El olor a café recién hecho inundó toda la habitación. Él nunca la despertaba, se quedaba sentado en el porche con su taza llena de ese líquido humeante y negro del que tanto disfrutaba.
– Sólo hay algo que me gusta más…
Le solía decir escondiendo su sonrisa de medio lado tras la taza, justo antes de tomar un gran sorbo.
Brisa del Sur salió de la habitación y en la cocina vio que ya le tenía el desayuno preparado. Esa mañana estaba muerta de hambre, así que fue directa a por su tazón de leche con cereales. Sin darse cuenta, la mano de Pluma del Viento rodeó su cintura, acercándola fuerte y firme hacia él. Con voz ronca susurró su nombre, no sabía si para darle los buenos días o simplemente para cerciorarse de que no era un sueño.
– También tienes algo de beicon en la sartén, imaginé que hoy te levantarías con hambre.
– Cómo me conoces. Gracias…
Ella giró sobre sus talones, despacio, para no deshacerse de su abrazo. Se puso de puntillas, rodeó su cuello con sus brazos y… un sonido estridente proveniente de la radio irrumpió en la cocina como el invitado que no es bienvenido. Un gruñido creció de su garganta, acabando en una palabrota, demorando todo lo posible dejar su pequeño refugio.
No pasó mucho rato cuando volvió del pequeño e improvisado despacho. Brisa ya se había devorado el desayuno de dos bocados y estaba sentada expectante a que le contase qué ocurría. No sabía decir si su cara era de buenas o malas noticias, puede que una mezcla de ambas, pero una cosa u otra significaba que el breve descanso había llegado a su fin. Pluma se detuvo tras una de las sillas y posó sus manos en el respaldo. El sol entraba por la ventana, iluminándolo todo de un color anaranjado, y las sombras jugaban y perfilaban aún más su mandíbula.
– La policía de la reserva ya ha interrogado a los tipos que atrapamos anoche.
– Qué rapidez. Aunque no me extraña, la situación apremia.
– Parece ser que cuando los pillamos llevaban encima unos maletines con dinero. Se dirigían al punto de encuentro, para el intercambio, cuando los pillamos. La entrega es esta noche y nos piden ayuda para ir a por el resto.
– Con que ahora SÍ que necesitan tu ayuda, ¿eh? Cuando antes no querían saber nada de ti y eras “el raro”, “el de la cabaña de ahí arriba”.
Una mueca de desaprobación se dibujó en su cara, no por las palabras de Brisa, sino porque el recuerdo de esos días aún le dolía.
– Es a ti a quién necesitan, no a mí, Brisa.
El respaldo crujió al cerrar fuerte sus puños. Brisa se incorporó. No le gustaba cuando se menospreciaba, dándole la razón a los cotilleos y a las lenguas con más interés en lo de los demás y no en lo suyo propio.
– No te subestimes. Te has convertido en un miembro importante dentro de la reserva. Muchas decisiones ya no se toman sin tu opinión.
El respaldo volvió a crujir, pero esta vez de alivio. Pluma del Viento se relajó chasqueando la lengua y dejando salir aire por su nariz. Y ahí estaba. Su sonrisa cautivadora volvía a mirarla gentil, encantadora.
– Todo gracias a ti. Ser tu parentela no siempre ha sido fácil, Brisa, pero por fin se han dado cuenta de las ventajas que es tenerme en estima.
Era cierto. No podía sentirse atacada o dolida por algo que ya estaba decidido incluso antes de su nacimiento. Servir y proteger a Gaia tenía sus ventajas, pero las desventajas también eran parte del pacto. Había que vivir con ello y tratar de llevar una vida lo más equilibrada posible entre el deber y el tiempo libre que se podía tener. Y aun así, le dolía verle como si ella misma hubiese provocado tal dolor.
