract wallpaper en wallup.com

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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