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No recuerdo haber visto Nueva York.

Sé que partimos de allí porque mi padre lo afirmó varias veces durante las primeras horas del viaje, generalmente mientras señalaba con el cigarrillo hacia algún punto indeterminado que quedaba a nuestra espalda, como si Manhattan, el Atlántico y todo el este de los Estados Unidos pudieran reducirse a una humareda perdida en el espejo retrovisor. También sé que nuestro destino era Los Ángeles, aunque no recuerdo que ninguno de los dos llevara un mapa ni que hubiésemos hablado seriamente de la ruta. Entre ambas ciudades se extendía, según parecía, una única carretera recta, interminable y desierta, bordeada por campos de maíz que nacían al pie mismo del asfalto y continuaban hasta confundirse con la línea amarillenta del horizonte.

La furgoneta en la que viajábamos era vieja incluso para los estándares de aquel país que, en mi imaginación, parecía conservar automóviles muertos durante décadas. Era un vehículo enorme y cuadrado, pintado de un marrón reseco que el sol había convertido en una costra irregular. El interior olía a tabaco, plástico caliente y tela húmeda. La radio apenas funcionaba y de algún lugar bajo nuestros pies surgía, al superar cierta velocidad, un golpeteo metálico que mi padre se negaba a investigar. Conducía con una mano apoyada negligentemente sobre el volante mientras sostenía el cigarrillo con la otra, y cada pocos kilómetros hacía algún comentario sobre lo poco que faltaba para llegar.

Lo más extraño, aunque entonces no me lo parecía, era nuestra edad. Yo tenía la que tengo ahora. Mi padre también.

No exactamente, por supuesto. Había en su rostro cierta juventud antigua, una tersura que yo recordaba haber visto en fotografías familiares, y el cabello conservaba un color que hacía años había comenzado a perder. Pero éramos dos hombres de edades semejantes, sentados uno junto al otro en aquella reliquia americana, sin que la incongruencia me produjera ninguna inquietud. Solo percibía entre nosotros una diferencia que no podía medirse en años. Yo pensaba en la gasolina, en el estado del motor, en la ruta, en dónde dormiríamos y en las cientos de cosas que podían salir mal atravesando un continente en una furgoneta ruinosa. Él fumaba, bebía de vez en cuando de una botella que guardaba entre las piernas y contemplaba la carretera con la satisfacción de quien considera que preocuparse por el futuro constituye una falta de educación hacia el presente.

—Esto en cuatro días está hecho —dijo.

—Son miles de kilómetros.

—Por eso. Cuatro días.

—¿Sabes por dónde tenemos que ir?

Mi padre miró al frente, al desierto de maíz y cielo.

—Hacia allí.

Me señaló el horizonte.

—Eso es el oeste.

—Pues ya está.

Mi madre debía encontrarse con nosotros a mitad de camino. Creo que habíamos acordado Chicago, aunque otras veces hablábamos de algún lugar cercano a los Grandes Lagos, y en ocasiones tuve la certeza de que el punto de encuentro estaba considerablemente más al norte, quizá incluso fuera de los Estados Unidos. Ninguna de aquellas contradicciones parecía importante. Mi madre trabajaba en un astillero y llegaría al terminar su turno.

No sé qué astillero. Recuerdo haber preguntado por él.

—¿Qué astillero? —dije.

Mi padre me miró sorprendido.

—El de tu madre.

Aquella respuesta me pareció suficiente.

La tarde avanzaba cuando la furgoneta comenzó a dar tirones. Primero fue una pérdida leve de potencia; después un carraspeo profundo surgido del motor, seguido de dos sacudidas que nos obligaron a reducir la velocidad. Finalmente el vehículo recorrió unos metros en silencio y quedó detenido en mitad de la carretera. Durante unos instantes ninguno habló. El inmenso campo de maíz pareció inclinarse sobre nosotros bajo el viento.

Mi padre golpeó el volante.

—Esto no puede ser.

Miré el indicador del combustible. La aguja estaba hundida muy por debajo de la última raya roja.

—Nos hemos quedado sin gasolina.

Él acercó la cara al cuadro de mandos con expresión de sospecha.

—Estos coches viejos marcan mal.