Pero sus destinos quedaron vinculados en el momento en el que la familia de Pluma del Viento aceptó cuidar una manada de lupus, por si alguno manifestaba la marca de Gaia; y el de Brisa del Sur desde que decidió acercarse a olisquear la mochila de aquél humano que la vigilaba todos los días.
Ella se acercó despacio a Pluma, invadiendo el espacio personal que quedaba entre él y la silla. Él era más alto, pero era un detalle que nunca les había importado. Acarició su cabello azabache, que esa mañana lo llevaba suelto y le llegaba casi hasta la cintura. Volvió a rodear su cuello con sus brazos reduciendo aún más el espacio entre ambos, segura de que esta vez la radio no volvería a sonar.
– ¿Puedo trenzarte el pelo esta vez? Sabes que me quedan mejor que a ti.
– Claro.
Dijo con voz socarrona y entrecerrando los ojos aceptando el reto. Sus manos llevaban lejos del respaldo hacía rato. Bajaron por la cintura de Brisa, sin separarse ni un milímetro, y la alzó al vuelo por la parte más alta de sus muslos.
– Toda la reserva sabe que eres la mejor en el trenzado tribal. Claro, claro…
– ¡Eh! No seas malo.
Las risas llenaron la cabaña, que poco después dieron paso al silencio. No por un silencio incómodo, sino un silencio de complicidad y privacidad. Pluma del Viento se quedó observando a Brisa durante unos instantes y bajó la mirada a sus labios. Ya la había dejado con suavidad sobre la encimera de madera cuando habló.
– Tenemos que prepararnos.
Su voz fue un susurro. Realmente esa no era su intención, quería ser tajante, pero sus instintos le traicionaron. Se moría de ganas por besarla, y cuanto más trataba de negarse a sí mismo esos sentimientos, menos los podía controlar. Se iba a volver loco, sentía una presión en el pecho que crecía día a día, a veces llevadera, otras insoportable. Deseaba gritarlo a los cuatro vientos, decirle lo que sentía, pero no sabía cómo se lo tomaría ella, aunque la viese receptiva.
Brisa del Sur podía ver esa lucha interna reflejada en esos ojos avellana; había pocas cosas que le podía ocultar, y esta no era una de ellas. Sabía que era una conversación que aún no habían resuelto porque para ella no era importante, pero con el paso del tiempo había empezado a comprender que, a veces, los humanos tienen que materializar en palabras los sentimientos. Aunque ella era más de demostrar con actos haría el esfuerzo por él. Desde que era una lupus, Brisa sabía que estaría siempre por y para Pluma, y desde que manifestó su primer cambio sus sentimientos se amplificaron, pero le costaba adaptarse a las reglas de las relaciones humanas. No obstante, estar con él lo hacía todo muy fácil.
– Pluma, puedes besarme. No voy a…
Sus labios se encontraron. Fue suave, como una leve brisa de otoño. Perdiendo la noción del tiempo se dejaron llevar por los sentimientos que habían tratado de mantener a raya tanto tiempo, prácticamente desde el Primer Cambio de Brisa. Lo recatado dio paso a algo más terrenal, dejando de lado sus obligaciones y responsabilidades, sin pedir permiso a los espíritus. Sus labios se fundieron en uno demostrándose la pasión y deseo que profesaban el uno al otro.
El tintineo del reloj dando la hora punta les sacó de su embriagado abrazo. Se miraron y se sonrieron dándose algún pequeño beso que otro.
– Tenías razón, es mejor que el café.
– Ya te lo había dicho.
Suspiró profundamente y, ya algo más calmado, pudo decir sin problemas:
– Preparémonos. Saldremos ya y comeremos algo por el camino.
El silencio se apoderó del cuartel de la reserva cuando vieron entrar por la puerta a Brisa del Sur. Nadie sabía qué era ella en realidad, pero tampoco era algo que se preguntasen. La veían y respetaban como una enviada de los espíritus, una protectora de la reserva, y con eso les valía. Pasaron la tarde reunidos con la policía tribal realizando los preparativos del asalto. Esa noche el peso de la operación recaía en Brisa del Sur y Pluma del Viento, el resto esperaría y servirían de apoyo en puntos estratégicos, de esta forma se minimizaba el riesgo y el coste humano.
