La impresora dejó escapar un chirrido y expulsó una hoja todavía caliente. A Kate le gustaba el sonido de aquella máquina, le provocaba ciertos cosquilleos detrás de la oreja. Dos golpes secos, un zumbido largo y, al final, el pequeño chasquido del papel al caer sobre la bandeja. Era casi una canción. Una muy mala, seguramente, pero más interesante que la mayoría de las cosas que se oían en aquella sala.

Se encontraba sentada en el borde de una camilla, con los pies desnudos sin alcanzar el suelo. Tenía una pequeña marca violácea en el brazo izquierdo y tres electrodos adheridos al pecho. El técnico que supervisaba la prueba había salido para buscar al doctor Nevershire. Le había ordenado que no se moviese, y Kate llevaba un buen rato sin moverse.

El monitor mostraba una línea verde que subía y bajaba al compás de su corazón. Había aprendido a modificar el ritmo respirando más deprisa o reteniendo el aire. Cuando conseguía producir dos picos muy juntos, sonreía; cuando la máquina volvía a su cadencia normal, lo intentaba de nuevo.

Aquella mañana le habían pedido que cambiara de forma siete veces: las primeras seis no habían sido demasiado difíciles. La séptima era siempre la misma.

—Crinos —le había dicho el técnico, como si estuviera solicitándole que levantase un brazo.

Kate cerró los ojos, tensó los músculos y trató de encontrar en su interior aquella fuerza que los demás daban por supuesta. Sintió que se le endurecían las mandíbulas y un dolor agudo le recorrió la columna. Durante unos instantes creyó que lo conseguiría, pero luego las náuseas la obligaron a doblarse sobre la camilla.

El hombre anotó algo en una carpeta.

—Otra vez.

Lo había intentado hasta que empezó a sangrarle la nariz. Ahora estaba sola, pero podía oír las voces que llegaban desde el pasillo, amortiguadas por la puerta, y el murmullo de la ventilación sobre su cabeza. El laboratorio olía a desinfectante, a plástico tibio y a ese perfume que utilizaban las enfermeras para disimular el olor de los medicamentos.

Kate se inclinó hacia la impresora y extrajo varios folios. La primera hoja estaba cubierta de cifras y abreviaturas, en la que reconoció su nombre y el de los dos responsables del proyecto. También encontró la palabra metis, que había visto muchas veces, y otra que solía aparecer junto a ella.

Defecto.

No le gustaba aquella palabra. Los tornillos defectuosos se tiraban a una caja roja y los aparatos defectuosos se desmontaban para aprovechar las piezas. Una vez había visto a un trabajador sacar de una jaula un ratón que ya no respondía a los estímulos y nunca volvió a verlo más.

La segunda hoja contenía menos datos. En la parte inferior, dentro de un recuadro, aparecía una cifra.

Veinte años.

Kate la leyó dos veces. Un año tenía doce meses, cada mes unas cuatro semanas y cada semana siete días. Sabía calcularlo. Custod se había encargado de que aprendiese aquellas cosas deprisa. Lo que no entendía era por qué alguien había escrito su nombre en un documento junto a una cantidad de tiempo. Al otro lado de la puerta se escucharon pasos, y por ello devolvió los informes a la bandeja y se enderezó justo cuando entraron Jan Nevershire y Custod Aeson, los jefes del proyecto que se encargaba de revisar y analizar el desarrollo de Kate. Jan era un hombre rubio y de ojos azules, mientras que Custod tenía un porte severo, con el pelo peinado hacia atrás y una mirada marrón penetrante.

Jan llevaba una bata blanca sobre la ropa oscura. Sus ojos recorrieron las pantallas antes de detenerse en la muchacha. Custod se quedó cerca de la puerta, con las manos a la espalda y la mandíbula apretada. Tenía esa expresión severa que Kate conocía tan bien: la misma que ponía cuando alguien le hacía perder el tiempo.

—¿Ha vuelto a fallar? —preguntó Jan.

—Siete intentos —respondió el técnico, que había regresado detrás de ellos—. Sin transformación completa.

Jan se acercó y le levantó la barbilla a Kate con dos dedos. Examinó la sangre reseca bajo su nariz.

—¿Te ha dolido?

—Sí.

—¿Mucho?

Kate miró de reojo a Custod. No sabía qué respuesta esperaban.

—Bastante.

Jan esbozó una sonrisa breve.

—Bastante para ti, quiero decir. No para nosotros.

