Cuando la Corporación Helix llegó al sistema Helvar, lo hizo atraída por un descubrimiento que habría parecido una estupidez de no estar respaldado por varios equipos de xenobiólogos. Helvar III estaba muerto, pero no era un planeta muerto, era algo orgánico.

Las primeras sondas descendieron sobre una superficie grisácea, blanda en algunas regiones y endurecida como roca en otras. Perforaron cordilleras que resultaron tener estructuras semejantes a huesos mineralizados, atravesaron mares espesos repletos de proteínas degradadas y detectaron kilómetros de fibras enterradas bajo la superficie. Nadie fue capaz de determinar qué había sido Helvar III, suponiendo que hubiese sido algo alguna vez. ¿Era un organismo, una colonia celular masificada o una estructura artificial cultivada hasta alcanzar tamaño planetario? Solo podían asegurar una cosa: se estaba pudriendo.

Los procesos de descomposición llevaban produciéndose desde hacía miles, quizás millones de ciclos estelares. Desde el espacio, unas manchas ocres cubrían buena parte del planeta y enormes fumarolas expulsaban gases generados por la degradación de aquella materia. Para Helix, sin embargo, aquello no era un cadáver, era un tesoro palpitante en mitad del espacio. Sin embargo, la hostilidad de su atmósfera y sus extraños habitantes provocaron que su única luna fuese lo único interesante.

K-41 era una esfera estéril, de color marrón pálido, sin atmósfera respirable y horadada por una red natural de cavernas. Los primeros análisis encontraron dentro de ellas cantidades extraordinarias de biomasa fosilizada, tejidos mineralizados y compuestos orgánicos que compartían marcadores con Helvar III. La teoría aceptada afirmaba que la luna era, en realidad, un pedazo del planeta arrancado en algún cataclismo remoto. A Helix le importaba una mierda qué lo había arrancado, porque podían venderlo, y así levantaron una colonia alrededor del primer pozo de extracción, denominándola Colonia K-41a. Las cúpulas presurizadas eran las mejores disponibles en aquel momento, gracias a sus polímeros autoregenerativos, cristales capaces de soportar impactos de micrometeoritos, aislamiento térmico multicapa y sistemas redundantes de oxígeno y reciclaje hídrico. Estaba claro, era tecnología de última generación. Hace seis generaciones.

Cuando nació el abuelo de Eiden Varo, las cúpulas ya estaban amarillentas. Cuando nació su padre, había conductos de aire reparados con piezas no homologadas. Cuando nació él, nadie recordaba qué significaba exactamente la K ni por qué había una «a» en algunos edificios de la colonia. La gente la llamaba Madriguera. Y Madriguera funcionaba; por supuesto, no era bonita, pero funcionaba.

Las familias vivían bajo tres grandes cúpulas conectadas mediante túneles presurizados. Tenían una clínica, una escuela, dos cantinas, talleres, pequeñas granjas hidropónicas y un procesador de agua capaz de reciclar hasta los meados de un minero borracho. Los reactores enterrados bajo la colonia podían mantener las instalaciones durante años y los cultivos producían suficiente alimento como para sobrevivir sin ayuda exterior. La mina, sin embargo, era otra historia. Centenares de trabajadores descendían cada jornada por los pozos hasta las cavernas orgánicas. No picaban piedra exactamente, aunque el trabajo que hacían se parecía a la minería tradicional. Cortaban bloques de una sustancia marrón y fibrosa que se extendía por las paredes como músculos petrificados. Algunas zonas sangraban un fluido negruzco al ser perforadas, aunque los técnicos de Helix aseguraban que no significaba nada. ¿Qué iban a decir, que el interior de aquella luna olvidada podía «sentir»?

La biomasa ascendía mediante montacargas industriales, pasaba por las plantas de esterilización y terminaba comprimida en contenedores herméticos. De allí salían proteínas, componentes farmacológicos, sustratos para cultivos celulares, material para implantes orgánicos y una docena de productos cuyo uso los trabajadores nunca llegaron a conocer. Y, a cambio, Helix pagaba. No demasiado bien, pero la vida era muy barata en la Madriguera. Y mientras Helix pagase, Madriguera tenía sentido.

Eiden Varo nunca había bajado a las cavernas.

— Porque yo sí estudié. — solía decir, pero era mentira. Había suspendido dos veces las pruebas de acceso a navegación comercial y había aprobado a la tercera porque el examinador tenía prisa por irse a comer. Cuarenta años después seguía pilotando sin haber estampado una sola nave contra nada importante, mérito que consideraba suficiente para autodenominarse profesional.

La Cigarra tampoco ayudaba. Era una lanzadera de transporte con más horas de vuelo que algunos satélites del sistema. Su denominación original se había perdido entre tanto papeleo, porque había cambiado tres veces de propietario, dos de matrícula y se habían respuesto tantas piezas que Eiden sospechaba que ya no quedaba ningún componente de la nave original. Uno de los estabilizadores vibraba al entrar en atmósfera artificial, la calefacción del compartimento de pasajeros únicamente tenía dos configuraciones —apagada e infierno— y el motor auxiliar producía un chirrido agudo cada vez que arrancaba. De ahí el nombre.

