Valle de los Reyes

Mi casa se había convertido en un montón de cenizas humeantes antes de que hubiese preparado las maletas. Los servicios de emergencia, la policía y los enfermeros de la ambulancia correteaban de un lado para otro mientras formulaban las preguntas que habían de hacerse. Era su trabajo, después de todo. Me senté en la acera de enfrente para pensar en todo lo que había perdido y me di cuenta de que, en realidad, me daba igual; ni siquiera era mi hogar, sólo un estúpido piso alquilado a un precio tres veces superior al que debía ser. De pequeño me habían enseñado a viajar con poco equipaje, pues las mudanzas y el traslado iba a ser algo común en mi vida. Así acabé en aquel caserón destartalado en mitad de un cañón conocido como el Valle de los Reyes.

El río que lo atravesaba no tenía el caudal suficiente como para presentar una molestia a los vecinos de la zona. La casa había quedado en manos del ayuntamiento después de que sus últimos habitantes hubiesen desaparecido sin dejar rastro. Yo ya estaba bastante aburrido de la vida en la gran ciudad y un cambio radical me iba a venir bien. Eso es lo que quería creer. Lo cierto es que era una ganga y en cuanto me cansase de aguantar la tranquilidad del campo la iba a poner en alquiler para esos imbéciles que necesitan una escapada de fin de semana para confirmar su ridícula y monótona vida. Un plan perfecto.

Los trámites burocráticos me consumieron poco a poco, pero logré estar siete días después del incendio con las llaves del caserón en mi poder. La fuga de gas del edificio había sido causada por un mantenimiento nefasto y unos cuantos albaranes -¿o eran facturas?- falsificados. El arrendador debía haber pegado saltos de alegría. Mi padre insistió en venir a echarme una mano con el traslado y no encontré ninguna excusa para esquivar su presencia. La estancia era amplia y con tres pisos a mi disposición. En la planta baja se encontraba un amplio y diáfano salón con chimenea, un pequeño cuarto de baño, dos despensas y una cocina lista para cocinar todos los platos sanos que se me ocurriesen. Sonreí ante una idea tan idiota, no iba a cambiar mis hábitos alimenticios. El segundo piso guardaba los dormitorios y dos cuartos de baño enormes. En el tercer piso se encontraba el desván y mucho polvo. Si fuese de esos que creen en espíritus y estupideces así, me lo hubiese pensado mucho antes de pagar por ese caserón. Pero me daba igual todo.

Al este del caserón se encontraba una pequeña montaña. Estaba situada de una manera un tanto extraña, pero por las mañanas tapaba el sol y no me daba en la cara cuando me despertada. Por supuesto, dormía en la habitación más grande de la casa, que para eso era el dueño. Sin embargo, pude escuchar ruidos y pisadas en la parte de arriba, y mi viejo no quería asumir su culpabilidad. El puñetero sufría de insomnio desde hacía varios años y no le había puesto solución. Qué típico. El segundo día lo aproveché para conocer la zona, hablar con los vecinos y asegurarme de que no había ningún psicópata por el pueblo. Me sentí todo un detective. ¿Qué iba a hacer un yuppie retirado con mucho dinero en la cuenta corriente sino perder el tiempo y molestar a los lugareños? Al oeste de la montaña encontré un grabado muy interesante, tallado en la roca al otro lado del río. Era bastante grande y tenía signos o grabados de tipo egipcio o algo así. No soy arqueólogo o historiador, pero eso parecía estar fuera de su tiempo y lugar. Pregunté a los viejos por el origen de esa cosa, pero no me dijeron nada. Se limitaron a girar sus cabezas y a negar que supiesen algo del Valle de los Reyes. Al menos el nombre tenía gancho; no todo el mundo puede decir que tiene una casa en el Valle de los Reyes…

Era la última noche que tenía que aguantar a mi padre y aproveché para hacerle una cena elaborada. O más bien, conduje hasta la ciudad y me dejé una buena pasta en el restaurante más caro que encontré. No es que tuviese tiempo para aprender a cocinar. El viejo ya estaba chocho y durante la cena me contó que había visto a una mujer caminar por los pasillos de la casa. Yo intenté cambiar el tema de la conversación varias veces hasta que alguien se sentó a nuestro lado. Era una mujer de unos veinte años, con la piel pálida como la nieve y un elaborado velo semitransparente y negro que cubría su cara. Iba vestida con un traje negro que le tapaba la mayoría del cuerpo. Pegué un respingo que vertió toda mi crema de calabaza con croutons de ajos franceses por la mesa y la silla chocó contra el suelo en un estruendo atronador. Él empezó a llorar y se quedó sentado, con el rostro tapado por sus manos viejas y arrugadas. La mujer ni se inmutó de mi sorpresa y me miró con toda la tranquilidad del mundo. O de la eternidad.

Salí por piernas de mi nuevo hogar mientras maldecía de todas las maneras que se me ocurrían. Tuve la genial idea de acercarme a la iglesia del pueblo y molestar al cura para que llevase a cabo un exorcismo en la sala de estar. El pobre hombre no sabía qué leches contestarme mientras recibía mi retahíla histérica de súplicas y gritos. Le arrastré hacia mi casa y algo hizo que se me erizase hasta el último vello de mi piel. El grabado que había encontrado al otro lado de la montaña se encontraba tras mi casa, al otro lado del río. Un aura de color morado brillante rodeaba al caserón y un cántico ominoso resonaba por todo el cañón. El sacerdote se puso de rodillas y se santiguó, pues tenía cierta idea de lo que iba a suceder. Pero yo… no. Y había abandonado a mi viejo ahí dentro. De repente, el cielo cambió de color.


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Maurick Starkvind

Aprendiz de escritor desde siempre, rolero empedernido desde los trece y nintendero desde los cinco. Empecé en esto de la creatividad porque no había dinero para los salones recreativos.

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