—Fue… fue mucho… —corrigió ella.

El científico retiró la mano para pedir una nueva muestra y examinó los resultados sin volver a dirigirle la palabra. Hablaba con el técnico usando expresiones que Kate reconocía a medias: incompatibilidad, desarrollo acelerado, respuesta espiritual insuficiente. Cada tanto miraba a Custod para comprobar si estaba de acuerdo. El apenas respondió pero cuando lo hizo, fue para señalar un dato equivocado en el historial.

—La muestra de ayer no está contaminada. La recogieron después del sedante.

Jan revisó la anotación y apretó los labios.

—Entonces es peor de lo que parece.

Kate seguía sentada en el borde de la camilla, sintiendo cómo se le enfriaban los pies.

—¿Puedo vestirme? —preguntó.

—Todavía no —contestó Jan.

El técnico se llevó una bandeja de muestras y cerró la puerta. Custod se aproximó al monitor principal. Los dos investigadores comenzaron una discusión en voz baja que fue aumentando de volumen a medida que repasaban los informes.

—Tenemos una incapacidad morfológica permanente —dijo Jan—. Y el envejecimiento es incompatible con el objetivo del proyecto. Esto no puede presentarse ante el Departamento como un resultado satisfactorio.

—Nunca he dicho que lo sea.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En el diagnóstico.

Jan señaló la camilla con el expediente enrollado.

—Mírala, Custod. Hemos dedicado años a demostrar que se puede corregir el defecto de los *metis *y hemos obtenido una criatura que ni siquiera puede adoptar su forma de guerra.

Kate bajó la vista hacia sus manos. Tenía las uñas muy limpias, cortadas al ras para evitar que arañase a alguien por accidente. Se preguntó si también serían incorrectas.

—Hay otras funciones útiles —repuso Custod—. Su capacidad de aprendizaje es extraordinaria.

—Y su ciclo vital es el de un lobo. No podemos recuperar el tiempo invertido.

Kate levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Ambos callaron. Jan tardó unos segundos en contestar.

—Significa que hemos cometido un error.

—¿Yo?

—El experimento, Kate.

Ella señaló con un dedo la bandeja de la impresora.

—¿Y los veinte años?

Custod siguió el movimiento de su mano. Jan giró despacio hacia los papeles, comprendiendo que los había leído. No parecía enfadado; parecía, simplemente, cansado.

—Es una estimación de longevidad —explicó—. En tu organismo el tiempo no transcurre como en el de los demás. Has crecido demasiado rápido. Y seguirás envejeciendo de una manera distinta.

—¿Veinte años desde hoy?

—No podemos establecer una fecha exacta.

—¿Desde que nací?

Jan dejó el expediente sobre la mesa.

—No voy a discutir modelos estadísticos con una niña.

Kate apartó la mirada.

—Si me dices cuándo empiezan, puedo contar los días.

Ninguno de los dos respondió. Jan recogió los informes, ordenó al técnico que preparase la siguiente evaluación y abandonó la estancia. Antes de salir, intercambió unas palabras con Custod que Kate no llegó a entender. A pesar de su severidad, Custod permaneció unos instantes junto a la puerta.

—Puedes vestirte —dijo al fin.

Kate se arrancó los electrodos con cuidado. El último se había pegado a la piel y le dejó una marca roja. Bajó de la camilla, recogió sus zapatos y esperó a que Custod saliera para ponerse el vestido que había doblado sobre una silla.

Cuando estuvo sola, se acercó de nuevo a la impresora, pero los informes ya no estaban.


En las instalaciones había relojes por todas partes.

El del comedor marcaba los segundos con una aguja roja, el del pasillo principal se adelantaba tres minutos y en la sala de observación, uno digital contaba hacia atrás durante las pruebas de resistencia. Kate se había acostumbrado a que el tiempo significase siempre algo que los demás necesitaban medir. Hasta aquel día no se le había ocurrido medir el suyo.

Regresó a la habitación donde dormía. La cama estaba hecha, la ropa ordenada dentro de un armario metálico y las cortinas cerradas sobre una ventana que apenas dejaba entrar luz. En el escritorio había una botella de agua, un vaso de vidrio vacío, un libro de biología para estudiantes y una caja de lápices de colores que le habían prestado para una evaluación cognitiva.

