Aventuras de Excelsus

En territorio del Rey Verde

Acabo de tomar asiento en uno de los carros que acompañan a la recua de León. Al parecer, no era el único que necesitaba viajar hasta las tierras de Altoviento y el negocio de este buen hombre no se limitó a mí. Mientras escrito esto, puedo contar once personas más aparte de León y sus cuatro guardias; nuestra pequeña compañía es tan variopinta que se podría decir que todos nos hemos reunido por los caprichosos deseos del azar.

Sin embargo, no puedo evitar tener un nudo en la boca del estómago, ya que entre estos nuevos compañeros se encuentra un gnomo que no tiene pinta de ser ytumita; por sus ropas oscuras y su melena de colores chillones me hace sospechar que jamás ha recibido clases de etiqueta social de mano del Colectivo de Buena Vestimenta, Mejor Apariencia y Modales Sociales. Sin embargo, al igual que he tratado con respeto y cariño a los Simplones de Y’Tum, no debo comportarme de manera distinta con él. Quizás es un Simplón que tomó una decisión similar a la que tomé yo y ha decidido ver mundo. O quizás es un espía contratado por mi padre para hacerme regresar a la Mansión Warwickshire. He de tantear toda la información que pueda.

Parece que todos en este grupo están habituados a viajar en este tipo de trayectos, pero para mí la mera visión de nuestro astro rey Kaeduin al esconderse entre los montes de la Cordillera de Selianda es un tesoro que intento reflejar entre estas palabras y guardar en una pequeña caja metafórica en lo más profundo de mi mente, para que no pueda perderlo jamás; sin embargo, a los demás les da igual que el día acabe o que empiece, parecen seguir un ritmo y unas directrices grabadas en el interior de sus cráneos, al igual que los Autómatas de Mantenimiento Urbano que se encuentran repartidos por mi ciudad para conservar la limpieza y la pulcritud digna de nuestra nación. No quiero parecer grosero, pero tras charlar durante unas horas con la familia de Estela, me temo que los seres humanos son más aburridos que el estudio de las Materias Inexactas y Volátiles.

Estela es una niña de unos cinco o seis años, muy risueña, que desea seguir los pasos de su padre y convertirse en panadera. Por lo que he podido hablar con el buen hombre, han dejado atrás su viejo poblado en busca de una nueva oportunidad en Altoviento. Diario, de verdad he derramado un par de lágrimas al ver la ilusión de este señor con algo tan simple y sencillo, y he deseado por un momento albergar en mi corazón la sencillez de esta familia. Del resto de mis inesperados acompañantes no puedo hablar. Hay una chica, humana, que viaja en cueros junto a una bestia felina de origen desconocido; es tan grande como yo, y tiemblo de miedo cuando me mira con esos ojos felinos, hambrientos y voraces. He intentado mantener una conversación con ella, pero es parca en palabras, aunque he podido discernir un atisbo de timidez, bien oculto entre un ceño fruncido. De los otros no puedo describir nada, salvo que se encuentran en todo momento tapados por túnicas tan negras como el Abismo Crepuscular. No me dan buena espina, así que estoy dando buen uso al camuflador óptico de elementos avergonzantes del primo segundo de mi padre para mantener lejos de sus miradas sombrías mis anotaciones.

En los más hondo de mi imaginación esperaba que esta epopeya en busca del Cuarzo de Blosgeis fuese más heroica. Durante siete días hemos recorrido los caminos más aburridos de todo Idum Dael, sin más vista que campos de cultivo, árboles medio secos -este año el otoño se está extendiendo más de lo que debería- y sólo he sacado en claro que ese tal Buxián es agradable pero sospechoso. Pero yo me pregunto, si ha sido enviado por mi padre para devolverme de nuevo al hogar familiar, no está haciendo demasiado bien su trabajo, puesto que nos estamos alejando cada vez más de Y’Tum.