El día dio paso a la noche. La incipiente niebla y la ausencia de estrellas vaticinaban que iba a ser una noche dura en mitad del bosque. Los que no habían llevado guantes o una buena chaqueta lo lamentarían en un par de horas. El operativo no iba a dilatarse mucho en el tiempo, ya que los arrestados habían confesado que el intercambio se realizaría antes de la medianoche y solo les esperaban tres hombres armados con un par de pistolas. Todo apuntaba que sería algo rápido y fácil. Pero nada más lejos de la realidad.
Fuera de la cabaña todo parecía tranquilo. Pluma eligió un lugar apartado y elevado para poder observar cuando los hombres llegasen al punto de encuentro y los árboles les otorgaban cierta protección. Brisa no estaba muy lejos de su posición, por lo que las señales visuales eran clave para no llamar la atención. Los tres hombres entraron en la cabaña dejando la vieja camioneta con las luces puestas y el motor encendido. En ese momento Brisa notó que algo no iba bien: los olores que le llegaban de la escena no terminaban de cuadrar con la información que tenían. Y así se lo hizo saber a Pluma mediante señas, pero éste le indicó que no se preocupase y que avanzase. Sabía que no le había sentado bien, pero cuanto todo acabase hablaría con ella. Brisa soltó un profundo suspiro y tomó su forma lupus para avanzar sigilosa y veloz esquivando los árboles y las ramas que podían delatar su presencia.
Al llegar a la puerta trasera de la cabaña Brisa desapareció de la mirilla del rifle que sostenía Pluma. Contó los segundos y la volvió a ver a través de la ventana. Había caminado de lado sin ningún problema. Pero lo que vio Brisa al otro lado fue una neblina negra donde se suponía que estaba la vieja camioneta y al salir de la umbra notó cierta presencia, había algo que contenía magia que no estaba muy lejos de ella. Pequeñas piezas de un rompecabezas que más pronto que tarde cobrarían sentido.
En el salón estaban los tres individuos que, impacientes porque sus contactos no hacían acto de presencia, deambulaban de un lado para otro blasfemando y soltando improperios. El que estaba más cerca de ella no vio venir las garras que le abrieron el pecho, los borbotones de sangre no tardaron en formar un charco rojo carmesí. Su grito ahogado alertó al resto haciendo que uno la disparase de forma instintiva alcanzándola en su muslo. El otro salió corriendo fuera de la cabaña, sin embargo, antes de que pudiese entrar en la camioneta, una bala le atravesó el cráneo esparciendo sus sesos sobre la luna delantera.
El hombre que disparó a Brisa trató de escapar tropezando con el sofá, huía de algo que no terminaba de comprender. En el suelo giró para volverse y fue cuando vio cómo se le acercaba una enorme mole de pelo. Le pareció algo aberrante y sobrehumano, una especie de lobo gigante con rasgos humanoides que le hicieron perder la cabeza. Gritó desesperado ante tal visión y comenzó a disparar a lo loco sin ton ni son alcanzado en el brazo a Brisa. Estas heridas no eran gran cosa para ella, ya que su forma Crinos era capaz de soportarlo. Se acercó más para tratar de hablar con él y sacarle información cuando se percató de que se estaba agarrando el pecho y su cara quedó en un rictus de dolor. Soltó un resoplido y al incorporarse notó otra vez esa presencia mágica y una peste horrible. Sin poder reaccionar a tiempo sintió como algo le rasgaba la espalda de abajo a arriba.
– Aquí estás, perra. Ya eres mía.
