La condena del Indolente

La condena del Indolente

Ocaso Sideral

El resplandor verdoso procedente de la espada de luz le cegó durante unos instantes. Aguantó la respiración mientras el filo de plasma le acariciaba el cuello y galvanizaba parte de su piel expuesta, pero no perdió la compostura mientras su antiguo maestro. El ídolo al que había colocado en un pedestal metafórico, se jactaba de su evidente y nefasta corrupción.

– Ah, la virtud. El emblema imaginario que nos plantó Jan hace siglos y que nos ha obligado a vagar por el universo sin rumbo. ¿Ves en mí a alguien virtuoso? – el hombre, ataviado con una túnica harapienta de color gris y con un aspecto desastroso, negó con la cabeza. – Te di una nueva oportunidad cuando los demás te la negaron. No me obligues a ejecutarte.

Las palabras del anciano resonaron por la cavernosa estancia en la que se encontraban. El joven le había perseguido por todo el cuadrante, hasta que pudo emboscarlo en una mina orbital. Las luces de servicio titilaban tenuemente, iluminando a duras penas la escena entre aquellos dos enemigos. A pesar de que creía no albergar dudas, el viejo tragó saliva en espera de una respuesta. Dichos momentos se diluyeron en sintonía con la tensión del ambiente, mientras los recuerdos inundaban su memoria.

Cuatro décadas atrás, en las superpobladas calles del planeta Jellanem II, el que era conocido como Nehin Rumina recorría los suburbios en busca de un peligroso criminal. La expansión inmobiliaria de Jellanem había facilitado la creación de nuevos núcleos urbanos, y dicha prosperidad había atraído lo peor de lo peor del Imperio.

Rumina pertenecía a la secta de los errantes, una agrupación de ascetas y pensadores que habían dominado un arte marcial mística, mezcla de disciplina y fuerza de voluntad, y viajaban a lo largo y ancho de las estrellas para llevar paz y armonía a la humanidad. Muchos les veían como poco más que monjes armados, poseedores de un secreto armamentístico y abotargados con supuesta sabiduría de jardín, mientras que otros apreciaban el trabajo voluntario que realizaban para con la sociedad.

Los errantes eran una pieza clave del Imperio: unos pocos miembros colaboraban activamente con la cúpula dirigente como agentes libres para mantener el status quo. La presencia de uno de ellos en las zonas más pobres de una población significaba problemas, y eso Rumina lo sabía.

No tardó demasiado en localizar a su objetivo: Gahim Solasta, un cíborg narcotraficante que había estado haciendo su agosto vendiendo medicamentos, para tratar la repulsión a los implantes cibernéticos, de forma ilegal y adulterada. El sinvergüenza no tardó en querer escabullirse por los callejones, pero la técnica de un errante es imbatible; atrapado entre la espada esmeralda de Rumina y un camino sin salida, el cobarde agarró a un niño cercano como rehén y amenazó con clavar su monocuchillo en sus entrañas si no le dejaba marchar.

En lugar de asustarse por las palabras del criminal, aquel infante aprovechó la situación para golpear en las partes nobles de Solasta y ofrecer así la oportunidad a Rumina de incapacitarlo. Con el cuerpo del narcotraficante en el suelo, el errante agradeció la ayuda recibida, pero la valentía no tardó en convertirse en súplicas: los callejones de Ciudad Comercial IV, en Jellanem II, solo proveían hambre y sufrimiento; como aprendiz de Nehin Rumina, aquel joven podría aspirar a un futuro prometedor.

Y así fue como su pupilo llegó a comprender los preceptos del errante y se convirtió en un individuo destacable en sus filas. Las memorias dejaron de arremolinarse y Rumina, que se había vuelto desencantado y desidioso con la causa, intentó decapitar a su viejo aliado. Pero esa persona, que había vivido tanto junto a su querido maestro, paró el impacto del arma láser con su propia espada, mostrando una determinación que Rumina nunca había visto.

– Maestro, mi voluntad está a tu servicio, no al de los errantes de Jan. Aun no entiendo tu decisión, pero si no me apartas de tu lado podré hacerlo. Déjame viajar junto a ti y comprender tus nuevos poderes.

Tal bravuconada no era de extrañar, pero el viejo errante ya había tomado una decisión. Sabía, desde el principio, que su traición no iba a pasar desapercibida, y que su alumno iba a buscarlo por toda la galaxia. Tenía a sus pies la última pieza del ritual, y solo tenía que colocarla. En silencio, Rumina clavó su espada brillante en el pecho de su pupilo mientras las lágrimas no paraban de brotar; el cuerpo inerte se desplomó en el suelo pedregoso sin ceremonia alguna, a la vez que la esencia vital aparecía como un espectro luminoso. Antes de absorberla mediante su arma de luz, la siniestra figura que había presenciado toda la escena en las sombras se acercó lentamente a Nehin Rumina.

– Su valentía era admirable. Nefasto es que sea tu sacrificio. Ahora disfruta el poder: tus esfuerzos han sido recompensados. Pero no te duermas, aún quedan muchos que devorar antes del Ocaso Sideral.

La esencia del aprendiz fue consumida por el corrupto espíritu de Rumina; a medida que la energía vital se adhería a su aura, el antiguo errante supo que había comenzado un camino que ya no tenía vuelta atrás. Su rol como mentor finalizó, y ahora debía obedecer a su nuevo maestro. La figura sombría que estaba a sus espaldas carcajeó cuando se puso de rodillas y rogó que lo acogiese como su aprendiz.

– Tu súplica es muy similar a la que hizo tu pupilo antes de morir. Me gusta. Tu corazón es tan negro como las profundidades del espacio. Tu mente es corrupta como mis venas. Te acepto como indolente, Nehin Rumina. – entre las sombras apareció una sonrisa amarillenta, con varios dientes podridos y rodeada por una piel violeta y agrietada. – Pero deberás dejar atrás tu nombre. Al igual que yo renuncié al mío, tú serás ahora Miseria, discípulo de Agnosia.

Un escalofrío recorrió la espalda de Miseria, quizás por temor. O puede que porque las emociones abandonaban su cuerpo.


Imagen: duality por Lucas Parolin.

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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