Malas tripas

Malas tripas

El blanco de las paredes me hacía daño en los ojos: era incómodo de mirar y la iluminación del pasillo lo hacía aún peor. No me importaba la fila de puertas que se extendía a lo largo de la estancia. Notaba como el sudor gélido recorría mi frente y mi mejilla. Los retortijones me hacían sentir una enorme presión en el vientre. Mi interlocutor no parecía preocupado por mi malestar y con cada palabra alcanzaba un tono superior al anterior; estaba muy exaltado. Su traje, caro y de marca, se arrugaba con cada aspaviento y pequeños gargajos de saliva salían disparados de su boca para aterrizar contra las inmaculadas paredes del pasillo. Su acompañante, igual de bien vestido, tenía más paciencia, aunque se le veía igual de preocupado. El dolor de estómago crecía, como si un animal pequeño se retorciese en mis entrañas. Sólo quería que ese tipo se callase y me dejase ir a un baño. Él sólo quería saber dónde estaban sus colegas.

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Selina

Selina

Selina tiene nombre de centinela, de acechadora. Me inquieta cuando la veo caminar con aires de superioridad por las pasarelas superiores de la aldea. No le gusta jugar con nosotros y se toma la vida demasiado en serio. No me extraña, se ha esforzado mucho en ganarse la posición que ocupa. Selina es una de las guardianas de la comunidad y es su responsabilidad asegurarse de que ningún intruso amenaza nuestra seguridad. Fue la primera en darse cuenta de la llegada de Sheol y la primera en proponer degollarlo. ¡Menos mal que yo estaba por ahí!

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Las profundidades de la Montaña Roja I

―Mi señora, el tiempo apremia. Debemos marchar ya antes del cambio de guardia si no queremos ser descubiertos.

El hombre no hacía más que asomarse a la ventana a comprobar que el patio aún estaba sin vigilancia y a medida que el sol se escondía tras la línea del horizonte mayor era su nerviosismo. Resopló alejándose por fin de la ventana en dirección a la lámpara de aceite que se encontraba en la parte central de la alcoba. Miró de soslayo a Leylak y bajando la intensidad de la llama volvió a hablar.

―Mi señora…

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