Una quemazón horrible le recorría la espalda y era incapaz de regenerar dicha herida, tal como había hecho antes como con las balas. Era la primera vez que experimentaba algo así e incapaz de soportarlo volvió a su forma humana, error que pagó muy caro ya que la figura se abalanzó sobre ella dejándola bocabajo e inmovilizada. Se inclinó hacia ella, dejando caer todo su peso sobre la espada, las costillas se le clavaron contra el suelo y apenas podía respirar. Su pestilente aliento a whisky barato y su hedor a animal muerto le inundaron las fosas nasales, fue cuando comprendió que había caído en una trampa de la forma más tonta posible. Trató de zafarse y cambiar de nuevo a su forma Crinos, pero el dolor era insoportable y que le clavase el cuchillo de plata en los hombros no ayudaba.
– Me han dicho que debo entregarte con vida, pero no especificaron en qué estado debías estar tu.
El hombre soltó una risotada sonora que hacía que cada vez que cogía aire el cuchillo se clavase un poco más. Brisa aprovechó el pequeño despiste para apoyar un brazo contra el suelo y colocarse de medio lado. Pudo ver a un hombre ancho, calvo, con barba gris mal recortada que le clavó sus ojos pequeños cuando notó que se movía. Sujetó su cuchillo con una mano y con la que quedó libre le dio un sonoro puñetazo en la mandíbula haciendo que sangrase. Brisa dio una bocanada de aire y el olor a hierro de la sangre se mezcló con el del whisky y peste a animal muerto inundando sus pulmones. Se levantó del suelo con todas sus fuerzas haciendo que el hombre perdiese el equilibrio, pero se incorporó más rápido de lo que habría un hombre de su tamaño, era más ágil de lo que parecía. Cuando Brisa le encaró vio que sostenía un revolver en sus manos enormes llenas de cortes viejos. La primera bala pasó demasiado cerca, sin embargo, la segunda logró darle en el brazo izquierdo y de nuevo ahí estaba ese dolor, la plata le quemaba desde dentro e hizo que diese un grito de dolor.
Consultó su reloj por cuarta vez. Brisa llevaba dentro de la cabaña más tiempo de lo que habían calculado. No había recibido la señal de que todo había terminado y por radio no hacían más que preguntar por el estado de la misión. Todas las posibilidades de lo que ocurría dentro de la cabaña se agolparon en su mente y ninguna era buena, fue cuando decidió ir en su ayuda. Dio un salto y bajó la pequeña colina resbalándose por la húmeda hierba y cuando pudo se incorporó para comenzar a correr. Si ella entró por la puerta trasera él aprovecharía a entrar por la puerta delantera, que quedó abierta tras la huida de uno de los tipos. Desde la entrada se veía todo el salón y no pudo creer lo que vio.
Un pequeño estallido y un silbido pasando cerca de su oreja hizo que el tipo dejase de mirar directamente a Brisa. Gruñó al ver que al otro lado de la entrada principal había un hombre que le apuntaba con un rifle humeante.
– Putos indios. Cómo los odio.
Sin pensarlo dos veces Brisa cambió de nuevo a su forma Crinos y se abalanzó contra el tipo. Sus garras le alcanzaron el pecho desgarrando el abrigo que llevaba, dejando entrever que la camisa hawaiana comenzaba a teñirse de rojo. Pluma terminó de cargar su siguiente disparo y Brisa se acercaba rápida contra él lista a arrancarle la cabeza. Soltó una pequeña carcajada y sin darles tiempo a reaccionar pulsó un pequeño artilugio que había sacado del bolsillo.
– Esta vez no ha podido ser. Ya habrá otros que cazar.
