Redes de virtud

Redes de virtud

Relatos de Heaven’s Gate

Se hizo el silencio tras el centenar de disparos que atravesaron su pecho, en forma Lilian. Escuchó los gritos desgarradores de la Reina Ananasa en su mente, insultándola y acusándola de traidora a sus deseos. Valeria tan sólo miró a los ojos del asesino que ordenó su ejecución, uno de los mandamases del clan que arruinó su vida, el que puso aquella misteriosa joya de color rojo en su poder; Henry Beret dio la orden de alto el fuego a su equipo. Los soldados, entrenados exclusivamente para tratar con seres sobrenaturales, dejaron paso a su jefe, que se puso a la altura de la Ananasi fusilada. Aún permanecía con su cuerpo convertido en una araña-centauro, lo que significa que quedaba un hilo de vida en ella. Pero la sangre estaba manando deprisa por las heridas de bala; a Valeria no le quedaba mucho.

– Nos has ayudado mucho, Parhon. – dijo Henry, acariciando la cara desencajada de la mujer araña. El cuerpo de ésta empezó a cambiar a su forma humana. – Puedo darte sangre vampírica para que te recuperes. Lo veo en tus ojos, no quieres morir.

– Tu… tus maquinaciones, perro… Voy al regazo de mi Reina… – balbuceó Valeria entre espasmos de dolor. Agarró débilmente el brazo de Henry con su mano derecha. – O… ojalá… sufras… antes… antes de caer… Beret… ¡¡BEEERET!! – con sus últimas fuerzas, escupió un espeso gargajo sanguinolento sobre la cara de Henry; éste reaccionó rápidamente volándole la cabeza con su 9mm. El aullido de la Reina Ananasa dejó de resonar y Valeria cayó en el blanco de la nada. El Garou ordenó a su equipo de asalto que avisase al Departamento de Información y Seguridad de su clan, la Justicia Metálica, para que recogiesen el cuerpo y reparasen los daños que la Ananasi y su grupo de Fêras rebeldes habían causado a su rascacielos de Salt Lake City.

«Ahora duerme, hija mía. Has conseguido algo valioso para tu Reina, y ella te acogerá en su seno.» La concepción de Valeria Parhon fue una sorpresa. Familia de buena cuna en la ciudad rumana de Bucarest, el nacimiento de la pequeña iluminó las vidas de sus padres. Como la joven pudo comprobar en su adolescencia, el espíritu de Ananasa se mantenía latente en la sangre de su familia desde hacía varias generaciones. Su progenitor ignoraba cualquier información de los hombres araña, pero el Primer Cambio de Valeria fue lento y progresivo, alargándose más de un año. Esto pudo permitir a su raza localizarla a tiempo, en su pequeña casa de la ciudad de Santander, en España. Los padres de Valeria se habían traslado después de que el negocio de cadenas alimentarias de Rumanía cayese en bancarrota; y la madre de Valeria, Martina Parhon, tenía familia viviendo por el lugar y conocían contactos que pudiesen ofrecerles trabajo.

El mentor que envió Ananasa a hacerse cargo de su nueva chiquilla, Frederick Hall, un taciturno hombre de negocios con raíces americanas, no agradó a Valeria. Pero agradecería la enseñanza después de devorar a sus padres en silencio, mientras dormían. El primer cambio de un Ananasi no es explosivo como el de un Garou. La araña se va apoderando de las extremidades, quizás una pata peluda de dos metros emerge de la caja torácica o una enorme cantidad de ojos surgen a los lados de la cabeza. Y el hambre de sangre lleva al Ananasi a alimentarse de lo primero que encuentre. Aquella noche de primavera sirvió a Valeria de aprendizaje para deshacerse de cadáveres. Frederick se molestó en cubrir la repentina desaparición de los señores Parhon, y cómo designaron adecuadamente su herencia a una entidad benéfica bajo el control de su organización. En ese momento, la chica-araña ignoraba completamente qué se traía entre manos su mentor.

Tras sumergirse en su propia Umbra, en el Nido que todo Ananasi posee para entrar en comunión con su reina, Valeria decidió seguir su vida humana, dejando su naturaleza cambiante a un lado. Esta decisión fue extraña y molesta para Frederick, pues no comprendía por qué un dahmàn como él elegiría una existencia mundana y plagada de trivialidades; Frederick quería que Valeria entregase sus habilidades recién descubiertas a la Reina Ananasa, antes de que ésta les destruyese por rebeldes. El espíritu de las arañas fue sincero con su nueva sierva; y Valeria dejó de lado sus deseos. Durante el tiempo que pasó con Frederick, cumpliendo los encargos de su Reina, lo único que ansiaba es que algún Garou les desmembrase, o que un almacén, de tantos que ya había saboteado, explotase con ellos dentro. Valeria odiaba a Frederick de igual manera que a su Reina, por haberla privado de su interés por la sociedad humana. «Pero un Ananasi tiene que servir los dictámenes de la Reina Ananasa, y llevar su legado en la tierra. »

Los meses pasaron, tejiendo con monotonía las tareas repetitivas. De vez en cuando, el mentor de Valeria abandonaba la región para dirigirse a reuniones importantes en Estados Unidos. La joven no conocía a otros Ananasi para contrastar, pero había sentido la llamada de algunos al sur del país.

