Tras las Puertas del Cielo

Tras las Puertas del Cielo

La mayor parte del tiempo que he invertido en sentarme frente a mis jugadores para narrarles situaciones ficticias, ha sido entre los confines del Mundo de Tinieblas. En mi juventud, junto a otros conocidos, obtuve mi primer manual de rol: Vampiro: Edad Oscura y fui elegido como el narrador de las aventuras que íbamos a vivir en esa ambientación. He de admitir que aquellas sesiones distaban bastante de ser lo que Edad Oscura afirmaba en su sinopsis, pero creo que cualquier comienzo tiene una cantidad adecuada de vergüenza, ya sea por la ejecución, la idea o un todo en general.

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Gigatónico

Gigatónico

Los resultados del Proyecto del doctor Geistenheim no tardaron en llegar; la operación era un éxito rotundo. Con el fin de minimizar riesgos, el científico desarrolló un “contra-suero” que eliminaba las habilidades especiales otorgadas por el Truñotónico. Aunque el efecto era temporal, exigió que tras varias dosis el efecto fuese permanente. Sin saber que esto podría volverse en su contra, se enorgulleció cuando el Anulador X cobró forma. Mientras repasaba uno a uno sus éxitos, Teodoro estaba espatarrado en su despacho; entre sus piernas se encontraba su esclava personal, carente de voluntad. Le daba igual: la familia de la joven pensaba que estaba en un país del extranjero auspiciada por una beca similar al Erasmus. En cuanto se aburriese de ella, la devolvería a sus padres; quizás encontraría utilidad en algún prostíbulo de mala muerte.

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Vaiel

Vaiel

Leyenda

El nacimiento de la abominable y bella criatura conocida como Vaiel se remonta al ocaso de los tiempos cuando las tierras y los océanos eran jóvenes y putrefactos; antes de que los primitivos mortales se transformasen en seres sentientes, y mucho antes de que se disipase la inmensa nube oscura de humo negro que cubría los cielos; en un valle remoto de la geografía antigua, entre montañas olvidadas cubiertas de nieve gris, se dice que una criatura prehumana de ojos blanquecinos como el hueso y con un millar de plumas que surgían de su espalda, emergió de las cavernas para atormentar a los habitantes de aquella región. Excavaron en lo más profundo de la piedra en busca de minerales y riquezas, pero se dieron de bruces con una entidad tan antigua como la corteza terrestre, que fue encerrada en las entrañas del planeta eones atrás por seres más allá de la comprensión mortal.

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Salida de emergencia

Salida de emergencia

En el reflejo de la ventana se podía ver con total claridad lo que ocurría en las calles. Varias personas reunidas bajo el mismo objetivo, aunque éste fuese equívoco; pero la determinación y las ansias de tener la razón vencían la lucha contra la lógica. Recorrió inquieto las estancias de la casa, que días atrás adquirió con la ilusión del primerizo, e intentó recordar los motivos que le arrastraron a esa conclusión. Los gritos, las proclamas y el estruendo le impedían pensar con claridad, así que cerró la ventana de un golpetazo. El impacto de metal contra metal le envió de nuevo a la realidad; suspiró. La peste que venía de la habitación principal inundó sus fosas nasales, un olor repleto de inmundicia y vergüenza que suplicaba traer de nuevo la ventilación, pero la calle no callaba.

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Calles azules

Calles azules

El implacable sol de verano caía con fuerza sobre la ciudad de Alcantarilla aquel verano del ochenta y nueve mientras dos chavales, ignorantes de lo que les iba a deparar el futuro, corrían de un lado para otro enfrascados en juegos inocentes. El más pequeño de ellos se llamaba Pedro Bocartes y sus padres eran los heroinómanos más repugnantes de la urbe, pero él no dejaba que la miserable situación de su hogar le quitase la sonrisa. A su lado, se encontraba el pequeño de los Giménez de Luchamán, un rechoncho Teodoro que disfrutaba de una pizca de libertad lejos de los muros de la hacienda familiar. La cuidadora del joven, una cuarentona que respondía al nombre de Bernarda, observaba que el señorito no se magullase al mismo tiempo que intercambiaba cuchicheos y habladurías con las verduleras que frecuentaban el Parque de Luis Fernando IV. Se decía que Bernarda continuaba en su puesto porque compartía sábanas con el buen señor Giménez cuando la señora de Luchamán pasaba horas en la consulta del psicólogo, pero tales chismorreos nunca llegaban a oídos de la interesada. Los chavales, ajenos a los tejemanejes de los adultos, se esforzaban en meter un balón de plástico entre dos palos de madera mientras soñaban con ser futbolistas o presentadores de televisión.

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