—Papá, no tenemos gasolina.

Salió del vehículo, abrió el capó y contempló durante algún tiempo el motor con una concentración completamente fingida. Después volvió a cerrarlo.

—Gasolina —declaró.

No recuerdo cómo llegamos al pueblo. Durante mucho tiempo he intentado reconstruir aquella parte del viaje y nunca lo he conseguido. No sé si empujamos la furgoneta, si alguien nos remolcó o si, sencillamente, el pueblo apareció mientras discutíamos. Solo puedo afirmar que poco después circulábamos a velocidad mínima por una calle flanqueada por construcciones bajas, carteles envejecidos y postes eléctricos. Era uno de esos asentamientos americanos que parecen haber surgido alrededor de una carretera y haber perdido después toda razón para seguir existiendo. Había una gasolinera cerrada, un motel, una iglesia, un bar cuya insignia de cerveza emitía destellos azulados y una tienda abierta veinticuatro horas. Más allá de las últimas casas se levantaba un edificio de ladrillo oscuro, enorme y extremadamente alto, que recordaba vagamente a una fábrica abandonada.

Aparcamos detrás de la tienda. La gente nos observó al pasar.

No encontré hostilidad en aquellas miradas. Era algo bastante más incómodo: parecían reconocer en nosotros una clase de viajero que conocían bien y al que habían aprendido a no acercarse demasiado.

El dependiente de la tienda era un muchacho negro que no debía de haber cumplido los treinta. Estaba leyendo una revista detrás del mostrador cuando entramos. Levantó los ojos y contempló primero a mi padre y después a mí con una expresión cansada, casi profesional.

—Hello, my friend —dijo mi padre, pronunciando cada palabra con ese exceso de énfasis que algunas personas reservan para hablar con extranjeros—. We have a little problem with the gasoline.

—You need gas?

—Yes. Gasoline. The car… no gasoline.

—So you need gas.

—Exactly.

Mi padre sonrió y señaló hacia mí.

—We are from España.

—Ya.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Hablas español? —preguntó mi padre.

—Sí.

El dependiente cerró la revista.

—Llevo doce años atendiendo gente aquí. Hablo unas cuantas cosas.

Mi padre soltó una carcajada.

—¡Coño! ¡Este es de los nuestros!

El muchacho no pareció considerar que aquella afirmación mereciera respuesta.

Compramos un bidón y me explicó qué carretera debíamos tomar. Dibujó sobre el reverso de un recibo varias líneas que guardé en el bolsillo y, antes de entregármelo, añadió una pequeña cruz junto a algo que debía representar un lago.

—Después de aquí no cojáis la carretera vieja.

—¿Está cortada?

El dependiente me miró durante unos instantes.

—No.

—¿Entonces?

—Lleva a donde tiene que llevar.

No supe qué contestar.

—Pero vosotros no queréis ir allí.

Cuando salí de la tienda era de noche. No recuerdo ningún crepúsculo. No había disminuido la luz ni se había teñido el cielo lentamente de violeta. Sencillamente crucé la puerta y encontré sobre el aparcamiento una oscuridad profunda, sin luna, en la que las farolas dibujaban pequeños círculos amarillos sobre el asfalto.

La furgoneta estaba donde la habíamos dejado, pero mi padre no.

Lo encontré en el bar. Estaba sentado en una mesa con tres hombres desconocidos. Uno llevaba gorra, otro tenía una barba blanca que le cubría casi todo el pecho y el tercero permanecía tan inmóvil que durante los primeros segundos creí que era un maniquí. Mi padre tenía delante una cerveza y fumaba otro cigarrillo. Nadie me explicó de dónde los había sacado.

—My son is very responsible —les estaba diciendo—. Too much responsible.

Los hombres rieron.

—Papá.

Se volvió hacia mí con genuina alegría.

—¡Hombre! ¿Dónde estabas?

—Tenemos que irnos.

—Todavía no.

—Mamá nos espera.

—Tu madre va a tardar.

—¿Cómo lo sabes?

—He hablado con ella.

—¿Cuándo?

Mi padre señaló vagamente hacia la barra, dónde estaba un teléfono público, de los que funcionaban con monedas. 

—Antes.

—¿Dónde está?

—En el astillero.