Aprovechando la ausencia de Frederick, Valeria comenzó a preparar un viaje hacia otras provincias, pero la casualidad quiso que se diese de bruces con un Garou, uno de los seres que su mentor temía. El hombre lobo, de rostro joven pero rudo y pelo cano teñido con marcas azules, se presentó como Rufus Sentinel, miembro del clan Viento de Acero. «Ellos serán amigos que compartan sus experiencias, sus motivaciones.» El Garou poseía habilidades espirituales que le permitían discernir la verdadera naturaleza de una persona, y el uso de este Don le llevó a reconocer a Valeria como una Ananasi. Le propuso una alianza de conveniencia: él necesitaba las habilidades de la Ananasi y quizás formar una amistad con su raza, y Valeria quería ver una visión diferente a la que le daba Frederick.

A la vuelta de sus negocios, la noticia de la repentina visita del Garou a Valeria impactó por completo a Frederick. Por su mente pasó la horrible visión de su Reina consumiendo sus entrañas, por haber fallado como mentor y haber permitido que su pupila investigase más de lo debido por su cuenta. Intentó razonar con ella, diciéndole que los hombres lobo habían intentado extinguir a su raza simplemente por pensar de manera diferente, pero Valeria seguía firme en su decisión.

– Por favor, ¿eres consciente de lo que haces? – dijo Frederick en su típico tono monótono. Sus ojos marrones y vacíos se clavaban en los claros de su alumna. – Ese hombre, Rufus, pertenece a una organización perseguida en los Estados Unidos. Si te alías con ellos, te podrán asesinar en cualquier callejón. – hizo una pausa y tragó saliva. – Y estarías ignorando la voluntad de nuestra Reina Ananasa.

– No me importa su procedencia, Fred. Estoy agotada de perseguir a personas por todo el norte de España y capturarlos porque “son peligrosos para nuestra raza”. – se cruzó de brazos. – Rufus me va a permitir investigar por mi cuenta, ofreciéndome un espacio donde redactar mis tesis. ¿No comprendes que el pensamiento humano va más allá de cumplir órdenes?

– ¿Más allá? Valeria, eres una de las hijas de Ananasa. Tu naturaleza consiste en reparar la gran red de nuestra madre. ¿Por qué pones en duda mis órdenes?

– Porque no conozco a ninguno más que tú. Y yo quiero ver la verdad. – se dio la vuelta y subió a su habitación, empezando a empaquetar sus cosas. El traslado hacia la base de Rufus sería rápido, situada en una ciudad cercana a Bilbao. El mentor de Valeria expresó su enfado, advirtiéndola que su relación con los Garou le saldría cara.

La transición de estar a las órdenes de Frederick a sentirse miembro del Viento de Acero sentó bien a Valeria, aunque su personalidad cambió significativamente. El líder del clan, un fornido semicyborg Garou llamado Custod Aeson, de pelo grisáceo y músculos que se notaban a través del traje, apreció la espontánea colaboración de Valeria con su causa, y le asignó la tarea de educar a los nuevos Garou que fuesen a entrar al clan. Esto le permitió conocer más la mente de otras criaturas, como era la violenta personalidad de los Garou. Utilizó estos conocimientos para realizar una tesis sobre trastornos importantes que sufrían los Fêra al pasar por el Primer Cambio. Nada de utilidad para Frederick o para el Viento de Acero, pero que le servía como nexo para mantenerse viva. Valeria quería conocer el por qué de todas las acciones de los humanos, qué sentimientos les motivaban a realizar tal o cual cosa. Lo que no sabía es que Ananasa ya había hilado nuevas redes para las virtudes de su hija, aprovechándose de su repentino cambio de intereses.

Valeria se ganó una fama de persona fría y seca entre sus aliados del Viento de Acero; pese a todo, Custod la tenía en cuenta por la forma tan profesional de llevar a cabo sus misiones. Su actitud le granjeó cierta enemistad con dos Garou en concreto, una Galliard Fianna y una Philodox de los Hijos de Gaia. «Descontroladas, me tienen rencor por lo que hice, sin pensar en que fue lo mejor.» Estas personas criticaban el trabajo que hacía Valeria, tildándola de insensible y peligrosa para los nuevos cachorros; sin embargo, la joven Ananasi demostró que sus cualidades como adiestradora eran más que necesarias para el clan, y, poco a poco, la enemistad terminó convirtiéndose en rivalidad. Ella no hablaba con ellas y mantenían sus asuntos a un lado.