Sacó uno azul. En una hoja del libro encontró el dibujo de un lobo y, debajo, una breve explicación sobre su desarrollo; lo observó durante un buen rato. El animal de la fotografía parecía sano, con un pelaje espeso y la mirada atenta. No tenía la menor idea de que alguien hubiese calculado cuánto debía vivir.

En la página siguiente aparecía el esqueleto de un ser humano. Kate colocó la mano abierta sobre el dibujo. Sus dedos eran bastante más pequeños que los de aquella figura adulta, aunque su cuerpo ya se parecía al de las muchachas que aparecían en las revistas del personal. A veces alguien comentaba lo deprisa que crecía. Nunca se lo decían como un cumplido.

Escribió una cifra en el margen. «1». La contempló y la borró.

No sabía si tendría veinte veranos. Había visto el verano por la ventana del coche durante los traslados entre edificios: el sol sobre las montañas, las gasolineras, el resplandor que parecía hacer temblar el asfalto. Le gustaba aquel calor que se pegaba a los cristales porque en el laboratorio la temperatura era siempre la misma.

Podía contar las comidas, las pruebas y los cambios de turno. Podía calcular cuántas veces más tendría que subir a la camilla. Lo difícil era imaginar qué se hacía con una vida cuando ya se conocía su límite. Del otro lado de la pared llegó una música apagada.

Alguien había encendido una radio en la zona de descanso y Kate dejó el lápiz. Primero escuchó unas voces que no consiguió distinguir y después una sucesión de golpes graves acompañados por un sonido agudo y repetitivo. Había oído canciones antes, pero rara vez podía prestarles atención sin que alguien cambiase de emisora o apagase el aparato.

Golpeó la mesa con un dedo. Luego la golpeó dos o tres veces más. La canción cambió, pero Kate continuó marcando el ritmo. Sobre el escritorio, el vaso de agua vibraba muy ligeramente con cada golpe. Probó a alternar los dedos, dejó un silencio y repitió la secuencia. No estaba imitando ya la música de la radio, estaba haciendo otra cosa.

Se inclinó sobre el libro y dibujó cuatro rayas separadas por espacios desiguales. Luego añadió una quinta. Pasó la uña sobre el papel, de una marca a la siguiente, intentando recordar dónde había dejado los silencios. Por primera vez desde la evaluación de la mañana, dejó de pensar en los «veinte años». La puerta se abrió sin llamar; Custod la encontró golpeando el escritorio con ambas manos.

—¿Qué estás haciendo?

Kate escondió el dibujo bajo la palma.

—Nada.

El Ahroun observó el libro abierto, el lápiz azul y el vaso que temblaba sobre la madera.

—Eso no es nada, es ruido.

—Pero la impresora también hace ruido…

—Lo hace con un objetivo. ¿Por qué lo haces tú?

—Porque… porque me gusta.

Custod alzó una ceja. Kate separó los dedos y volvió a marcar el ritmo, esta vez sin mirar el papel. Se equivocó en el tercer golpe. Recompuso la secuencia y la repitió hasta llegar al final.

—¿Ves? —preguntó.

—Veo que has estado golpeando una mesa durante diez minutos.

—Y ahora me sale mejor.

El hombre se acercó. Cogió el libro por una esquina y examinó las marcas azules dibujadas en el margen. Kate aguardó una reprimenda por haber estropeado el material de estudio.

—¿Sabes leer una partitura?

—No.

—Entonces, ¿para qué has dibujado esto?

—Para acordarme mañana.

Custod dejó el libro en su sitio. Pareció considerar aquella respuesta antes de hablar.

—Mañana tocan más pruebas contigo, Kate.

—Lo sé, Cust… doctor Aeson.

—No quiero distracciones durante el trabajo.

Kate asintió, aunque no retiró el dedo del papel. Custod dio un paso hacia la puerta.

—¿Doctor?

Él se detuvo.

—¿Qué ocurre?

La muchacha volvió a mirar el lobo del libro.

—¿Un experimento puede dejar de serlo?

Custod frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Si aprendo algo que no me han pedido aprender. Si hago algo que nadie me ha mandado. ¿Sigue siendo parte del experimento?

El Ahroun permaneció callado. Su primera reacción fue estudiar a Kate con la misma atención que dedicaba a los informes: observarla, buscar en su rostro algún indicio de que estuviese repitiendo una frase o intentando obtener un privilegio. Finalmente, dejó de mirar el libro.

—Todo lo que haces nos dice algo de ti.

—Entonces no puedo hacer nada que sea de mi posesión.

Aquello le hizo apretar la mandíbula.

