La primera vez que soñé con el cáliz, mis labios ya estaban partidos.

Sentía la piel seca, frágil, separándose en escamas translúcidas, como si ya no fuera parte de mí. Quise lamerme las heridas, pero mi lengua estaba áspera, quebradiza, convertida en algo que no reconocía. Y entonces, él me habló.

— Ven, toma de mí.

Flotaba en el centro de la habitación, rebosante de un líquido rojo y oscuro, reflejando mi silueta en su superficie viscosa. Era una copa grotesca, esculpida en carne viva, con bordes palpitantes, pequeñas venas recorriendo su estructura como si aún estuviera viva, 

— Bebe. ¡Bebe!

Su voz era húmeda. Prometía descanso y redención. Quise resistirme, pero mi garganta estaba reseca, exigiendo alivio. Y así, con mis propias manos temblorosas, llevé el cáliz a mi boca y bebí de su esencia. Y la sed nunca volvió a irse.

Desperté en mi cama, pero mi cuerpo no era el mismo. La saliva sabía a hierro. Mis encías palpitaban con un calor enfermizo. Cada trago de agua era inútil; cada sorbo se evaporaba antes de llegar a mi estómago.

Me miré al espejo y vi cómo mis labios se habían vuelto más gruesos, más oscuros, como si estuvieran hinchados por dentro. Las grietas en mi piel no sangraban; en cambio, supuraban una sustancia transparente y pegajosa. Mi piel se deslizaba ligeramente sobre mi carne, como si estuviera apenas adherida a mi verdadero yo. Esa noche, el cáliz volvió a aparecer en mis sueños.

— Has aprendido. Ahora, come.

La comida ya no tenía sabor. Masticaba pan, frutas, carne… pero era todo ceniza en mi boca. Mi garganta se cerraba ante cada bocado, como si mi cuerpo rechazara todo lo que no viniera del cáliz. Mis uñas comenzaron a separarse de la carne, pero no sentía dolor. Solo un hormigueo placentero, como si algo me estuviera besando desde adentro. 

Me desnudé frente al espejo y vi el movimiento bajo mi piel. Algo estaba deslizándose dentro de mí. Algo que siempre había estado ahí. De nuevo, el cáliz me susurró en mi estupor onírico.

— No has comido. Come. ¡Come!

Fui a la carnicería más cercana. Me temblaban las manos. Mis labios ya no cerraban del todo, estirados en un rictus de anticipación. Pedí carne cruda. Me la llevé a casa y la devoré sin pensarlo, sin masticar, sin preocuparme por los trozos que se atascaron en mi garganta. Era lo primero que mi cuerpo aceptaba en días.

El placer fue sobrenatural. Mi piel se estremeció, mis músculos se tensaron como si estuvieran recordando algo olvidado; en el reflejo del cuchillo sobre la mesa, vi algo que no debería estar allí. Mis ojos no eran míos, se habían vuelto negros, pero no como un vacío, sino como carne mojada, brillante, hinchada. Se movían demasiado, parpadeaban con una frecuencia errática, como si intentaran imitar la forma en la que una persona normal debería mirar.

Algo dentro de mí estaba aprendiendo a usar mi rostro. Entonces, estaba frente a mí, pero no en mis sueños, si no sobre la mesa, esperando. Y su carne latía.

Me desperté con sangre en la boca y con las paredes de mi habitación cubiertas de inscripciones que no recordaba haber escrito. Palabras en un idioma que no existía, grabadas con la punta de mis uñas desprendidas. Las palabras no eran mías, nunca las aprendí, pero ahora las conocía como si fueran parte de mi ser.

Vi mi reflejo en la ventana y supe que quien miraba desde el otro lado no era yo. Y me estaba sonriendo.

Esa noche, el culto llegó a mi puerta. Los vi en la calle, con ojos negros como carne tumefactada, con piel que se deslizaba sobre su cuerpo como túnicas. No hablaban. Solo esperaban. Sabían que yo ya no era yo. Sabían que había bebido lo suficiente. Sabían que era el momento de rendirme por completo. Y yo, con la carne caliente y palpitante sobre mis huesos, les abrí la puerta.


Imagen: Generada por inteligencia artificial

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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