Pasó el tiempo y su maestro nunca más volvió a tratar con ella. Había desaparecido de la ciudad en la que vivía sin dejar rastro. Ella no le echó de menos; quizás nunca volvería a echar de menos a alguien, porque no había sentido nada el día que devoró a sus padres. Ni cuando seducía a hombres para alimentarse de ellos, ni al expresar su opinión sobre la mala praxis de sus pupilos. Adiestraba a los nuevos hombres lobo en enseñanzas Garou, empapándose en información que no pertenecía a su raza. Y los Garou se lo agradecían, intercambiando datos importantes para ellos mismos y que, por lógica, ningún otro Fêra debería saber.

Meditando en su nido, Valeria tuvo una revelación por parte de Ananasa. Ella, joven y aún inexperta, llevaría una gran noticia a su raza, permitiendo al resto de sus congéneres Ananasi encontrar el método para traer a la Reina Ananasa de nuevo al plano material, liberándola de su prisión en Malfeas. Valeria no supo qué sentimiento aflorar, quedándose aturdida. La misión que Rufus le asignó al día siguiente liberó algo de sus pesares, pues fue enviada al país de Dinamarca para forjar una alianza con un clan de Copenhague. Sus acompañantes no hablaron con ella en todo el viaje, salvo por la inocente Ragabash que se había unido hacía pocas semanas. Los otros dos, la Philodox reconvertida a Moradora del Cristal y su amante, otro Garou del mismo auspicio y tribu, odiaban a Valeria por haber revelado su secreto: un Garou no puede aparearse con otro Garou; y ellos lo habían hecho repetidas veces, a sabiendas. La sutil intervención de otro Morador del Cristal, con sus utensilios de la Tejedora había permitido que el bebé no saliese deforme, como todos los Metis. Valeria sólo había cumplido la ley que ellos, siendo Philodox, habían violado de manera insensata. «Está bien. Ellos no sabían dónde habían pisado, tú se lo dijiste.»

Debido a un repentino frenesí sangriento entre un miembro del líder del grupo, los líderes Garou de Copenhague pospusieron la reunión. Tampoco ayudó que un representante del clan americano Justicia Metálica interrogase a la Philodox reconvertida, mostrando sus intenciones de anexionar las manadas danesas. Valeria recibió la orden de Custod de abandonar la zona; los otros dos Garou iban a permanecer en el clan danés, esperando formar una alianza de interés.

Al regresar de la misión, Valeria se tumbó sobre su cama. Tenía un pequeño piso a las afueras de la ciudad de Bilbao muy minimalista y discreto. Pensó en lo que había sucedido, flotando sobre ideas mal utilizadas y sintiendo una ansiedad inexplicable. Se sentó sobre el retrete, con la ropa interior por los tobillos, muy mareada. El recuerdo de las palabras que Ananasa le susurró hizo que su cabeza diese vueltas hasta el punto de vomitar. Cuando recuperó la compostura, se percató de un sonido nítido, bajo y casi imperceptible que venía de la mesa del recibidor; se aclaró la cara y caminó lentamente hasta el origen del ruido: un elaborado anillo de oro coronado por un rubí brillante y atrayente. Los ojos de Valeria no se separaron de la visión de tan elaborada joya, mientras recogía la carta manuscrita que estaba al lado:

“Saludos, Valeria:

Sé que nuestra relación fue estricta y no pudimos conocernos mejor. Pero he pensado que quizás podrías ayudarme y forjar de nuevo una amistad. Ya no como maestro y alumna, sino como hijos de Ananasa y aliados por un bien común.

Como muestra de agradecimiento, acepta por favor esta pequeña joya que he encontrado en mis viajes. Es un anillo de rubí, tu joya favorita.

Espero tu llamada, Frederick Hall”

La Ananasi arrugó la carta una vez acabó de leerla. Apretó tan fuertemente sus dedos que se hizo sangre, manchando el papel arrugado. El leve sonido que escuchaba empezó a hacerse más fuerte, haciendo que desease el anillo. Lo cogió con delicadeza y lo deslizó por su dedo corazón; encajaba perfectamente, al igual que la magia que guardaba dentro. Valeria se sometió al reinado del Pulso Carmesí, siendo el Sirviente del Rey del Anillo Henry Beret. Las ideas de Valeria cambiaron, permitiéndole ver el mundo de una manera “diferente”. Al mismo tiempo, la red de virtud que Ananasa había tejido para ella fue destruida, dejándola sin la vigilancia de su Reina para siempre.

«El vínculo está roto, el vínculo está roto. Vuelve a mis brazos, vuelve a mis brazos.»


Imagen: Demi Lovato crying

Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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