Otra vez aquella palabra. Astillero. La acepté sin dificultad, aunque en ese instante tuve la impresión de que jamás había existido un astillero en ningún lugar del mundo.

Uno de los hombres dijo algo en inglés. Mi padre rio y golpeó la mesa. Entonces sentí frío. Miré hacia abajo. Estaba en calzoncillos.

No recuerdo haberme quitado la ropa. Un instante antes llevaba pantalones, camiseta, calcetines y chaqueta. Ahora solo conservaba las zapatillas y unos calzoncillos grises.

—¿Dónde está mi ropa?

Mi padre apuró la cerveza.

—La he perdido.

—¿Cómo que la has perdido?

—Jugando.

Sobre la mesa había cartas. No recordaba haberlas visto.

—¿Te has jugado mi ropa?

—Era una mano buenísima.

Los otros tres hombres me observaron con indiferencia. Solo entonces descubrí que el de la barba blanca llevaba puesta mi camiseta. Le quedaba ridículamente pequeña, tensada sobre la barriga como una venda.

Salí del bar. El pueblo había cambiado. Donde antes había seis o siete casas se extendían ahora calles enteras, almacenes, viviendas, talleres y edificios cuya presencia no podía explicar. Y por encima de todos ellos se levantaba la gran construcción de ladrillo que había visto desde la carretera. Parecía aún más alta, como si sus pisos superiores hubiesen seguido creciendo durante nuestra estancia en el bar.

Entré buscando algún lugar donde conseguir ropa. El vestíbulo conducía a una escuela.

Había taquillas a ambos lados, dibujos infantiles en las paredes y un fuerte olor a cera sobre el suelo. Sonó un timbre. Abrí por error una puerta y encontré una clase llena de niños. Todos giraron la cabeza hacia mí. La profesora hizo lo mismo, y su mirada descendió lentamente hasta mis calzoncillos.

—Perdón —dije.

Cerré y continué por el pasillo hasta atravesar una puerta metálica y entrar en una fábrica. Hombres con monos azules trabajaban alrededor de una cadena de montaje por la que avanzaban piezas que no pude identificar. Nadie pareció advertir mi presencia. Al otro extremo había una escalera que conducía a una emisora de radio.

Un locutor hablaba delante de un micrófono.

—Son las tres y diecisiete de la madrugada —decía— y todavía no ha amanecido.

Seguí caminando. Atravesé una estación de tren, un hospital, un almacén, una iglesia y una sala llena de archivadores. En otro piso encontré cientos de cajas de cartón apiladas hasta el techo. Cada una llevaba escrito un nombre.

Vi el mío, pero no la abrí. Desde una ventana contemplé la calle y distinguí el bar. Dos hombres estaban sacando a mi padre por la puerta. Lo arrojaron al suelo. Se levantó riendo, se sacudió el polvo e intentó volver a entrar. Lo expulsaron una segunda vez.

Cerré los ojos. Cuando los abrí estaba detrás de la tienda, junto a la furgoneta. Mi padre dormía en el asiento del conductor. Golpeé el cristal hasta que despertó.

—¿Dónde cojones estabas? —preguntó.

—Buscando ropa.

—¿Para qué?

Durante varios segundos fui incapaz de responder.

—¿Dónde están las maletas?

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué maletas?

—Las nuestras.

Entonces recordó algo.

—Ah.

Conocía aquel «ah», lo había oído muchas veces.

—Las dejé en Nueva York.

—¿Qué?

—Pesaban demasiado.

—¿Has dejado todas las maletas en Nueva York?

—Gastábamos más gasolina.

No recuerdo haber empezado a llorar, aunque recuerdo perfectamente la sensación de hacerlo. Estaba sentado en la parte trasera de la furgoneta con las puertas abiertas, mirando la oscuridad del aparcamiento. Mi padre se había marchado otra vez. Probablemente al bar. Quizá nunca había estado conmigo.

El dependiente apareció desde la oscuridad con dos vasos de café. Me ofreció uno.

—No tengo dinero —dije.

—Ya lo sé.

Se sentó junto a mí. Durante algún tiempo permanecimos en silencio.

—Es un idiota —dije finalmente.

El muchacho sopló sobre el café.