Eiden llevaba veintidós ciclos estelares realizando la ruta entre Madriguera y la Estación Mistral, el principal nodo comercial de Helvar. Tres horas de ida y tres horas de vuelta. Había transportado mineros, ingenieros, profesores, borrachos, cadáveres, recién nacidos, novias que llegaban a empezar una vida y maridos que se marchaban después de arruinársela. Desde Mistral llevaba medicamentos, repuestos, paquetes de la Senso-Red, semillas, herramientas y cualquier mierda demasiado pequeña para justificar un carguero.

Desde Madriguera llevaba personas, hasta aquel día. El mensaje de Rayem había llegado seis ciclos axiales antes. La adquisición de la Corporación Helix había sido presentada en la Senso-Red como una «integración estratégica de activos orientada hacia la optimización del potencial biotecnológico». Eiden necesitó que su hija se lo explicara.

En resumen: Rayem había comprado Helix. Después había empezado a mirar qué había comprado. La explotación K-41a aparecía en algún informe, perdida entre miles de instalaciones, laboratorios, patentes y concesiones. La biomasa seguía siendo valiosa, pero extraerla costaba demasiado. Las galerías profundas necesitaban refuerzos, los equipos de procesamiento estaban obsoletos, las cúpulas requerían una renovación completa y con total seguridad, una inspección de trabajo obligaría a desplegar un montón de Créditos para traer la colonia a la época actual.

Alguien hizo una suma, y Madriguera perdió. No iban a destruirla ni evacuarla. Rayem cerraría los pozos, desmontaría la maquinaria aprovechable y rescindiría los contratos heredados de Helix. Los reactores, las viviendas y los servicios básicos pasarían temporalmente a una administración civil hasta que los habitantes decidiesen qué hacer. Era una forma muy elegante de escribir: apañaos.

Eiden aterrizó la Cigarra en el muelle dos de Madriguera por última vez, mientras el chirrido del motor auxiliar atravesaba la plataforma. Durante tantos años aquel sonido había provocado insultos, bromas y quejas, pero aquella mañana nadie dijo nada. Había treinta y ocho personas esperando. Eiden reconoció a casi todas.

La profesora Olian cargaba tres maletas y una caja transparente con plantas. Los hermanos Sepúlveda discutían sobre quién se había olvidado una bolsa en casa. La vieja señora Helli abrazaba una urna funeraria que llevaba veinte ciclos estelares guardada porque su marido había pedido que sus cenizas abandonasen Madriguera si ella lo hacía. También había niños, eso fue lo que más molestó a Eiden. Los niños esperaban emocionados frente a las ventanas del embarque porque para ellos aquello era un viaje. Algunos jamás habían salido de K-41a. Uno preguntó a su madre si desde la Cigarra podrían ver Helvar III.

— Claro que sí — respondió Eiden antes de que ella pudiera hacerlo. — Y de cerca. Es feo de cojones.

La madre soltó una carcajada muy poco adecuada. Necesitaban una, como no. El embarque tardó casi una hora. Cada pasajero llevaba demasiado equipaje porque nadie sabía distinguir qué cosas componían una vida hasta que alguien les decía que solo podían llevar treinta kilos. Eiden permitió cuarenta, luego cincuenta y después dejó de pesar.

Cuando cerró finalmente la compuerta, la Cigarra superaba en bastante el límite recomendado de carga.

— No te caigas ahora, hija de puta — murmuró mientras acariciaba el panel de control.

Encendió los motores principales: uno respondió con dificultad, pero después el otro respondió en seguida. El auxiliar tardó tres segundos.

Chiiiiiiiiiiiirrrr.

Eiden sonrió. La Cigarra abandonó la plataforma y empezó a elevarse sobre las cúpulas. Desde las ventanillas, Madriguera parecía pequeña. Tres burbujas envejecidas sobre una superficie estéril, rodeadas por almacenes, antenas y montañas de material extraído durante generaciones. Más allá se encontraba la boca negra de las minas, con las luces industriales apagadas. Por primera vez desde que Eiden tenía memoria, no había montacargas ascendiendo desde las cavernas.

Un poco más arriba apareció Helvar III, igual de gigantesco y podrido que siempre. Hermoso a su manera. El planeta ocupó lentamente las ventanas, cubierto de nubes amarillentas y cicatrices orgánicas que parecían extenderse por toda su superficie. Los niños corrieron hacia uno de los laterales para verlo mejor.

Eiden mantuvo la vista en los instrumentos, a pesar de que había hecho aquel trayecto miles de veces. Mistral seguía allí y Madriguera también. Probablemente seguiría allí al día siguiente. Pero mientras la Cigarra se alejaba de aquella luna, Eiden comprendió algo que ningún comunicado de Rayem había sabido explicar.

Madriguera había empezado a morir exactamente seis ciclos axiales atrás, cuando alguien situado a varios sistemas de distancia abrió una hoja de cálculo y decidió que no merecía la pena seguir extrayendo nada de allí. Eiden conectó el piloto automático. Detrás de él, treinta y ocho personas hablaban sobre dónde dormirían aquella noche. La Cigarra continuó su rumbo hacia la estación que conectaba todo aquel sistema con el resto del Imperio. Y su viejo motor auxiliar continuó chirriando durante varios minutos, como si fuese la única cosa en todo Helvar que todavía quisiera protestar.


Imagen: elaborada por Inteligencia Artificial

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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