Vaiel

Vaiel

Leyenda

El nacimiento de la abominable y bella criatura conocida como Vaiel se remonta al ocaso de los tiempos cuando las tierras y los océanos eran jóvenes y putrefactos; antes de que los primitivos mortales se transformasen en seres sentientes, y mucho antes de que se disipase la inmensa nube oscura de humo negro que cubría los cielos; en un valle remoto de la geografía antigua, entre montañas olvidadas cubiertas de nieve gris, se dice que una criatura prehumana de ojos blanquecinos como el hueso y con un millar de plumas que surgían de su espalda, emergió de las cavernas para atormentar a los habitantes de aquella región. Excavaron en lo más profundo de la piedra en busca de minerales y riquezas, pero se dieron de bruces con una entidad tan antigua como la corteza terrestre, que fue encerrada en las entrañas del planeta eones atrás por seres más allá de la comprensión mortal.

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Salida de emergencia

Salida de emergencia

En el reflejo de la ventana se podía ver con total claridad lo que ocurría en las calles. Varias personas reunidas bajo el mismo objetivo, aunque éste fuese equívoco; pero la determinación y las ansias de tener la razón vencían la lucha contra la lógica. Recorrió inquieto las estancias de la casa, que días atrás adquirió con la ilusión del primerizo, e intentó recordar los motivos que le arrastraron a esa conclusión. Los gritos, las proclamas y el estruendo le impedían pensar con claridad, así que cerró la ventana de un golpetazo. El impacto de metal contra metal le envió de nuevo a la realidad; suspiró. La peste que venía de la habitación principal inundó sus fosas nasales, un olor repleto de inmundicia y vergüenza que suplicaba traer de nuevo la ventilación, pero la calle no callaba.

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Calles azules

Calles azules

El implacable sol de verano caía con fuerza sobre la ciudad de Alcantarilla aquel verano del ochenta y nueve mientras dos chavales, ignorantes de lo que les iba a deparar el futuro, corrían de un lado para otro enfrascados en juegos inocentes. El más pequeño de ellos se llamaba Pedro Bocartes y sus padres eran los heroinómanos más repugnantes de la urbe, pero él no dejaba que la miserable situación de su hogar le quitase la sonrisa. A su lado, se encontraba el pequeño de los Giménez de Luchamán, un rechoncho Teodoro que disfrutaba de una pizca de libertad lejos de los muros de la hacienda familiar. La cuidadora del joven, una cuarentona que respondía al nombre de Bernarda, observaba que el señorito no se magullase al mismo tiempo que intercambiaba cuchicheos y habladurías con las verduleras que frecuentaban el Parque de Luis Fernando IV. Se decía que Bernarda continuaba en su puesto porque compartía sábanas con el buen señor Giménez cuando la señora de Luchamán pasaba horas en la consulta del psicólogo, pero tales chismorreos nunca llegaban a oídos de la interesada. Los chavales, ajenos a los tejemanejes de los adultos, se esforzaban en meter un balón de plástico entre dos palos de madera mientras soñaban con ser futbolistas o presentadores de televisión.

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Nastala

Nastala

Leyenda

Los secretos de las artes arcanas han estado en manos de los mortales desde que el mundo era un erial ardiente. Los primeros conjuros que se pronunciaron en lengua arcaica tejieron maravillas, separaron las tierras y dieron forma a monstruosidades ignotas; sin embargo, la inmensa y caótica red de energía mística que servía como combustible a los primitivos hechizos y rituales comenzó a desgarrarse con cada abuso. Los espíritus poderosos que regían sobre ciertas regiones empezaron a preocuparse con las continuas catástrofes propiciadas por el uso descontrolado de la magia, pero no hacían nada salvo observar. Su naturaleza pasiva les impedía intervenir en los asuntos de los mortales a pesar de que la misma urdimbre que les daba vida se encontraba en peligro.

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Cocky

Cocky

Desde que tengo uso de razón, el viejo Cocky ha sido igual de viejo. De largo y espeso pelaje gris, cara achatada y voz grave y profunda, en seguida te exige que no le molestes. Pero, tras ese velo mezcla de hostilidad y ceños fruncidos, uno se da cuenta de que su dolor es tan profundo como el bosque más antiguo y primitivo. Su nombre evoca palabras olvidadas para los nuestros, pues fue bautizado cuando todavía no escribíamos. Cocky no ha aprendido a escribir, dice que con saber dónde ha de dormir y dónde ha de dejar la pesca, es suficiente.

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