La chica salvaje, como la llaman los padres de Estela, se encarga de cazar para nosotros. Aunque su mascota da un poco de miedo, en realidad no es más que un enorme gatón peludo de un pelaje tan blanco como la nieve. De verdad que disfruto ese rico asado a la luz del crepúsculos, y sé que esta caravana sería muy diferente si Lylidae no nos hubiese acompañado. En mi entrada anterior me quejé de los humanos, pero he de ser un sentimental; mi hermana siempre me lo dijo, la perfecta Adustae Barbellis Warwickshire. No estaba hecho para inventar, si no para sentir. Sus palabras y cómo me las tomé fueron una terrible decepción para padre, pero no quiero dejarlo por escrito.

Por primera vez desde que salimos de Cristárbol nos hemos topado con un contratiempo: algún desalmado ha dejado una buena cantidad de troncos recién cortados en mitad del camino, por lo que nos han estropeado la caminata por lo que queda de día. León y sus hombres se han puesto a intentar retirar la madera, pero los hombres encapuchados y silenciosos no han tenido una pizca de paciencia: se han bajado de la caravana y han continuado el camino a pie… ellos sabrán.

Es la primera vez en un día que me siento otra vez a relatar mis aventuras. Quizás no debería ser tan divertido, ya que lo que he vivido en estas últimas horas ha sido producto de una pesadilla o de una de las mejores piezas de terror del Colectivo de Escritores Cualificados. Estela y sus padres… están muertos, al igual que León y sus hombres. Para que sus vidas no caigan en el olvido, he de relatar las circunstancias que nos llevaron a presenciar su terrible sino.

La pequeña Estela se envenenó con un arbusto de bayas que encontró cerca del camino. El jefe León había decidido que acampásemos, ya que estaba anocheciendo y sus hombres se encontraban cansados. Cuando descubrimos a la joven intoxicada, Lylidae en seguida averiguó cómo elaborar un antídoto, pero necesitaba encontrar las hierbas necesarias. Yo me ofrecí, sin dudarlo, a buscar tales hierbajos; sin embargo, Buxián debió contagiarse de mi efusividad y comenzó a seguirnos entre los árboles teñidos de naranja por el menguante otoño. Caminábamos a una distancia prudencial, puesto que aparte de compartir orígenes, la bestia felina de la joven Lylidae nos aterraba por igual.

No nos demoramos ni media hora hasta que localizamos los susodichos ingredientes del antídoto, no sin ser atacados por unos repugnantes insectos ardientes. En ese momento me pregunté quién era el responsable de estos bosques, pero ahora me tiembla la mano al escribir esta pregunta. ¡Pero he de dejarlo relatado, por Estela y su familia!

Como ya he afirmado en mis anteriores entradas, muy pocos gnomos viajan más allá de Y’Tum y menos se convierten en aventureros errantes. Mi primera experiencia, esta que estoy compartiendo con el lector, ya me ha hecho replantearme si en lugar de perder el tiempo en busca de Nagendra Hilvanatémpanos y sus asuntos en Ennius, lo mejor sería regresar a Y’Tum, pedir perdón y seguir con la funesta complacencia a los Warwickshire.

Con el bebedizo en la alforja de Lylidae, regresamos al campamento con la sensación de haber hecho un trabajo espectacular. Ni siquiera en mis mejores momentos en el Colectivo de Invenciones y Progreso llegué a sentir algo así, pero mi gozo duraría poco. Desconozco si es por el estilo de vida que han llevado, pero algo me hace temer que mis dos nuevos compañeros ya han experimentado demasiadas pérdidas. Para mí, eran las primeras y fue algo terrible. El desasosiego era indescriptible. Y aún lo siento, arañándome la nuca y erizándome el vello de la barba.