—No he dicho eso.

—Pero tampoco has dicho que no sea verdad.

Custod se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Fuera, la radio seguía sonando débilmente. La muchacha reconoció la entrada de una canción nueva y empezó a mover un pie bajo la silla.

—El proyecto ha terminado para ti —dijo él al fin—. No vas a seguir sometiéndote a pruebas que no aporten resultados.

Kate lo miró sin comprender.

—¿Y qué van a hacer conmigo?

—Todavía no está decidido.

—El doctor Nevershire dice que soy un error.

—Tu experimento ha sido un error, no tú.

—¿Y tú? ¿Crees que soy un error?

Custod tardó en responder.

—Yo creo que aún puedes aprender muchas cosas.

Kate bajó la mirada hacia los golpes dibujados en el papel.

—No sé si me va a dar tiempo.

Él se acercó a la silla, pero no la tocó.

—Las cifras del informe no son una sentencia, son una estimación. ¿Recuerdas lo que es una estimación, verdad?

—¿Y si se equivocan?

—Ya se han equivocado antes.

—¿Y si esta vez tienen razón?

Custod guardó silencio. Podía discutir con Jan durante horas acerca de procedimientos y probabilidades, y podía identificar el error de una prueba con solo mirar una pantalla. Pero allí, delante de una muchacha que tenía una hoja llena de rayas azules, no parecía encontrar una respuesta satisfactoria.

—Entonces será mejor que aproveches el tiempo —dijo.

Kate no sonrió. Él tampoco.


Aquella noche, el hombre regresó a su habitación después del último cambio de turno. Llevaba un cuaderno de tapas negras y una pequeña grabadora de casete, bastante usada. Dejó ambos objetos sobre el escritorio.

—Es material retirado —aclaró—. No lo rompas.

Kate examinó la grabadora como había examinado los informes de la mañana. Tenía botones grandes, una pequeña rejilla para el altavoz y un compartimento transparente que dejaba ver la cinta enrollada en dos carretes.

—¿Para qué sirve?

Custod pulsó una tecla. La habitación se llenó de un siseo áspero y, después, de la voz lejana de alguien que había grabado una fecha y una serie de números. El Ahroun detuvo la reproducción, abrió la tapa y cambió el casete por otro vacío.

—Para guardar sonidos. Si vas a seguir haciendo ruido, al menos podrás comprobar si mejoras.

—¿Puedo grabar cualquier cosa?

—Mientras no interfiera con el proyecto.

Kate observó sus manos. Parecía un regalo, aunque Custod no lo había llamado así.

—¿Y puedo quedármela?

El severo Ahroun dudó durante un instante.

—De momento.

Se marchó antes de que ella encontrase otra pregunta. Kate esperó hasta escuchar sus pasos alejándose por el corredor; luego pulsó el botón rojo y el de reproducción al mismo tiempo, tal como le había enseñado. Un chasquido anunció que la cinta había empezado a moverse.

No sabía qué decir. Se acercó tanto al aparato que rozó la rejilla con los labios.

—Me llamo Kate Rösenberg —susurró.

Detuvo la grabación, rebobinó y escuchó su propia voz. Le pareció más aguda de lo que esperaba. Se rio, tapándose la boca con la mano, y volvió a pulsar el botón, pero esta vez no habló.

Colocó la grabadora junto al borde del escritorio y empezó a golpear la madera con la yema de los dedos. Cuatro golpes, un silencio y dos golpes más. Se equivocó y comenzó de nuevo. Lo intentó varias veces, dejando que la cinta se llenase de pequeños ruidos imperfectos.

Cuando terminó, anotó en la primera página del cuaderno la fecha que indicaba el reloj. Debajo escribió la palabra mañana.

No sabía cuántos días le quedaban ni si los veinte años empezarían a contarse desde su nacimiento o desde que descubrieron que le quedaban «veinte años». Tampoco sabía qué había fuera de aquellas instalaciones, más allá de los trayectos en coche, los veranos vistos a través de un cristal y las canciones que llegaban desde una habitación vecina.

Pero había descubierto una cosa sencilla: si grababa un sonido, al día siguiente podía volver a escucharlo. Por primera vez, algo de lo que hacía no iba a desaparecer cuando los médicos apagaran las máquinas.

Kate dejó la cinta preparada, cerró el cuaderno y se acostó. Antes de apagar la luz, añadió otra palabra bajo la primera.

Pasado.

Por Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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