Desapareció ante sus narices tras una leve ráfaga de luz morada, dejando tras de sí una pequeña nube de polvo del mismo color. No había rastro de él por mucho que Brisa trata de de seguir su hediondo olor. Gruñó de dolor ya que la bala de plata que se había quedado en su brazo le quemaba cada vez más, resistió cambiar de forma ya que sabía que su forma humana no soportaría la herida de la espalada otra vez más. Pluma soltó el rifle dejándolo caer al suelo y en dos zancadas ya había recorrido la distancia que le separaba de Brisa. Ella había caído de rodillas tratando de aguantar el dolor, la quemazón tardaría un par de días en desaparecer y poder regenerarse por completo.
– Joder. ¿Es plata? ¿Cómo es posible? ¿Te estaban esperando?
Ella no dijo nada, solo se limitó a respirar profundamente. Pluma rebuscó en su mochila sin saber muy bien qué era lo que quería encontrar. Ella le puso su mano lo más suave que pudo sobre su brazo para tranquilizarle. La radio que llevaba colgada a la cintura volvió a sonar, aunque esta vez era más un susurro rompió el silencio que se había creado entre ambos. Pluma tuvo que contestar que todo había finalizado y que había varios cuerpos que mover. Volvió a mirar a Brisa, ambos sabían que no podían encontrarla así por lo que desaparecer era la única opción.
La policía de la reserva no tardó en aparecer y en hacerse cargo de todo el desastre. Lo que pasaba en la reserva se quedaba en la reserva.
– Pluma, la jaula de la camioneta está vacía. ¿Habéis podido liberar a los lobos?
– ¿Qué jaula? No, no hemos encontrado lobos.
– Qué raro. ¿Quién vendría a una compra ilegal de lobos, sin lobos? Y encima con una jaula tan grande.
– Y de plata –dijo otro guardia desde el exterior al terminar de examinar la camioneta-.
– Puede que solo quisieran darles el cambiazo y quedarse con el dinero, Agua de Lluvia. Este tipo de calaña es lo que tiene.
No reveló nada de que en realidad todo era una trampa para cazar a una mujer lobo, ni del tipo que les estaba esperando, fue fácil porque no había más pistas que diesen indicios de lo contrario. Pidieron que le agradeciesen a Brisa del Sur su colaboración y que entendía su ausencia. Por otro lado, él tendría que dar parte a la Justicia Metálica, pero odiaba la burocracia y en ese momento solo quería llega el punto de reunión y curar a Brisa. Pero pasaron las horas y ella no apareció.
Al amanecer salió en su busca, las heridas que tenía no eran muy graves, pero sí preocupantes. La buscó en todos los sitios en los que sabía que podía estar sin éxito, por lo que solo quedaba el único sitio al que sabía que le era imposible comprobar. Solo le quedaba esperar y tratar de que la culpa no le carcomiese.
Se despertó en la umbra bajo un árbol, o lo que parecía ser un árbol. Estaba en su forma lupus y un par de espíritus la miraban desde lejos, algo los mantenía a raya. Notó una caricia que le atusaba el pelo.
– Ninastoko… Gracias.
– Por fin despiertas, niña. Llevas mucho tiempo perdida en este lugar, y eso no es bueno. Pronto empezaran a acercarse más.
Señaló a los espíritus que la observaban. Él movió la mano para ahuyentarlos y estos volvieron a retroceder. La volvió a acariciar una última vez antes de incorporarse.
– No ha cesado de buscarte desde que desapareciste. Está muy preocupado. No seas muy dura con él.
Dijo mirándola a los ojos justo antes de desaparecer. Como un jarro de agua fría Brisa recordó de golpe todo lo acaecido la noche de la operación. Se puso de pie de un salto. Sus heridas se habían curado por completo y estaba recuperada del todo.
– Pluma… No…
¿Cómo iba a estar enfadada con Pluma? Solo quería volver y ver si él estaba bien, con la pelea no pudo comprobar si le habían herido también. Fue corriendo al pequeño lago que no se encontraba muy lejos de allí. Al verse reflejada ya se encontraba fuera del Reino de la Umbra. Corrió y corrió hacia la cabaña de Pluma. Las estrellas volvieron a acompañarla una vez más en la carrera, pero esta vez no corría por diversión. Llegó a tiempo para ver como Pluma dejaba su manta sobre la mecedora del porche y entraba en la cabaña.