—No exactamente.

—Se ha jugado mi ropa.

—Sí.

—Ha dejado las maletas al otro lado del país.

—También.

—Y se ha gastado el dinero bebiendo.

El dependiente asintió.

—Eso parece.

—Entonces ¿qué cojones significa «no exactamente»?

Observó durante unos segundos las luces azules del bar.

—Eso pasa cuando uno habla demasiado tiempo con las sombras.

—¿Qué sombras?

—Las que se parecen a las personas.

No entendí.

—Ese es mi padre.

—Claro.

—Entonces ¿de qué estás hablando?

El muchacho dio un sorbo.

—Las sombras recuerdan mal.

Miré hacia el bar. A través del cristal distinguí a mi padre levantando una cerveza. Parecía muy joven. Más joven incluso que yo.

—Un hombre puede haber sido muchas cosas —continuó el dependiente—. Puede haberte enseñado algo. Puede haberte acompañado a algún sitio. Puede haber hecho reír a todo el mundo en una habitación. Puede haberse quedado contigo una noche cuando estabas enfermo. Puede haber tenido miedo. Puede haber sido bueno. Puede haber sido cruel. Puede haber hecho cien cosas distintas y contradictorias.

Dejó el vaso entre sus pies.

—Pero su sombra no sabe hacer todo eso.

—¿Qué sabe hacer?

—Repetir.

El letrero azul se apagó. Después volvió a encenderse.

—La sombra recuerda la bebida. Los cigarrillos. Las promesas que no cumplió. Las veces que se marchó. Las veces que alguien tuvo que arreglar lo que él había roto. Coge todo eso y lo hace crecer hasta que ya no queda sitio para ninguna otra cosa.

Sentí una irritación inesperada.

—Entonces ese no es él.

El dependiente se encogió de hombros.

—Claro que es él.

—Acabas de decir que no.

—He dicho que es su sombra.

El cielo empezaba a aclararse detrás de nosotros. Una luz gris, todavía débil, apareció sobre los campos.

—No entiendo la diferencia.

—La entenderás cuando amanezca.

—¿Y qué pasa cuando amanezca?

El muchacho sonrió.

—Que las sombras tienen que ponerse en algún sitio.

El pueblo desapareció con los primeros rayos de sol. No se derrumbó ni se desvaneció lentamente. No vi desaparecer los edificios uno tras otro. Hubo simplemente un momento en que todavía estaba allí y otro en el que ya no.

La tienda, el bar, el motel, la iglesia y la enorme construcción de ladrillo dejaron de existir. También desaparecieron las calles, los postes, los hombres y aquella incomprensible geografía en la que Chicago, los Grandes Lagos y el astillero de mi madre parecían encontrarse a pocos minutos de distancia.

Mi padre desapareció con ellos. Me encontré sentado en la parte trasera de la furgoneta marrón, en calzoncillos, bajo la primera luz de la mañana.

Alrededor sólo había campos. Kilómetros de maíz. Y el depósito estaba vacío. Las cuatro ruedas estaban pinchadas.

Durante mucho tiempo permanecí sin moverme, contemplando el horizonte. No había edificios, humo, coches ni postes eléctricos. Tampoco podía oír pájaros.

Busqué maquinalmente en el bolsillo. Entonces recordé que no tenía pantalones. Sin embargo, sobre el suelo de la furgoneta estaba el recibo de la tienda. Lo recogí. En el reverso seguía dibujado el mapa que me había hecho el dependiente. Una carretera, una cruz junto al lago y aquellas palabras:

NO COJAS LA CARRETERA VIEJA.

Le di la vuelta. En el otro lado había una frase que no recordaba haber visto.

LOS MUERTOS NO PESAN.

Debajo alguien había añadido, con una letra distinta:

LO QUE PESA ES LLEVARLOS CONTIGO.

Miré otra vez la carretera. Hacia un lado estaba Nueva York. Hacia el otro, supuestamente, California. Pero por primera vez desde que comenzara el viaje comprendí que ninguna de aquellas dos cosas importaba demasiado. La furgoneta ya no iba a llevarme a ninguna parte.

Así que esperé a que el sol terminara de salir, bajé al asfalto y comencé a caminar.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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