Unos asaltantes desconocidos, de los cuales daríamos cuenta más adelante, habían masacrado a nuestros acompañantes de caravana. A León lo habían ahorcado en el árbol cercano al campamento, dónde habíamos apoyado las bolsas y el material. Un papel pintarrajeado estaba clavado en su pecho: “EZTAIZ EN TERRITORIO DEL REI BERDE”. El papel original, aún con la sangre, lo he añadido a este diario para recordar la vida de este heroico viajero: León, el dueño de la caravana de Cristárbol a Altoviento.

Estela había sido decapitada y su pequeño cuerpo yacía a varios metros, separado de su cabeza y de sus padres, que habían sido apuñalados repetidas veces… no puedo describir la escena más.

Para mí, un ciudadano de Y’Tum que aprecia la vida y la conservación de la misma, este acto es reprobable y despreciable. Tras el shock, Buxián descubrió una pista que nos llevó hacia los repugnantes asesinos. Según Lylidae, hubiese sido imposible no darse cuenta, pero creo que yo aún carezco de madera de viajero para poder saber esas cosas. En lo más profundo del bosque, en un claro artificial producto de la tala y la destrucción que provocaban estos seres, nos encontramos con un campamento de sucios y apestosos goblins. Estaban dirigidos por un infame y malvado orco, que ataviado con su corona de bronce mellado y su capa sucia y verdosa, respondía al nombre del Rey Verde.

Me ardía la sangre y quise asaltar la guarida de estos malandrines haciendo alarde de mis misteriosos poderes arcanos, pero Lylidae y Buxián insistieron en que teníamos que infiltrarnos y acabar con ellos uno por uno, en silencio. No apruebo tales tácticas, pues las considero carentes de honor, pero tras ver su efectividad, no pude decir que no. Después de todo, he huido de mis responsabilidades en Y’Tum, pero no quiero acabar apuñalado en un bosque olvidado de Idum Dael.

Nos abrimos paso a través del campamento goblin, aprovechando sus puntos débiles y su completa falta de atención a detalles evidentes. A pesar de que Buxián parece carecer de talento para la magia arcana, no se le da nada mal despertar los trucos naturales de los que gozamos los gnomos. Gracias a nuestras artes ilusorias, conseguimos diezmar a varios pieles-verdes asesinos y miserables, pero cuando alcanzamos el trono de su líder, nos percatamos de que había puesto pies en polvorosa. El Rey Verde escapó, aprovechándose de que sus secuaces goblin estaban peleando contra nosotros.

Me decepcionó no poder acabar con la amenaza de aquel ser estúpido y egoísta. Lylidae y Buxián, por otra parte, recuperaron los objetos que los goblins habían robado de nuestra caravana y decidieron continuar hasta Altoviento a pie. Les rogué que me ayudasen a dar un entierro digno a los damnificados por el Rey Verde, pero como eran varios cuerpos, Buxián propuso hacer una pira funeraria.

Escribo esto mientras los cuerpos arden bajo el cielo estrellado de otoño. Es una visión sobrecogedora, que asfixia mi esperanza y me aprieta la garganta. Quizás es mejor que vuelva a Y’Tum. ¿O debería seguir junto a Buxián y Lylidae hasta que lleguemos a Altoviento? Quizás en el futuro me vea envuelto en más asesinatos y crueldad; es posible que más allá de la Cordillera de Selianda haya seres peores que el Rey Verde.

En el extenso tomo del Auge y caída de Aldorian Tusk se relata cómo sus aliados y el propio Aldorian se vuelven más y más violentos por culpa de hombres malvados y egoístas. Releo las anteriores entradas de mi diario y me pregunto por qué he comenzado este viaje.

Voy a seguir con Lylidae y Buxián. Voy a averiguar quién es Nagendra, por la pequeña Estela, que sonreía cuando le decía que yo iba a ser un mago muy poderoso. Regresaré a Y’Tum con el Cuarzo de Blosgeis y el secreto de mi antepasado Contentus Synth Warkwickshire.


Imagen: Fat Orc por jameszapata

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

TwitterFacebookPinterestYouTube

Deja un comentario