Al abrir la puerta le dio la bienvenida el olor a hierbas e incienso quemado de los rituales que Pluma habría realizado, embriagándola. Entró en silencio y pudo observarle atizar el fuego de la chimenea haciendo que la estancia fuese más acogedora que de costumbre, ¿o era volver a vele lo que le provocaba tal sensación?
Brisa tomó aire y justo en el momento en el que iba a pronunciar su nombre él se dio la vuelta, como si algo le hubiese alertado o hubiera sido su propio instinto. Y allí la vio, de pie, junto al vano que separaba la entrada del salón, en su forma homínida. La luz de la chimenea inundaba toda la cabaña, los juegos de luces y sombras eran suficientes para pasar las noches, colándose a través de su pelo ondulado realzando su belleza.
No dijo nada, solo dejó caer el azuzador al suelo y de una zancada ya se encontraba rodeándola con sus brazos. Le acarició la mejilla con el dorso de su mano.
– Sabías que algo no iba bien y no te hice caso. Yo…
– No hay nada de qué arrepentirse –le interrumpió-. Yo podía haberme dado cuenta de la presencia de ese tipo antes. Y no fue así. Todos lo hemos podido hacer mejor, para la próxima lo haremos mejor.
Las manos de Brisa descansaban en el pecho de Pluma, notaba a través de la camiseta blanca cómo su corazón latía con fuerza.
– Me alegro de que no te hiriesen.
– ¿A dónde fuiste? Te he buscado por todas partes…
– Lo sé, Ninastoko me lo ha dicho.
– ¿Con que estaba contigo? Traté de contactar con él, no sé si había escuchado mis palabras. Pero veo que sí lo hizo. ¿Tú estás bien?
– Me habrá quedado alguna marca por la plata, pero he dormido y descansado mucho. Ya estoy recuperada.
No hablaron más, Pluma acercó su cara a la de ella y la besó apasionadamente. Él la abrazó acercándola todo lo posible a su cuerpo, notando su pecho, su respiración. Ella correspondió su abrazo, demandando más del encuentro. Se acercaron a la chimenea y tiraron al suelo, sobre la alfombra, una manta con motivos tribales que estaba extendida sobre el sofá. Los besos volvieron más demandantes que antes, más ávidos de pasión. Se quitaron la ropa despacio, disfrutando del momento, de volver a descubrir sus cuerpos, que esta vez eran bañados por la luz de las llamas, y frente a ellas consumaron su amor durante toda la noche.
Los primeros rayos del nuevo día comenzaron a colarse por la persiana de lamas que colgaban en las ventanas. Aun despiertos hablaban de cosas banales y sin importancia, pero estaban disfrutando del momento entre risas, besos y abrazos. Hasta que Brisa se puso seria, le miró fijamente a los ojos y de un brinco se puso de pie. De la repisa de la chimenea cogió la daga tribal de Pluma y volvió al abrigo de la manta, junto a él. Escogió una de sus trenzas y la cortó por la base, la enrolló sobre sí misma y se la dio a Pluma. Él se quedó mirando el gesto extrañado.
– Mi trenza favorita, por si alguna vez vuelves a perderme.
– ¿Pero cómo se supone que funciona?
– No te preocupes. Llegado el momento, que espero que nunca llegue, sabrás qué hacer con él.
– Entonces lo guardaré para no tener nunca que usarlo.
Ella le besó la nariz y se abrazó fuerte a él, rodeando su desnudo pecho. Él pasó su brazo tras su cuello y dejándolo sobre su espalda, sosteniéndola para no dejarla marchar nunca. Fuera de la cabaña el día comenzaba para el resto del mundo, dentro el paso del tiempo ya no importaba.