La primera señal de que el hotel seguía funcionando fue el olor a café. Lera apagó el soplete y levantó la visera de su casco. Habían abierto una escotilla de mantenimiento y recorrido dos pasillos a oscuras antes de encontrar una recepción con alfombras color marfil, lámparas encendidas y música ambiental.

—¿Has visto eso? —preguntó a través del comunicador.

Isaiah, que cargaba con el equipo de extracción, señaló la pared. Un letrero luminoso daba la bienvenida al Gran Hotel Nadir, «el descanso que merecen las estrellas».

—Siguen dando energía a este trasto, ¡qué desperdicio de Créditos!

El balneario llevaba ciento ochenta años abandonado. Tras la quiebra, los embargos y sucesivos cambios de propietario, la empresa de Isaiah había adquirido sus derechos de desguace por una suma ridícula. Lera se acercó al mostrador y se percató de que había flores frescas en un jarrón.

—Buenas tardes —dijo alguien a su espalda—. Lamento que no hayan utilizado la entrada principal.

El androide medía poco más de metro y medio. El chasis blanco estaba cuidadosamente pulido, aunque las articulaciones de los brazos pertenecían a modelos distintos y solo los nudillos mostraban el esmalte desgastado. Llevaba un chaleco burdeos y una placa con el nombre ELOI.

—¿Estáis operativos? —preguntó Isaiah.

—El hotel está operativo. Si desean una habitación, puedo consultar la disponibilidad.

—Venimos a desmontarlo.

Eloi permaneció inmóvil unos segundos.

—En ese caso, tendrán que esperar a que finalice la estancia de nuestros huéspedes.

Isaiah soltó una carcajada.

—¿Qué huéspedes?

—Los ocupantes de las habitaciones seis, nueve, doce y diecisiete. También la señorita de la veintiuno, aunque su familia solicitó que no fuera molestada.

Lera consultó su lector: ninguna señal de vida ni lanzaderas recientes. Los colectores de energía alimentaban apenas un puñado de estancias; el resto del hotel estaba apagado.

—¿Cuándo llegaron?

—Hace ciento ochenta y un ciclos estelares, tres ciclos orbitales y nueve ciclos axiales.

—Estupendo. Los primeros turistas que consiguen amortizar la habitación.


Eloi aceptó enseñarles las instalaciones siempre que no interfirieran con el servicio. El comedor tenía treinta mesas preparadas. Sobre seis de ellas había bandejas con huevos sintéticos, tostadas y tazas de café. Un brazo dispensador trabajaba silenciosamente detrás de la barra. La comida se reciclaba intacta al finalizar cada turno.

—¿Haces esto todos los días? —preguntó Lera.

—Dos veces al día. Algunos huéspedes prefieren desayunar más tarde. El señor Vass ha solicitado que la yema esté poco hecha.

—¿Cuándo la solicitó?

—El día de su llegada.

Isaiah abrió una despensa. Estaba vacía, salvo por un fabricador alimentario, depósitos de agua recuperada y una reserva de nutrientes sorprendentemente grande. La máquina llevaba décadas sirviendo y reciclando las mismas raciones.

—Esto vale una fortuna —murmuró—. Y los colectores todavía más.

Lera apenas lo escuchaba. Al pasar junto a un pequeño invernadero, vio las mismas flores que adornaban el mostrador. Había visto autómatas abandonados, pero ninguno se había molestado en cultivarlas.

—Quiero ver una habitación.

—Las habitaciones ocupadas son privadas.

—Podría haber alguien que necesitara ayuda.

—No se ha solicitado asistencia médica.

—Eloi, hace ciento ochenta años que nadie sale de aquí.

—Lo sé.

La respuesta hizo que Lera dejara de caminar.

—¿Y no te parece extraño?

—Mucho, señora.


Encontraron una llave maestra en el antiguo despacho de gerencia. Isaiah abrió la habitación seis mientras Eloi, que los había seguido en silencio, les recordaba las normas de privacidad del establecimiento.

La mujer estaba acostada de lado, cubierta hasta el pecho por una sábana impecable. Su cuerpo se había desecado bajo la atmósfera fría y controlada de la habitación. Conservaba parte del cabello, recogido sobre la almohada. Un ramo de pequeñas flores blancas descansaba en la mesilla.

Isaiah retrocedió y se golpeó contra el marco.

—Joder.

Lera no apartó la vista.

—¿Está muerta, Eloi?

—Sí, señora. La señora Enna Vass falleció hace ciento setenta y nueve ciclos estelares. El diagnóstico inicial fue insuficiencia respiratoria.

—¿Inicial?

—No disponemos de un servicio forense acreditado para certificarlo.

En la habitación nueve había dos ancianos; en la doce, un hombre con una copa vacía. En la diecisiete, una mujer con vestido de fiesta seguía sentada frente al ventanal. Eloi los mantenía limpios, bajo una temperatura que impedía la descomposición.

La puerta veintiuno estaba decorada con figuras de animales marinos.

—Esa no —dijo Eloi.

El robot se interpuso entre los ingenieros y el quicio. Isaiah levantó la herramienta de corte.

—Nos llevamos las máquinas, no los cadáveres. Hazte a un lado.

Lera le sujetó la muñeca.

—Déjalo.

Se arrodilló ante el androide.

—¿Qué pasó aquí?

Eloi les mostró los archivos en una pantalla del corredor. En ellos, se contaba que la empresa había suspendido los salarios y cancelado los suministros. Las cápsulas de emergencia se habían retirado meses antes; una avería dejó el ala de huéspedes incomunicada con el muelle principal. Los empleados se marcharon por la esclusa de servicio en la última lanzadera y prometieron enviar otra para recoger a los seis huéspedes, que nunca llegó.

En el expediente de cierre figuraban como evacuados, pese a las reclamaciones de sus familias. Primero se agotaron los medicamentos, después falló el sistema principal de renovación del aire. Eloi selló las habitaciones y redistribuyó las reservas hasta que los seis supervivientes dejaron de respirar.

—¿Por qué no enviaste una señal de socorro? —preguntó Isaiah.

—Envié treinta y ocho mil setecientas once. Todas fueron rechazadas por falta de una cuenta corporativa activa.

—¿Y entonces seguiste limpiando?

—Era necesario mantener las habitaciones en condiciones adecuadas.

—Pero estaban muertos.

—Sí.

—Ya no podían quejarse.

Eloi tardó unos instantes en contestar.

—Tampoco podían pedir que los dejaran en paz.


La señorita de la veintiuno se llamaba Mirea. Tenía ocho años cuando llegó con sus padres, que murieron durante la crisis. Eloi la había trasladado a una habitación con mejores condiciones de aislamiento. En sus últimos días, la niña le enseñó un juego de cartas y le pidió que contara una historia distinta cada noche.

—¿Y qué le contabas? —preguntó Lera.

—Historias del Viejo Mundo, pero no eran muy precisas. Nunca he estado allí, así que hice lo mejor que pude.

Eloi abrió la puerta. La cama era pequeña y a sus pies había un juego de cartas cuidadosamente ordenado; en la cabecera, una lámpara que proyectaba sobre el techo el dibujo de un océano azul. Bajo las sábanas descansaba una figura diminuta.

—Puedo registrar las defunciones —dijo Lera—. Y llevar sus restos a un lugar donde alguien se haga cargo.

—No tenemos autorización de salida firmada por los huéspedes.

—Están muertos, Eloi.

—Lo sé, señora.

Por primera vez, la voz del androide presentó una interferencia.

—También sé que la empresa retiró sus nombres del registro de clientes cuando caducaron sus contratos, por lo que no figuran en las bases de datos de inmigración. Sus mensajes familiares permanecen sin entregar. Si se llevan los cuerpos sin documentarlos, nadie sabrá quiénes fueron.

Lera observó las cartas. Algunas tenían los bordes gastados por el uso.

—¿Y tú lo sabes?

—Sí.

—Entonces vamos a empezar por ahí.


Tardaron seis horas en copiar los archivos personales y las solicitudes de auxilio. Lera fotografió los cuerpos, cotejó nombres, fechas y habitaciones, y registró cada objeto que debía viajar con ellos. Isaiah protestó durante buena parte del trabajo, hasta que encontró los cargos que la empresa había seguido descontando de los depósitos de los huéspedes mucho después de abandonarlos. Dejó de hacer bromas.

Cuando terminaron, Eloi permaneció frente al mostrador, con las manos cruzadas sobre el chaleco.

—La estación será desmantelada mañana —dijo Lera—. Puedes venir con nosotros.

—Mi contrato no contempla el abandono del puesto.

—Tu empresa ya no existe.

—Eso no anula mis obligaciones con los huéspedes.

Lera depositó sobre el mostrador seis formularios de defunción y seis registros de salida. Incluían los números de identificación, las fechas estimadas y su firma. Eloi los examinó uno a uno.

—La señorita Mirea no sabía escribir su apellido —observó.

—Lo he sacado del registro de su madre.

El androide acarició el último formulario con un dedo de metal.

—Comprendo.

Fue al comedor, retiró las seis bandejas y apagó el fabricador. Luego recogió las flores del mostrador y cerró las persianas que daban a los anillos del planeta. Lera lo esperó junto a la escotilla.

—¿Vienes?

—Hay algo que no entiendo, señora.

—Dime.

—Durante ciento ochenta años pensé que mi trabajo consistía en mantenerlos aquí. Si salen, ¿qué debo hacer?

Lera miró la recepción vacía.

—No lo sé, Eloi.

El androide tomó su maleta, se ajustó el chaleco y la siguió. Antes de cruzar la escotilla, se volvió hacia la estación.

—Esperamos que hayan disfrutado de su estancia —dijo.

Nadie contestó y, esta vez, Eloi no esperó una respuesta.


Imagen: generada por una IA generativa sin sentimientos.

Por Laura Belmonte

El rol para mí es una forma de expresar lo que el teatro, el cine y la literatura no pueden expresar.

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